JOSÉ LUIS MUÑOZ
Tercera película de la lituana afincada en Francia Alanté Kavaité (Vilna, 1973) tras Écoute le temps (2006) y El verano de Sangaile (2015), una ligera distopía (pero sin elementos distópicos visuales) sobre el futuro de los ancianos, porque su película va de eso, del fin de la vida y cómo se afronta en una sociedad que los deprecia como excedente no productivo.
En ese futuro imaginado por la directora lituana a los ancianos se les obliga a permanecer enclaustrados en residencias a partir de los ochenta años, pero un grupo de ellos, autogestionándose y con la ayuda de la joven Gaëlle (Nadia Tereszkiwicz, la actriz de Mi crimen y Solo las bestias), traumatizada porque no pudo estar al lado de su madre cuando murió, vive en el apartado islote de Belladona de forma clandestina hasta que uno de sus miembros, el escritor Pierre (Patrick Chesnais), precisa ayuda médica y arriba en un velero la doctora Aline (Daphné Patakia), su atractivo hermano David (Dali Benssalah) y una niña que trastocan el orden celosamente instaurado por la samaritana cuidadora del grupo.
Alanté Kavaité, a través de esos jóvenes y atractivos recién llegados, insufla vida a los últimos momentos de esos seres que conviven en ese reducido y aislado entorno y se van despidiendo de la vida satisfaciendo algunos de sus deseos. Para encarnarlos, la directora lituana ha escogido a algunas de las viejes glorias del cine francés: Anna (Miou Miou), el homosexual bailarín François (Féodor Atkine), abatido por la pérdida de su pareja, Evy (la canadiense Alexandra Stewart), la actriz venida a menos, el pintor Olivier (el belga Jean-Claude Druot) … Los personajes de La isla de la Belladona abordan el final de sus días sin dramatismo, al contrario de su cuidadora Gaëlle que los intenta mantener con vida por todos los medios (con la llegada de la pareja de jóvenes a ese microcosmos se trastocan, entre otras, la norma de no ingerir vino) y se desespera a media que van muriendo al mismo ritmo que lo hacen las gallinas del corral comunal.
La realización es convencional, pero las interpretaciones sobresalen en este film intimista que bien podría ser una pieza teatral. Destacaría, entre sus escenas, esa danza sensual, que es un cortejo ritual, a la que invita el recién llegado David a la encorsetada Gaëlle y cómo sus ancianos espectadores especulan sobre si acabarán o no en la cama cruzando apuestas; los juegos playeros iniciados por esos jóvenes intrusos provocadores a los que se suman los ancianos olvidándose de su edad; y las tertulias alrededor de la mesa bien colmada de alimentos y bebidas.
El grupo de residentes isleños, entre los que hay actores, escritores, pintores y pensadores, una elite intelectual y artística, revive su pasado esplendor de su juventud a través de los escarceos amorosos de esos jóvenes provocadores que han llegado a la isla para subvertir el orden establecido y les recuerdan placeres olvidados, aunque sean conscientes de que entregándose a ellos (el sexo y el alcohol) aceleren el fin de sus vidas.
Alanté Kavaité en La isla de la Belladona habla del sentido de la vida y nos alecciona sobre el bien morir, la muerte digna, una asignatura que no se imparte en ningún colegio y debería hacerse como materia obligatoria. En manos de Ingmar Bergman, maestro en estas lides, la ligereza del film se habría decantado hacia un solemne dramatismo, y lo digo porque el argumento le cuadraría perfectamente al genial director sueco y su sombra es tan alargada que la escena final parece sacada de El séptimo sello.

