Por Jesús Cárdenas.

Olvídese de las guías de autoayuda y los dramas de pacotilla. Si busca un espejo implacable donde el alma humana, despojada de sus oropeles, se mira con la crudeza de una bestia herida, deténgase. Mamíferos (Esdrújula Ediciones, Segunda Edición, 2025), la segunda embestida literaria de Virtudes Olvera, es toda una experiencia. Catorce relatos que no solo confirman la voz prometedora de Pájaros mojados en un cable de luz (2022), sino que la elevan a una categoría distinta, una donde la densidad estética y moral se conjuga con una brutalidad que, paradójicamente, destila una compasión tan pura como el llanto de un niño. Aquí, lo humano se despoja de su disfraz, aúlla y se revuelca en su propio fango existencial, invitando al lector a un viaje incómodo, pero revelador.

Olvera (Girona, 1974) construye un microcosmos que, si bien reconocible en sus esquinas y susurros, es profundamente inquietante. Es un territorio narrativo donde la extrañeza, la lucidez y una oscuridad palpable se articulan con precisión. Viene a ser el resultado de una imaginación minuciosa, implacable, que rehúye la repetición como la peste. Precedido por una cita de Gabriel García Márquez, cada relato es un universo en sí mismo, pero todos giran alrededor de un mismo eje: la memoria, el instinto y la fragilidad de esos lazos que llamamos «humanos». Como bien advierte Rodrigo Blanco Calderón en el prólogo, la mirada de Olvera oscila entre la barbarie y la ternura más desarmante. Y es esa danza entre los extremos la que atrapa y no suelta.

Uno de los golpes maestros de Mamíferos reside en su audaz anclaje temporal. La gran mayoría de estos catorce relatos se sitúan en una España anterior al euro, a la globalización voraz, a la homogeneización cultural. Aquí los personajes usan pesetas, los calendarios marcan 1973, y el mundo aún conserva esa pátina de lo auténtico, lo no contaminado por la prisa y la estandarización. No hay nostalgia, no se equivoque. Es una elección estética y, más importante aún, ética. Al suspender sus historias en ese umbral histórico, Olvera crea un laboratorio social donde los comportamientos humanos, despojados de las complejidades contemporáneas, se muestran en su esencia más cruda. El pasado es una fuerza viva, casi geológica, que moldea miradas y acciones, permitiéndonos observar la violencia latente y los gestos mínimos de cuidado que, inexplicablemente, cohabitan en la vida cotidiana. La atmósfera resultante es densa, casi mineral, una niebla que envuelve al lector y lo sumerge sin retorno.

Y si el tiempo es una prisión elegida, el espacio es su celda. Rellanos de escalera, cocinas penumbrosas, bares de barrio donde el tiempo parece haberse estancado, o paisajes rurales que exhalan un simbolismo ancestral. Olvera comprime el escenario, para intensificar. Aunque los relatos nos lleven a un pueblecito extremeño o a los arrabales de Madrid, el verdadero viaje es siempre interior. Incluso cuando hay un trayecto físico, como el regreso «casi uterino» del niño Amado en busca de su perra Mina, el movimiento es esencialmente psicológico, un sismo interno que a menudo pasa desapercibido. Esta contención espacial es un homenaje al relato corto, un género que Olvera domina con maestría. Sabe que cada animal, cada silencio o cada gesto es un núcleo de sentido, capaz de irradiar un universo de significados.

Es en este escenario claustrofóbico, de emociones al límite, donde los animales constituyen presencias que ordenan el afecto, el miedo y la memoria. Aquí, la animalidad no degrada, sino que revela. La ternura herida de la ausencia del perro en «Gallinas» es un puñetazo en el estómago. El recuerdo de Saico, el perro perdido, se entrelaza con la figura inquietante de «la loca» y su macabra afición por cercenar dedos de gallinas, todo ello narrado desde una primera persona en presente, con un lirismo sobrio que magnifica el desamparo: «Estoy en el almacén de techo basto, el suelo de cemento, la bombilla tartamuda […] Bajo a veces para sentirme solo. Para masticar el silencio pegajoso y el olor a encierro. Ya lo dije, pienso en el tiempo. Y en los dedos amputados; y me acuerdo mucho del Saico. Y aunque soy un hombre, a veces lloro». El llanto, el recuerdo, el encierro físico y mental: lo humano se expone en su forma más desnuda, sin artificios.

