Por Eugenio Rivera Claudio.

Introducción: el mapa de una herida

La literatura, en su vertiente más honesta, no nace del deseo de agradar, sino de la urgencia de sobrevivir. En su más reciente entrega, Trauma complejo, el poeta español Jesús de Castro (Arenas de San Pedro, Ávila, 1966) entrega al lector una obra que no es solo un poemario, sino un testimonio clínico y emocional de un hombre que ha decidido desenterrar sus raíces para ver cuáles de ellas estaban podridas. Afincado en Coquimbo, Chile, de Castro utiliza su exilio voluntario como un mirador desde el cual observar un pasado marcado por el desarraigo y la angustia vital.  

Como bien señala Antonio Daganzo en el prólogo, la obra se sitúa «extramuros del malditismo más explícito» para ofrecer una «vibrante realidad» que trasciende la mera queja. El libro es un viaje de 360 grados: parte del aeropuerto, del abandono físico de la patria, atraviesa los círculos infernales de la memoria familiar y desemboca en una «nana oceánica» frente al Pacífico.  

La infancia: el territorio de los oídos sordos

Si Rilke afirmaba que la patria es la infancia, para Jesús de Castro esa patria fue un estado de sitio. El autor no idealiza los primeros años; al contrario, los describe como un periodo de «nubes que llenaron mis ojos de agua». Uno de los puntos más desgarradores del libro es la descripción de la incomunicación dentro del núcleo familiar. El poeta escribe:  

«Mis manos ciegas siempre estuvieron llenas de oídos sordos, / entonces inventé las nubes que llenaron mis ojos de agua. / ¡Siempre llovía en mi infancia!».  

Esta imagen de las «manos llenas de oídos sordos» encapsula el trauma complejo al que hace referencia el título: la sensación de que el propio cuerpo y sus necesidades fueron invisibles para quienes debían protegerlo. La familia es retratada como una «familia narcisista» donde se negaba «el derecho a la floración». El niño que fue el autor aparece como un «cachorro herido» que «soñaba con ser pequeño y suave», pero que fue forzado a crecer «agreste y callejero» en «hogares escarpados».  

La identidad y el desapego: Edmundo Dantés en el Pacífico

A diferencia de otros autores que se regodean en el dolor, de Castro utiliza la poesía como una herramienta de amputación necesaria. El autor afirma con contundencia que «siempre fue mejor amputar los miembros podridos que morir por gangrena». Esta voluntad de ruptura se manifiesta en la adopción simbólica de la figura de Edmundo Dantés, el Conde de Montecristo.  

El poeta utiliza este alter ego no para buscar una venganza sangrienta, sino para ejercer la «venganza del desprecio» y la libertad de elegir su propio destino. En el poema 29, declara:  

«Mi nombre es Edmundo Dantés y yo quiero y elijo. / Elijo desterrar a los opresores. / Elijo la venganza del desprecio. / Elijo condenar al silencio el yugo de sus palabras venenosas.».  

Esta elección de la libertad se materializa en el acto físico del viaje. El libro comienza con el rugido de los motores de un avión: «el vientre del 777 que en pocos minutos despegaría dejando atrás aquel mundo gastado». Es un adiós sin retorno, una huida hacia adelante donde el autor asume que «ya no había hogar o lugar al que regresar».  

El estilo: del verso libre a la «metralla» poética

Estéticamente, Trauma complejo marca una evolución en la carrera de Jesús de Castro. Mientras que sus obras anteriores, como Canción de los niños muertos, se movían en un verso libre tempestuoso, aquí encontramos una mayor presencia del versículo y del poema en prosa. Es un lenguaje directo, a veces brutal, que el autor define como «violencia poética».  

El autor no teme la confrontación gramatical. En el poema 9, advierte al lector (o quizás a sus antiguos verdugos):

«Hoy salgo armado, / las palabras son granadas de mano. / Así cuando te alcance la metralla de mis versos / y tu piel herida sangre por todos sus poros / entenderás por fin la violencia poética».  

Esta agresividad es, en realidad, un mecanismo de defensa. El poeta utiliza las palabras como «espada y escudo» para reflejar el dolor de un mundo que le ha sido hostil. Sin embargo, esa dureza convive con una sensibilidad extrema hacia la naturaleza. Las metáforas de árboles, raíces, otoños e inviernos son constantes. El trauma se describe como «raíces que tiemblan en el gris del calendario», y la sanación como el milagro de «podar las viejas ramas para que broten nuevos tallos».  

Diálogo con la tradición: de Quevedo a Zaratustra

Jesús de Castro no escribe en el vacío. Su obra mantiene un diálogo constante con la tradición literaria europea. En el poema 19, invoca a Quevedo, afirmando que, aunque no es el gran satírico del Siglo de Oro, comparte con él la visión de «los muros de la patria mía» y la decadencia de una tierra que «solo fabrica cuchillos de cocina de venta en cualquier tienda china».  

También aparece la sombra de Nietzsche y su Zaratustra, nacido «en el vientre de una carcajada de desprecio». Esta referencia subraya el carácter vitalista de la obra: tras la destrucción de los antiguos ídolos (la familia, la patria, el dogma), surge la necesidad de crear nuevos valores desde la soledad y la independencia.  

Incluso hay espacio para la ironía científica con el «gato de Schrödinger», utilizado como metáfora de la existencia suspendida en la paradoja: «todos somos el gato y la caja y no lo somos al mismo tiempo». El poeta describe el proceso de metamorfosis como algo doloroso, donde «la caja llena de oscuridad se pudre lentamente junto a los huesos del gato».  

El Pacífico como redención: el «Tambo de Oro»

El tramo final del libro respira una paz que solo el mar puede otorgar. Coquimbo y el océano Pacífico se convierten en el escenario de la curación. De Castro describe su nuevo entorno con una luz distinta: «La brisa húmeda del pacífico vino a tomar café hace tiempo y se instaló en mis habitaciones».  

En este «tambo de oro», el poeta logra finalmente sacudirse el polvo del camino. Aunque las cicatrices «aún duelen en noches de luna llena», hay una aceptación del presente. El olvido no es amnesia, sino desapego:  

«El mar se lleva aquellas afrentas que abandoné en sus orillas / y con ellas los fantasmas y el susurro amenazante de sus cadenas oxidadas. / Paz y olvido traen aroma a pan recién amasado».  

Conclusión: un epitafio de libertad

Trauma complejo termina con una reflexión sobre la muerte y el legado. El poeta se imagina a sí mismo como «otro poeta mal parado», un «loco» que pasó por el mundo con un «pañuelo de palabras arrugadas en sus pobres bolsillos». No pide mármoles blancos ni glorias vanas; pide que su tumba sea «vacía como la mirada de la muerte».  

En definitiva, este libro es una obra necesaria para entender la poesía española contemporánea escrita desde el exilio. Jesús de Castro ha logrado transformar un dolor biográfico e intransferible en una experiencia universal. Al leer estos versos, el lector no solo asiste al desmoronamiento de una vida, sino a la construcción de una nueva subjetividad que ha aprendido a «respirar bajo las aguas» y a florecer, a pesar de todo, en una nueva primavera.  

Trauma complejo es, sobre todo, una victoria de la palabra sobre el silencio. Como el propio autor concluye, aunque el viento tenga cartas pendientes para nosotros, lo importante es haber tenido el valor de escribirlas.

 

Trauma Complejo
Jesús de Castro
Prólogo: Antonio Daganzo
Bubok Editorial, 2025
Páginas: 92