Por: Mauricio A. Rodríguez Hernández.

Antes de que la palabra activismo encuentre su definición técnica, y antes de que la actuación se archive como un pasado concluido, existe un territorio más hondo donde las vocaciones se transforman sin perder su raíz. Allí habita Paola Barrera Guerrero. Su historia no avanza en línea recta: se despliega como un diálogo entre la ficción y la vida, entre el dolor íntimo y la responsabilidad colectiva, entre el escenario que ilumina rostros y la calle que exige presencia.
Esta entrevista es un viaje por ese tránsito silencioso en el que una actriz decide dejar de representar historias para acompañar a quienes las viven. Paola reflexiona sobre el momento en que el arte ya no fue suficiente y la conciencia reclamó acción; sobre los personajes que, sin saberlo, sembraron en ella una ética del cuidado; y sobre cómo el duelo por la pérdida de su hermano se convirtió en una fuerza creadora capaz de dar origen a Movimiento Inspira AC, un proyecto donde el amor se organiza y la memoria se transforma en servicio.
A lo largo de la conversación, la fragilidad emerge como una maestra: el sismo del 19 de septiembre de 2017, la vulnerabilidad compartida, la certeza de que nadie puede sostenerse solo. Desde ahí, Paola construye una filosofía de la empatía no como consigna, sino como evolución interior y compromiso social. Habla del inspirar como acto político y espiritual: provocar movimiento, despertar conciencia, encender la voluntad de ayudar.
El lector encontrará aquí reflexiones profundas sobre infancia, discapacidad, inclusión, medio ambiente, protección animal y corresponsabilidad ciudadana; una mirada crítica y sensible sobre los modelos contemporáneos de impacto social; y una visión de futuro que apuesta por políticas públicas, arte comunitario y proyectos terapéuticos capaces de sanar cuerpo y tejido social.
Esta entrevista no es únicamente el testimonio de una mujer que cambió de rumbo. Es una invitación a preguntarnos, con honestidad, qué hacemos con lo que nos duele, con lo que perdemos y con lo que somos capaces de inspirar en los demás. Porque, como sugiere Paola Barrera Guerrero, cuando una vida se atreve a inspirar, algo en el mundo inevitablemente comienza a moverse.
Mauricio A. Rodríguez Hernández: Paola, tu trayectoria inicia en la actuación y desemboca en el activismo social. ¿En qué momento, y bajo qué inquietud interna, sentiste que debías pasar del escenario artístico a la responsabilidad pública y comunitaria?

Paola Barrera Guerrero: Mi transición no fue un salto abrupto, sino un proceso natural de crecimiento. Cuando decidí pausar la actuación para estudiar una carrera, hoy soy Licenciada en Administración de Negocios de Comunicación y Entretenimiento, descubrí algo fundamental: el estudio te abre puertas, pero sobre todo, te abre la mirada.
A través de la formación académica y de experiencias fuera del mundo artístico, pude observar la realidad con otros ojos. Me di cuenta de que los capítulos en los que yo actuaba no estaban lejos de la vida cotidiana: eran historias que viven mujeres, adolescentes y jóvenes todos los días en la Ciudad de México y en toda la República.
Ahí nació la inquietud interna. Comprendí que no quería solo interpretar historias; quería acompañar a las personas reales que las viven. Pasé del escenario a la comunidad porque entendí que la responsabilidad no era continuar actuando, sino poner mi voz, mi tiempo y mis capacidades al servicio de quienes enfrentan esas realidades. Ese fue el verdadero giro: dejar de representar problemas para ayudar a resolverlos.
MARH: Como actriz, interpretaste personajes de distintas dimensiones. ¿Hay algún personaje en particular que haya dejado una huella ética o emocional en ti, y que hoy dialogue con tu labor social?

PBG: Para responder esta pregunta tuve que volver a mis propios archivos, volver a ver capítulos y reencontrarme con esas historias que alguna vez interpreté. Y descubrí que, más que un solo personaje, hubo tres que me marcaron profundamente.
El primero fue “Niña Mujer”. Era un capítulo sobre embarazo adolescente, sus consecuencias y la ausencia de información, prevención y atención digna en nuestro sistema. Años después, sigo viendo esas mismas realidades en muchos jóvenes de la Ciudad de México. Ese personaje me enseñó que la ficción no estaba tan lejos de la vida cotidiana; que había historias urgentes que necesitaban ser acompañadas desde lo social.
