Por Pablo Llanos.

Durante 2025 se publicaron dos libros del género «cuadernístico» que han acabado estando entre los más interesantes del año. Por una parte, Vicente Luis Mora nos trajo En esta red sonora. Fragmentos literarios (1995-2025) (Galaxia Gutenberg, 2025). Un libro que recopila fragmentos de todo tipo escritos en cuadernos desde 1995. Por su parte, el poeta, editor, traductor y crítico Jordi Doce publicó La insistencia (Pre-Textos). Con este libro insiste en este género que ha cultivado desde Hormigas blancas (2005) hasta Todo esto será tuyo (2021), una labor que le ha llevado a ser considerado (me sumo a la apreciación) uno de los mejores aforistas del país.

La escritura cuadernística que tan bien cultivan tanto Jordi Doce como Vicente Luis Mora es una metaescritura. En ella, los escritores, los poetas, los artistas nos dejan ver las tripas de su trabajo, la farsa de sus mejores recetas en apuntes breves, gérmenes de ideas, citas comentadas. Walter Benjamin lo llamaba el taller del escritor y, en general, acaba en las estanterías de las librerías y las bibliotecas en la sección de poesía y en las críticas literarias en la sección de aforismo. Una indeterminación casi cuántica. Quizás sería más adecuado que libros como La insistencia acabaran en alguna de las baldas de la librería de Interstellar.

«Me he vuelto desobediente. Ya no dudo en despertarme y salir del sueño a mi conveniencia cuando la cosa se tuerce o asoma el desastre. El amanecer juega más limpio».

Me pasa que me gusta leer aforismos, durante un rato. Me producen la sensación de que accedo a un gran conocimiento de una forma muy sencilla y rápida. Sin embargo, a veces dudo; me da la sensación de que solo asisto a chispazos de ingenio que expresan de una forma deslumbrante una obviedad. He aprendido a distinguir alguno de ellos gracias a Andrés Trapiello, que decía: «Si a un aforismo se le da la vuelta y sigue sirviendo, ojo con él, es solo un calcetín». No he encontrado ningún calcetín en La insistencia.

«Cielo cargado, bochorno, dos urracas saltando nerviosamente entre la hierba. ¿Quién juega contra mí con las blancas?».

Otras veces tengo la sensación de que los aforismos son solo el brillo ingenioso de un texto sin desarrollar. El germen de una idea que no se deja brotar. Pero con los textos de La insistencia no me ocurre esto. Incluso, durante su lectura, he ido anotando al lado de alguno de los aforismos: ¿poema?

«Absortos y afanosos, sumando etapas a nuestra larga historia de usurpación, como langostas voraces. Estamos condenados a hacer palabras sordas».

Cuando leí uno de los apuntes de Vicente Luis Mora en En esta red sonora obtuve la respuesta a esa sensación: «Los aforismos, refranes, proverbios generan un pequeño chispazo en el cerebro. El sesgo de confirmación. Le dan al lector lo que ya tiene.
La creación produce un acontecimiento en el cerebro, le da al lector algo en lo que no había pensado, le da lo que no tiene».

Parece que esté distinguiendo al aforismo del poema, y no parece faltarle razón. Lo maravilloso es que Jordi Doce logra desarticular el aforismo de Mora, dándome en un aforismo lo que no tengo:

«Echado sobre la cama, enciendo una pequeña linterna y hago brillar las motas de polvo de la celda, mi constelación privada».

El autor podría haber decidido escindir este aforismo en varios versos y colocárnoslo como poema. Escribe un poema de un solo verso, que no es un poema, no es tampoco un aforismo, es un apunte, un fragmento.

«La vida es otra cuando empiezan a cosernos y arreglarnos la ropa con las agujas del reloj».

Y digo fragmento por lo que tiene de vocación fragmentaria un aforismo en un libro cuadernístico, donde convive con otro tipo de textos reflexivos. Roland Barthes llamaba «islotes de indeterminación» a los fragmentos de un texto que escapan a la codificación completa de la obra, abriendo un espacio para la ambigüedad y la interpretación activa por parte del lector. Es decir, en La insistencia, Jordi Doce deja espacio para asomarnos a lo que no vemos, al mar de ese duelo mencionado, de la supervivencia cotidiana que baña las costas de todos sus pensamientos.

«No dejes la tarea bien cerrada al acabar el día. Necesitas un cabo suelto del que tirar mañana».