Abrid la tierra, arrancad los candados, dejad que la luz nos consuma.
Por Pablo A. García Malmierca
«Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas). / A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro…» —Dámaso Alonso, Hijos de la ira
Estos versos cargados de angustia existencial y de grito sordo perfectamente podrían haber sido aplicados a los topos, esos hombres y mujeres que tras la Guerra Civil tuvieron que emparedarse para que los vencedores del conflicto no pudiesen acabar con sus vidas. Abrir la tierra, último libro de poemas publicado por Luis Ramos de la Torre en la editorial Lastura, abre su tríptico del horror y de la complacencia con una «Letanía del topo». Esta letanía, que no lo es solo en el título, ya que el autor ha optado por una prosa poética que toma sus fuentes rítmicas de la liturgia cristiana. Esta elección, que pudiera parecer algo baladí, se torna en este libro en perfecta conjunción de forma y contenido: los topos, sepultados en vida, perseguidos, condenados al vacío y la nada por el Movimiento Nacional, se convierten aquí en objeto litúrgico; el discurso eclesiástico aporta aquí la legitimación que se les robó en vida. Qué mejor reivindicación para el vencido que utilizar el lenguaje del vencedor, justicia restitutiva que Luis Ramos nos muestra de manera muy clara en ejemplos como el siguiente: «TOPOS: Bendito el ejemplo. Bendito el recuerdo. / Benditos» (30).
Sin embargo, nunca debemos olvidar que el topo es alguien que no existe, inserto en un no lugar (una pared, un pozo, un hueco en el desván…), por eso su definición se hace desde lo que no es, su propia esencia: «El topo no agrede, no araña, es quietud aprendida, latencia; no tiene la mirada aviesa que siempre mantienen los grandes traidores de las causas nobles» (25).
El proceso de reivindicación que realiza Luis Ramos es doble. Por un lado, nombra, no se cansa de nombrar a los topos: su nombre, sus dos apellidos, su apodo; continuamente el texto aparece atravesado por sus nombres, dándoles así una centralidad que la catástrofe de la Guerra Civil les robó. Pero, además, se da otro proceso de reivindicación, de acercamiento afectivo, ahora ya en el propio discurso. El texto destaca por su adjetivación, en grupos de dos y tres adjetivos que acompañan a uno o varios sustantivos; esta adjetivación tiene dos funciones: la de acercamiento afectivo por parte de la voz poética a la realidad del topo, que consigue traspasar al lector, y una función rítmica, pues gran parte del ritmo de esta parte del libro es binaria o ternaria. Podemos oír la respiración del emparedado, su sístole y su diástole, y este ritmo entrecortado se cierra con ritmos ternarios, como podemos observar en el siguiente párrafo (los subrayados y los números entre paréntesis son míos):
TOPOS. Enterrados y deshabilitados (2). Ocultos en su desgracia, pero altos en dignidad (2). Soterrados entre la sístole y la diástole (2) de la vergüenza. Recordados y nombrados (2) desde el tambor insistente de la arenosa (2) venganza que incendia las venas. Abandonados, suprimidos y tantas, tantas veces olvidados (3). (Pág. 28-29).
La voz poética, que en este caso podemos identificar con el autor, en esta búsqueda de la reivindicación de los topos, de su angustia existencial, muy próxima a la de los poemas de Dámaso Alonso y otros autores de la llamada poesía desarraigada de la posguerra española, muestra un deseo claro de luz y de espacio: «… a gritos que se abra la tierra» (28); «Crear espacio» (29). Este deseo se manifiesta de manera rotunda en la terna: «Abrir la vida. Abrir la historia. Abrir la tierra» (30). Esta terna será el leitmotiv de todo el libro, tanto para los topos, protagonistas de esta primera parte, como para los presos y presas de la segunda, y para los enterrados en las cunetas de la tercera. Destaca así una constante oposición entre lo que se desea para el presente —luz, apertura, justicia, reivindicación, restitución de la memoria— frente a la angustia del pasado del topo, marcada por una adjetivación negativa: escondidos, recelosos, abandonados, suprimidos, callados, perdidos, asustados, mostrando así una tensión necesaria entre la ignominia de lo que fue y la restitución de lo que debería ser. Deseo que se traduce en bellas metáforas: «Como el árbol se hace cielo y se alza álgido entregándose a la contra y desde abajo, siempre desde abajo» (32), que tanto nos recuerda a Claudio Rodríguez y sus metáforas ascendentes y, tal y como recuerda el texto, recogiendo palabras de Claudio, «siempre en doma» (32).
Esta letanía continúa con un poema dedicado a las mujeres topo, como ejemplo de memoria y dignidad: «…mujeres o familiares de los TOPOS que incendiaron la vida y el corazón de alegría callada e hicieron de la resistencia un canto acogedor y una semilla plena de memoria, aliento y lucidez» (35). En este poema la voz poética se dirige al lector con un mandato claro: recordadlas, esperadlas, sentidlas… Uniendo así su denuncia con la del lector, intentando conmovernos y, a la vez, movernos, buscando nuestra acción. Estamos, así, ante una poesía que no es simple denuncia: es también una llamada a la acción, a cambiar el estado de las cosas, convirtiéndose en un libro necesario, un libro con el que cambiar nuestra apatía e indolencia, un texto que busca que nos posicionemos frente a los tibios y los que se ponen de lado.
Se abre así el poema IV, con un apóstrofe a los que están de lado, un «tú» explícito al que increpa, al que echa en cara su indiferencia y su desmemoria, los peores de los pecados de los hombres: «…la vergüenza de la desmemoria acostumbrada lleve a la vejación, a la mofa y a la falta total de respeto hacia quienes verdaderamente lo sufrieron» (37). Y siempre Claudio, con sus certeras palabras: «Largo se hace el día a quien no ama, y él lo sabe…» (41).