La perspectiva narrativa configura el pulso de Mamíferos. Las focalizaciones internas y las voces de personajes al borde del abismo, en posiciones de fragilidad o desamparo, construyen una galería de figuras inolvidables, retratadas con una fuerza expresionista. Desde los «animales famélicos» de la vieja Mari y el joven Enriquito, hasta Antonio Lamancha, el padre forzado a sacrificar a la vaca Lanube, o la esposa que consiente la infidelidad fría encarnada en Carmela (el único personaje con nombre propio, ¿un gesto irónico de la autora?). Son personajes débiles, rotos por la maternidad, la pérdida, el deseo o la culpa; sujetos marcados por una herida ancestral que se niega a cicatrizar. El joven Justo y su amigo Julio el Gitano, recuperando el reloj de la comunión, son un eco de una inocencia perdida.

Pero Olvera, con una inteligencia feroz, evita el sentimentalismo fácil. Su prosa es un cuchillo: sobria, contenida, donde la emoción emerge de la tensión entre lo dicho y lo callado. Confía en la astucia del lector para rellenar los vacíos, para comprender que un silencio puede ser más elocuente que mil palabras. Los coloquialismos se mezclan con recursos más elaborados —metáforas que cortan el aliento, símiles que abren abismos, retrocesos temporales que dislocan— y, en ocasiones, un humor sutil, casi áspero, que subraya la gravedad. El resultado es una prosa de textura viva, verosímil hasta el tuétano.

Estos personajes, estos «mamíferos», son el corazón palpitante del libro. Carlos Castán los describió como «tiernos y terribles», y no podría haber dualidad más acertada. Caben en este volumen los seres contradictorios, impulsados por instintos primarios que afloran en las situaciones límite. La animalidad, aquí, obedece a la memoria ancestral del cuerpo que dicta decisiones, afectos y miedos. Antonio Tocornal lo clava: «el libro puede leerse como una revisión de la memoria colectiva y como un trabajo de arqueología del alma humana, o de aquello que el alma conserva de instinto animal». Prepárense para la excavación.

La versatilidad de Olvera se manifiesta también en la diversidad de extensiones de sus relatos. Desde la condensación extrema de «Pañales», un puñal de cuatro páginas que perturba en lo íntimo, hasta la amplitud de «Los horizontes del suelo», veinticinco páginas donde el tiempo se dilata para una exploración profunda de la memoria y el dolor. Cada historia encuentra su forma justa, su ritmo preciso, su duración necesaria. Es la mano de una contadora de historias que domina los engranajes del cuento.

Mamíferos transita la delgada línea entre el realismo de los setenta y un realismo fantástico que no necesita de dragones ni hechiceros. No hay rupturas espectaculares de lo verosímil, sino sutiles desplazamientos, imágenes o situaciones que rozan lo simbólico y abren una dimensión inquietante. Es esa ambigüedad la que transforma lo cotidiano en algo opaco, perturbador, reforzando la sensación de extrañeza que permea el libro y le otorga su potencia transformadora. Es como mirar una realidad conocida a través de un cristal ligeramente distorsionado (¿recuerda las figuras grotescas de Valle-Inclán?), lo suficiente para revelar su oculta monstruosidad.

En diálogo con la gran tradición cuentística, Olvera se codea con los maestros sin perder su identidad. Hay ecos de Carver en la tensión moral que impregna los espacios domésticos y los gestos mínimos; resuena la huella de Flannery O’Connor en esa incómoda convivencia entre lo brutal y lo compasivo; y la atención al tiempo y la memoria la sitúa en una conversación fecunda con Alice Munro. Pero estas influencias no la diluyen; la enmarcan. Mamíferos es un hito dentro del cuento contemporáneo, concebido como un espacio de revelación y metamorfosis.

Este libro es un recordatorio urgente de que, bajo la capa más fina de civilización, sigue latiendo el instinto animal. Un instinto capaz de la mayor crueldad como de la más honda compasión. Mamíferos no es para estómagos blandos. Es para aquellos que buscan la verdad, por muy incómoda que sea. Y una vez que lo lea, el aullido silencioso de lo humano resonará en usted mucho después de haber cerrado la última página.