Por Jesús Cárdenas.

Leer El increíble poeta menguante es entrar en una casa sin recibidor, sin pasillos de cortesía ni cartelas explicativas. Se entra de golpe y lo que aparece es lo que hay: poemas. Nada más. Nada menos. La antología preparada para la editorial Averso de la obra de Pedro Flores (Las Palmas de Gran Canaria, 1968) se presenta como un continuum sin divisiones, sin prólogo ni epílogo, sin red de seguridad. Un libro que confía radicalmente en la palabra poética y en la inteligencia del lector. Un gesto coherente con una escritura que, desde los años ochenta, ha hecho del riesgo, la ironía y la lucidez una forma de estar en el mundo.

Pedro Flores es una de las voces más prolíficas y vibrantes de la poesía española contemporánea. Su trayectoria —más de treinta títulos— no responde a modas ni a coyunturas generacionales, aunque se inicie en una década especialmente fértil y convulsa. Libros como El complejo ejercicio del delirio, La poética del fakir, El don de la pobreza, Los poetas feroces cuentan lobos para dormir, Los gorriones contrarrevolucionarios o Tocar de oído trazan una cartografía personal donde conviven lo visionario y lo doméstico, la conciencia social y la introspección, el humor oblicuo y una melancolía sin lamentos. El reconocimiento crítico —premios Tomás Morales, Jorge Manrique, Generación del 27, Miguel Hernández, Alegría y César Simón— confirma una obra sólida, persistente, fiel a sí misma.

En 2016, la editorial Renacimiento publicó Salir rana, una antología preparada y prologada por Vicente Gallego. El increíble poeta menguante retoma ese gesto, pero elimina toda mediación. No hay notas, ni fechas, ni indicaciones de procedencia. Los poemas se suceden como una respiración continua, formando un cuerpo único. El lector avanza como a oscuras, guiado solo por el oído y la intuición. Esa desnudez intensifica el acto de lectura: obliga a escuchar, a afinar, a asumir el riesgo del texto.

Uno de los grandes logros de Flores es su capacidad para mezclar registros sin que se noten las costuras. Lo culto y lo popular, lo literario y lo cotidiano, lo sublime y lo precario conviven con naturalidad. Aparecen ángeles de alas negras, poetas sin dinero, ríos urbanos, habitaciones baratas; las referencias literarias no se exhiben como trofeos, sino como parte del paisaje. En un poema leemos: «Ayer sacaron a Mary Rogers de las aguas del Hudson». La imagen, de resonancias románticas, desemboca en una reflexión amarga y autoirónica sobre la figura del poeta: alguien contratado por un arte que no puede pagarle, alguien que se esconde en el poema porque no tiene otro lugar. La poesía, aquí, no promete salvación; apenas ofrece un refugio provisional.

Ese diálogo constante con la tradición se manifiesta también en escenas de una sobriedad reveladora. En un poema cuyos versos finales dicen «nos hemos sentado juntos / a mirar una fotografía de Guillaume Apollinaire», la relación con los maestros se despoja de solemnidad. No hay pedestal ni homenaje: hay compañía. Sentarse juntos a mirar una foto implica aceptar la distancia del tiempo y, al mismo tiempo, reconocer un vínculo. La tradición, en Flores, es una habitación en la que todavía se puede entrar y compartir silencio.

Algo semejante ocurre en «Comentarios en voz baja hechos en el entierro de Alfonso Costafreda». El título ya marca el tono: no hay discurso fúnebre, sino murmullos. Y los versos lo confirman: «Parece que deja inédito un libro sobre suicidas. / Vaya usted a saber si un día sale él en un poema. / Métase bajo el paraguas, que empieza a llover de nuevo». La muerte no se envuelve en retórica. Se menciona un libro inédito, se insinúa la posibilidad de acabar convertido en personaje de otro poema y, de pronto, la lluvia. Ese último verso devuelve todo a la intemperie cotidiana. La poesía no suspende el mundo: llueve, hay que cubrirse.

El poema aparece así como ritmo y memoria, pero también como roce con lo real. En «René Rilke se cambia el nombre en un poema que abusa de comparaciones», Flores remata, tras una serie de interrogaciones y símiles, con una advertencia tan irónica como certera: «puede usted hasta dejar de estar, / pero no puede dejar de ser un poeta con todas sus erres». El juego con el nombre propio, la identidad y el mito del poeta revela una de las intuiciones centrales del libro: la poesía no es un disfraz que uno pueda quitarse a voluntad. Se puede desaparecer, callar, incluso morir, pero el lenguaje —con todo su peso— sigue marcando a quien lo ha habitado. Flores desactiva así la figura del poeta como héroe y la sustituye por la del sujeto condenado, casi a su pesar, a mirar y a decir.

Ese descenso constante de lo simbólico a lo concreto, de la literatura a la intemperie, es una de las marcas más reconocibles de su escritura. Siempre hay algo —el clima, el cansancio, la precariedad— que impide que el poema se eleve demasiado. En ese gesto hay una ética: no falsear la experiencia, no embellecer lo que duele. De ahí versos como «El último de ellos, de los gorriones, / voló hasta aquel poema de Claudio Rodríguez, / y ahí sigue, mientras los hombres siguen saltando», donde la imagen poética convive con una conciencia crítica del presente.

El título del volumen funciona como una ironía lúcida. Frente a cualquier tentación de grandilocuencia, en «El primer poeta en la luna» se afirma: «nuestro cónsul en el firmamento, / lo primero que hará a su llegada / a la pálida faz de la Luna, / será elevar la mirada / y buscar con ansiedad la Luna / en el cielo». Pedro Flores propone la figura del que mengua, del que se reduce para afinar. Menguar es destilar: quitar peso muerto, renunciar al énfasis. En estos poemas hay conciencia de los límites del lenguaje y del oficio, pero también una obstinación: seguir escribiendo aunque nadie lo pida.

El humor —negro, lateral, a veces casi imperceptible— es un aliado fundamental. Flores sabe que la solemnidad es enemiga de la poesía viva. Por eso se permite el sarcasmo y la autoironía sin caer en el cinismo. Bajo la sonrisa hay una herida, una preocupación real por la fragilidad humana y por el lugar, cada vez más precario, de la palabra poética.

El increíble poeta menguante no es solo una antología: es el retrato en movimiento de una voz que ha sabido resistir al desgaste del tiempo sin repetirse ni acomodarse. Un libro que invita a leer despacio, a escuchar lo que dicen los poemas cuando hablan en voz baja. En un panorama literario a menudo ruidoso y apresurado, la poesía de Pedro Flores sigue siendo un lugar donde sentarse juntos —aunque llueva— a mirar una fotografía antigua y a reconocernos, fugazmente, en ella.