Tras esta letanía, se abre ante nosotros «Si no tuviese ojos», en clara referencia a esos topos, aunque ahora el discurso se centra sobre los encarcelados del franquismo y su represión; resuenan aquí Miguel Hernández y Marcos Ana.
La génesis de esta segunda parte nace de un viaje del autor a Lugo y la visita al centro cultural que hoy ocupa lo que fue la cárcel de Lugo, uno de los centros de represión de la dictadura franquista contra los contrarios al régimen. Luis Ramos supera la fractura que supone la gentrificación de un lugar de dolor y sufrimiento con el uso de la ironía; frente a la mera visita turística del turista zombificado e insensible, Luis Ramos es capaz de leer en los muros los gritos y la enfermedad de los presos, en un ejercicio de restitución y empatía. El primer poema deja clara esta dicotomía: la cárcel se califica con «miedo, mugre y enfermedad», para terminar diciendo: «Lugar turístico, hoy. / Centro Cultural.» (47). ¿Paradoja o realidad que nos atraviesa como viajeros modernos, coleccionistas de experiencias sin empatía hacia lo que vemos o visitamos?
Si algo resuena en estos poemas sobre la cárcel es la experiencia carcelaria de Miguel Hernández, al que se cita de manera explícita en el poema que abre «Si no tuviese ojos». Recordamos esas «Nanas de la cebolla», donde la cebolla es extensión del cuerpo sufriente y del hambre de su familia; Luis Ramos utiliza el «arroz atroz» y el «oscuro pan» como metonimias del sistema penitenciario. Pero la degradación del encerrado no acaba aquí: llama poderosamente la atención el tratamiento del cuerpo; recordamos otra vez, por sus cartas, todo lo que sufrió Miguel Hernández: piojos, sarna y tuberculosis, de la que finalmente murió. Luis Ramos no tiene reparos en pararse en detalles escatológicos que casi nos expone como cronista; baste esta lista de productos: «El “Mitigal”, cinco pesetas; / bueno para la roña. / Y jabón “Afridol”, seis… / o “Sulfureto Caballero”, / muy eficaz contra la sarna». «Ardía la piel de mugre y costra… Infecciones. Esputos. Parásitos». (60). Pero este sufrimiento no es solo corporal, también lo es psicológico; basta recordar el célebre poema de Marcos Ana «Decidme cómo es un árbol», que aquí resuena con «el olor lejano del brote del árbol».
El proceso en esta segunda parte es claro: el autor busca reivindicar a los presos a través del testimonio de su sufrimiento y así restituir su memoria: «Excarcelar de una vez la memoria.» (48). En su afán recuperatorio, el autor nombra y nombra hasta la saciedad, ahora el nombre de los presos, siempre con su nombre completo. Y, como en el apartado anterior, no se cansa de gritar: «¡Que la Historia cumpla de una vez con la justicia!» (52). Son continuas las referencias a las atrocidades del franquismo y a la vida descarnada que dejaron a los vencidos, sin olvidarse de los que todavía hoy quieren pasar página y tapar tanta atrocidad y tanto dolor: «¿Quién dijo sin rubor / que el pasado estaba muerto? / ¿Quién dijo procaz y altivo, / quién se atreve a decir: / “habría que pasar página”?».
Este tríptico del horror llega a su fin con «La voz de las cunetas», reescritura de lo que en su día fue el libro de poemas publicado por Baile del Sol Entre cunetas. Si comenzamos hablando de los topos, enterrados en vida; los presos, exterminados en vida, animalizados, cuerpos sufrientes; terminamos con los cuerpos por exhumar en las cunetas de la vergüenza. Aquí el poeta se torna en filósofo y músico, conjugando ambas formas de ver y pensar el mundo. Se abre esta parte con un poema que nos deja claro el proceso de restitución de la memoria: este proceso parte de lo matérico hacia lo ontológico; primero debemos «mirar», «sentir», «notar», «palpar» «la materia roñosa / de la memoria silenciada…» (85), para después «Buscar en los despojos de la historia / los pétalos de la luz, / la semilla / del silencio sublevado» (86). Es en la tierra, en esos cuerpos por exhumar, donde está la verdad, y esto solo podemos hacerlo removiendo la tierra. Se convierten así estos poemas finales en una denuncia de lo que se debería hacer y no se hace como debería: exhumar las fosas comunes del franquismo como ejercicio de dignidad y de restitución, como último acto de empatía hacia los que perdieron a sus seres queridos de la manera más irracional y atroz, víctimas de la manipulación y la aquiescencia de los que mandaban. Ante tal barbarie solo queda un deseo, que es acción y grito: «Abrir la tierra» (94).
Entre paseíllos, silencios y desmemoria, el poeta alza su voz junto al pueblo utilizando la música y el romance en «(Canción de la vera)», donde, en comunión con el pueblo vencido, comparte su dolor y lo hace canto: «¡Ya ronca la historia! / ¡Ya grita la zanja! / ¡Ya piden las fosas / aire y no venganza!» (116).
Estamos ante un libro necesario en estos tiempos oscuros donde los fascismos vuelven a asomar en un mundo en crisis. Luis Ramos entona un canto valiente que se dirige a todos, una poesía que busca movernos, que pasemos a la acción, que dejemos de ser meros turistas de lo que ocurre a nuestro alrededor, para que nos involucremos en lo que de verdad importa: el sufrimiento, la memoria, la lucha contra la mentira; en definitiva, para que nos alineemos del lado de la verdad.
Abrir la tierra, tirar los candados y dar voz a las cunetas.
Aldealengua, 25 de enero de 2026.