El segundo fue “Niña Mala”, que terminó convirtiéndose en un punto de conexión con los jóvenes. Ahí exploramos cómo la violencia en casa impacta la conducta de niñas, niños y adolescentes. Hoy, en Movimiento Inspira AC, damos pláticas de prevención de violencia escolar en secundarias y preparatorias. Cada vez que visito una escuela, los alumnos me reconocen por ese capítulo, y ese reconocimiento genera un puente de confianza que nos permite impactar positivamente. Me recuerda que las historias que conté siguen vivas en la memoria de quienes hoy buscan orientación.
Y el tercero es “Ventanas Mágicas”, un episodio especial de A Cada Quien Su Santo realizado para Fundación Azteca, con la misión de llevar tecnología a comunidades marginadas. Ahí interpreté a una adolescente acomodada pero sin humildad, obligada a hacer servicio social como aprendizaje. Ese personaje fue una lección anticipada. Hoy, viendo mi trabajo en el tercer sector y el nacimiento de mi asociación civil, entiendo que esos guiones fueron una antesala, una especie de mensaje anticipado de lo que la vida me tenía preparado.
A veces pienso que los tiempos de Dios son perfectos: esas historias que actué sin saberlo, hoy dialogan con mi labor social. Todo estaba ahí, sembrado mucho antes de que yo misma lo entendiera.
MARH: En tu biografía, la partida de tu hermano aparece como un punto decisivo. ¿Cómo se transformó ese duelo íntimo en una fuerza colectiva capaz de originar Movimiento Inspira AC?
PBG: Mi hermano fue una de las personas más nobles y resilientes que he conocido. Desde niño vivió con diabetes, lo diagnosticaron a los ocho años, y aun así tenía una capacidad inmensa para servir, para ayudar, para sonreír incluso cuando le dolía el cuerpo o el alma. Él nunca se rindió. Siempre encontraba la manera de apoyar a alguien más, de tender la mano, de mostrar fortaleza aun en la fragilidad.
Cuando él partió, sentí que algo en mí se quebraba, pero con el tiempo comprendí que su forma de vivir había dejado una huella luminosa. Ese duelo tan íntimo comenzó a transformarse en una fuerza que no podía quedarme solo para mí. Su ejemplo se volvió una brújula. Su memoria, un motor.
Movimiento Inspira AC nació precisamente de ahí: del deseo de honrar su vida sirviendo a quienes más lo necesitan. Él está presente en cada paso que doy y en cada apoyo que entregamos. Por eso, las niñas, niños, adolescentes y jóvenes, con o sin un padecimiento, con o sin un diagnóstico, ocupan un lugar especial en nuestra asociación. En ellos veo reflejada la historia de mi hermano, su valentía, sus sueños.
Lo que comenzó como un duelo personal se convirtió en una fuerza colectiva: una manera de transformar el amor en acción, y la pérdida en un compromiso permanente con la vida de los demás.
MARH: ¿De qué manera el sismo del 19 de septiembre de 2017 resignificó tu visión del servicio, la fragilidad y la necesidad del acompañamiento social?
PBG: El sismo del 19 de septiembre de 2017 partió mi vida en dos. Ese día entendí que lo material puede desaparecer en segundos: tuve que dejar la casa donde viví desde que nací hasta mis 21 años. Allí aprendí a no ser aprensiva, a soltar, a no aferrarme a los objetos, sino a los recuerdos y a los momentos que permanecen solo en la memoria. La fragilidad dejó de ser una idea abstracta y se convirtió en algo que se siente en la piel.
Pero también ocurrió algo más profundo. Entre amigos de la universidad comenzamos a cuestionarnos quién veía por las organizaciones civiles, por las casas hogar, por esos espacios que también habían sido afectados. ¿Quién ayudaba a quienes ayudan? ¿Quién cuidaba a quienes cuidan?
Esa pregunta nos transformó. Empezamos a sumar esfuerzos y a funcionar, de forma espontánea, como una especie de asociación civil de segundo nivel: llevando apoyos a las organizaciones que estaban al límite, acompañando a quienes sostenían a otros.
Ahí entendí que el servicio no es un gesto aislado, es una red. Y que el acompañamiento social es una responsabilidad compartida: nadie puede, ni debe, enfrentar la vulnerabilidad en soledad.
MARH: Desde la filosofía social, suele plantearse que la empatía es el puente entre el dolor personal y el bien común. ¿Qué significado adquiere para ti la empatía tras tu experiencia vital y profesional?
