Por Jesús Cárdenas.
Imaginen un río de aguas aparentemente tranquilas, reflejando en su superficie pedacitos de vidas quebradas, recuerdos breves de alegría y ese peso del pasado que siempre termina volviendo. Ese río es Cada Lunes de Aguas (editado en pasta dura por Fulgencio Pimentel), la ópera prima de Juan Montiel, galardonada con el Premio Internacional de Cuento Ignacio Aldecoa. Con la precisión de un artesano y la sensibilidad de un poeta, el antequerano disecciona la memoria individual y colectiva para ofrecérnosla en seis relatos que funcionan como pequeñas piezas de orfebrería narrativa, minuciosamente urdidas y cargadas de resonancias emocionales.
Desde esta perspectiva, el volumen se distancia de la simple reunión de cuentos independientes para configurarse como una obra orgánica, cohesionada por una atmósfera común y por una serie de constantes temáticas y formales que se relacionan entre sí. La experiencia de lectura busca involucrar al lector a partir de la introspección y la emoción contenida, sin apoyarse en recursos efectistas ni en la espectacularidad. El conjunto traza un panorama emocional oscuro, atravesado por un pesimismo soterrado que no llega a convertirse en nihilismo. Así, desde el conciso y perturbador «Ardides de Caín», que plantea desde el inicio la culpa y la herencia de la violencia, hasta el expansivo y contemplativo «Sintra [343]», donde el paisaje funciona como correlato del conflicto interior, Montiel va delineando un universo narrativo propio. Este conjunto de seis relatos mantiene rasgos reconocibles y sostienen una mirada humana, centrada en las tensiones íntimas que atraviesan a sus personajes.
De ahí que los protagonistas de los relatos se sitúan lejos de cualquier épica. Aquí no aparecen héroes ni personas extraordinarias, sino hombres y mujeres anónimos —Ramón, el Perra; Antolín y Mariona; Petrica y su madre; Coba y Aintza; Marilia, Michael o Sandokán, Izarbe y Ainés…— que habitan los márgenes físicos y emocionales. Son personajes moldeados por la aspereza del entorno rural, por el extrañamiento que provocan los espacios urbanos y por una violencia a menudo latente. La soledad, el desarraigo y la imposibilidad de cerrar heridas del pasado definen a estos sujetos en crisis, cuya identidad se construye no tanto por lo que expresan sino por lo que queda callado o reprimido. De este modo, la acción externa pasa a un segundo plano toma más peso el análisis psicológico; el conflicto se traslada a la memoria y a lo que falta.
En este contexto, los espacios cobran una relevancia particular. Lejos de cumplir una función meramente descriptiva, se erigen en auténticos agentes narrativos. Los pueblos —como la costa de Almería— aparecen bañados por una luz ambigua, a veces implacable, envueltos en una melancolía persistente que impregna la experiencia vital de los personajes, que tienen costumbres primigenias, describen esa España de pueblos desnudos, revividos por el turismo. Los escenarios íntimos, cargados de recuerdos, actúan como depósitos de una memoria que no concede tregua. A su vez, la ciudad se presenta como un lugar desorientado y asfixiante, una suerte de trampa moral. El paisaje, humanizado, dialoga con la acción y refleja el conflicto interior. Con ello se sostiene el enfoque introspectivo de la obra y se refuerzan el extrañamiento que recorren los textos.
Uno de los pilares fundamentales del volumen es, sin duda, la prosa de Juan Montiel. Precisa, evocadora y honesta, se sostiene sobre una notable contención expresiva que evita el exceso retórico sin renunciar a la intensidad poética. La escritura se apoya en la sugerencia y en la elipsis como recursos narrativos, dejando espacio al lector para completar el sentido. El lenguaje, con un registro alto pero apegado a la tierra, remite a un tiempo suspendido, de resonancias arcaicas, que refuerza la atmósfera del conjunto. El léxico, cuidadosamente seleccionado, construye imágenes nítidas, convocando un imaginario rural y emocional que se fija en la memoria. La narración avanza con una cadencia pausada, alternando descripciones de gran plasticidad con diálogos verosímiles y reflexiones existenciales.
En este marco, «Todas las tardes había fiesta», el relato que dio a conocer a Montiel entre la crítica, funciona como una sólida carta de presentación, aunque sin eclipsar al resto del libro. Más bien actúa como un núcleo que dialoga con los otros textos y anticipa muchas de sus obsesiones temáticas. Cada cuento posee una identidad propia, un ritmo específico y una aproximación singular a los grandes ejes que vertebran el volumen: la memoria como territorio inestable, el paso del tiempo como herida abierta, la culpa heredada, el amor atravesado por la pérdida y la imposibilidad de regresar a un pasado idealizado. Desde la melancolía contenida de «Jarandina» hasta la introspección dolorosa de «El costado blanco de mi amor», cada relato deja una huella persistente que continúa resonando una vez cerradas sus páginas.
Asimismo, la creación de tensión se articula mediante atmósferas densas, el uso expresivo del silencio, los gestos mínimos y lo apenas insinuado. Montiel domina el arte de la sugerencia: lo que se omite adquiere un peso expresivo comparable al de lo que se enuncia de manera directa. La contención expresiva aumenta el impacto emocional y provoca que el lector asuma un papel activo: debe completar los silencios del relato y enfrentarse a las resonancias personales que el texto despierta.
Entre el realismo mágico y el realismo rural, los hechos que se cuentan cambian de lugar y de sentido, hasta quedar vistos desde una perspectiva inesperada que desconcierta al lector. En «Todas las tardes había fiesta», una narradora testigo recuerda un episodio inquietante con una calma que sugiere desgaste. El relato avanza como si la frontera entre lo real y lo absurdo se hubiera vuelto borrosa, y esa confusión termina por saturarla en un espacio incierto. En ese lugar conviven, sin resolverse, la culpa y el deseo, lo que sostiene la tensión del texto. Por su parte, «Ardides de Caín» recupera el mundo rural tradicional, atravesado por elementos de una España ancestral, violenta y atrasada, y lo combina con un suspense que remite tanto a la narrativa de Aldecoa, Atxaga o Delibes como a la aspereza moral de la película As Bestas. Recordemos, además, esa bifurcación lograda por Flanery O´Connor de suspense entre mundo rural y violencia moral.
En definitiva, Cada Lunes de Aguas es un libro que atrapa desde sus primeras páginas y acompaña mucho después de haber concluido la lectura. Mantiene al lector en vilo no por la urgencia del suspense, sino por la intensidad emocional y la profundidad de sus planteamientos. Juan Montiel se revela como un narrador con una voz propia, madura y consciente de sus recursos, capaz de explorar los recovecos del alma humana con una sensibilidad y una honestidad poco frecuentes en una ópera prima. Un debut sólido y prometedor que se inscribe con firmeza en el panorama del cuento contemporáneo en lengua española.