PBG: Para mí, la empatía lo es todo. No la entiendo como la frase tradicional de ‘ponerse en los zapatos del otro’, sino como la capacidad de abrirnos a miles de pensamientos, emociones y realidades. La empatía es recordar que todos somos frágiles, que todos compartimos heridas, obstáculos, traumas y experiencias que nos han marcado en algún momento de la vida.
Creo que la empatía es uno de los valores más olvidados a nivel mundial. Nos hemos encerrado tanto en nuestro propio entorno, en nuestro micro mundo, que dejamos de ver el panorama completo. Nos concentramos en nuestro árbol y olvidamos el bosque.
Para mí, recuperar la empatía es recuperar el valor de los valores. Solo así podemos generar cambios positivos y duraderos en nuestra vida interior, y esos cambios, inevitablemente, se reflejan en nuestro entorno. La empatía no es un gesto ni una moda: es una evolución personal que se convierte en un impulso colectivo.
M.Inspira AC opera en varias dimensiones: infancia, familias cuidadoras, discapacidad, medio ambiente y protección animal. ¿Cuál es la filosofía unificadora que da cohesión a un proyecto con causas tan diversas?
La filosofía que une todas nuestras causas nace desde nuestro propio nombre: inspirar. Para mí, inspirar no es un concepto abstracto, sino una forma de estar en el mundo. Es provocar movimiento, despertar conciencia y encender en alguien más la intención de ayudar.
Cuando fundé M.Inspira AC no quise limitarme a una sola causa porque las realidades que acompañamos tampoco lo hacen. El dolor, la necesidad y la esperanza toman muchas formas: una infancia que necesita atención, una familia cuidadora agotada, una persona con discapacidad, un caso de inclusión vulnerada o un animal desprotegido. Todo forma parte del mismo tejido humano.
Por eso decidí que nuestra filosofía debía ser amplia, pero profundamente coherente: inspirar buenas acciones para multiplicar el bien común. Apoyar a quien lo necesita, dentro de nuestras posibilidades, y, al mismo tiempo, fomentar un sentido de corresponsabilidad ciudadana.
En M.Inspira AC creemos que el verdadero impacto surge cuando somos coherentes en nuestro ser, en nuestro actuar y en nuestro pensar. Inspirar a otros solo es posible cuando la ayuda nace desde la autenticidad y se practica con convicción.
Cuando una comunidad se inspira, se une. Y cuando se une, evoluciona.
Si algo define a M.Inspira AC es eso: la certeza de que una acción inspirada puede convertirse en una cadena de impacto que toca vidas, territorios e historias completas.
MARH: ¿Existen organizaciones globales, ONG, fundaciones o movimientos internacionales, que funcionen como referentes para ti en términos de impacto social, estrategia y ética?
PBG: Sí, hay organizaciones y movimientos internacionales que admiro profundamente, no solo por su impacto, sino por la coherencia ética con la que trabajan. Me inspiran aquellas que entienden que el servicio no es un acto aislado, sino un compromiso sostenido.
Admiro, por ejemplo, a UNICEF, por su trabajo con infancias en situaciones extremas; a Fundación ONCE, por su enfoque integral en temas de discapacidad e inclusión; y a Médicos Sin Fronteras, por su capacidad de llegar donde nadie más llega y hacerlo con una ética impecable.
Sin embargo, aunque estos referentes me inspiran, M.Inspira AC no pretende imitarlos. Cada territorio tiene su propia identidad, sus dolores y sus urgencias. Mi aprendizaje de ellos es más profundo: la importancia de trabajar con ética, de actuar con coherencia y de no abandonar nunca a la comunidad.
Lo que tomo de estos referentes es su visión: entender que el servicio debe ser honesto, organizado y humano. Y, sobre todo, que las causas más nobles solo avanzan cuando se trabaja desde la transparencia, la responsabilidad y el corazón.
MARH: En el ámbito conceptual, ¿cómo observas términos como Altruismo Efectivo, Inversión de Impacto, Emprendedurismo Social, Microfinanzas o Capitalismo Filantrópico? ¿Cuál consideras que se acerca más al espíritu de tu organización?
PBG: Entre todos estos conceptos, considero que el que más se acerca al espíritu de M.Inspira AC es el emprendedurismo social. Nuestro trabajo nace siempre del análisis de una necesidad real en una comunidad o en un sector específico, y a partir de ahí buscamos una solución que no sea reactiva ni temporal, sino constante, duradera y capaz de generar un impacto positivo a largo plazo.
Para mí, el emprendedurismo social significa diseñar respuestas que trasciendan la emergencia y que se conviertan en procesos que acompañen verdaderamente la vida de las personas. Nada de esto funciona sin la voluntad y el compromiso de quienes participan; las personas beneficiarias no son un receptor pasivo, son un engrane fundamental. Cuando ellas se involucran, el impacto se multiplica.
Además, creo profundamente que el verdadero cambio sólo se logra cuando existe una suma de voluntades de todos los sectores: la comunidad, las organizaciones civiles, la iniciativa privada, la academia y la ciudadanía. Solo así se pueden construir impactos que perduren.
Por eso este concepto resuena tanto con M.Inspira AC: porque unimos sensibilidad con visión, diagnóstico con acción, causa con estrategia. Nuestro objetivo es crear proyectos que nazcan del corazón, pero que permanezcan gracias al trabajo, la corresponsabilidad y el compromiso colectivo.
MARH: Mirando hacia el futuro inmediato, ¿cuáles son los proyectos estratégicos y las metas de expansión que M.Inspira AC contempla para los próximos cinco años?
PBG: Hay un proyecto al que le he dedicado casi tres años de trabajo, ajustes, estudios y aprendizajes: AIFI, nuestro programa de Acuaterapia Inspiradora. Es una de mis metas más importantes y más queridas. En los próximos cinco años me encantaría, y sé que así será, verlo implementado en las 16 alcaldías de la Ciudad de México. Sueño con que AIFI sea testigo de cómo las voluntades pueden cambiar la realidad y el destino de las infancias con discapacidad en México. Tengo fe en que este proyecto se convertirá en un referente cuando alguien escuche el nombre de M.Inspira AC.
Otra de mis metas estratégicas es aportar a la construcción de políticas públicas que beneficien a las personas usuarias de sillas de ruedas o que dependen de dispositivos de apoyo en su vida cotidiana. Es urgente mirar su movilidad, su autonomía, su dignidad y su derecho a una ciudad accesible. Ser voz de los que callan.
También quiero impulsar la visibilidad de las discapacidades invisibles, aquellas que por desconocimiento, ignorancia o temor han sido históricamente minimizadas o mal comprendidas. No es por falta de voluntad, sino por falta de información. Y es necesario hablar, nombrar, visibilizar y crear espacios seguros para quienes viven con estas condiciones.
Mi visión para los próximos cinco años es clara: que M.Inspira AC siga creciendo como un movimiento que transforma realidades, impulsa políticas públicas y abre camino para que todas las personas vivan con dignidad, inclusión y oportunidades.
MARH: Finalmente: ¿consideras integrar programas artísticos, teatro comunitario, narrativas, artes plásticas, cine participativo, como herramientas terapéuticas y de reconstrucción social dentro de las comunidades con las que trabajan?

PBG: Sería algo profundamente valioso integrar programas artísticos en M.Inspira AC. La idea me emociona porque conecta con mis raíces más profundas: durante mi infancia, de los 6 a los 17 años, estudié actuación. El arte fue mi primer lenguaje. Me enseñó a conocer mi cuerpo, a identificar mis emociones y a desarrollar una sensibilidad que hoy forma parte esencial de mi vida y de mi trabajo social.
En mis redes sociales, cuando converso con mis ‘Paolovers’, muchos me escriben que quieren ser actrices o actores, que atraviesan momentos difíciles o que incluso se identificaron con alguno de mis personajes. Ese vínculo emocional con el arte me confirma algo que siempre he creído: el arte puede acompañar, puede sanar, puede abrir caminos.
Considero que llevar programas artísticos a las comunidades podría ayudar en varios sentidos: descubrir vocaciones, canalizar emociones, fortalecer la autoestima y generar espacios donde pedir ayuda sea más fácil y más seguro. El arte es una puerta a lo que sentimos y a lo que callamos.
Me encantaría que este proyecto se construyera de la mano de mis colegas actores y actrices. Sería hermoso llevar alegría, inspiración y acompañamiento a las colonias más olvidadas o marginadas de la Ciudad de México. Estoy convencida de que el arte, cuando se acerca a la comunidad, se convierte en una herramienta de reconstrucción social y en un abrazo colectivo.

