Luis Fernández Mosquera
Bien pensado, tiene su lógica que en 2666, la novela más grande y ambiciosa de Bolaño, tenga el boxeo tanto peso. Por sorprendente que resulte al comienzo, enseguida se ve que la escritura del chileno tiene algo violento y desnudo, pugilístico. No hay que olvidar que, según confesión propia, Bolaño escribía de madrugada y escuchando heavy metal, un ambiente en el que no hubiera desentonado la retransmisión televisiva (sin volumen) de una velada de boxeo. El caso es que este deporte, que como veremos, tiene en esta obra poco de “noble arte”, es fundamental en la tercera de las cinco partes en que se estructura la obra, “La parte de Fate”.
Situémonos brevemente. 2666 es, más que una novela, un conjunto de cinco novelas relacionadas levemente por sus tramas y personajes y, de forma decisiva, por los asesinatos de mujeres en Santa Teresa (trasunto de Ciudad Juárez), donde desembocan todas las historias y todos los personajes, que parecen atraídos a ese lugar como hacia un agujero negro. Pues bien, Oscar Fate es un periodista estadounidense de raza negra que trabaja en la sección de deportes de una revista negra, es decir, dirigida a público negro y dedicada al testimonio y la denuncia de la situación social de los negros, que se ve repentinamente obligado a ocuparse de la subsección de boxeo, “en realidad […] un eufemismo que designaba únicamente” al anterior redactor, asesinado a cuchilladas a las afueras de Chicago, para cubrir un combate en Santa Teresa entre el estadounidense Count Pickett y el mexicano Merolino Fernández. Así se abre esta tercera parte de la obra, en la que el boxeo se asocia estrechamente desde su comienzo a la violencia en una relación que aparece algunas veces más en la novela. Por ejemplo, uno de los sospechosos investigados en relación a los asesinatos de mujeres, Pérez Ochoa, tiene en su casa, entre otras cosas, “tres fotografías de boxeadores mexicanos, recortadas de una revista y pegadas a la pared donde se arrimaba el colchón, como si […], antes de quedarse dormido, hubiera querido grabarse en la retina los rostros y las poses combativas de aquellos campeones”. O, siguiendo un tópico bien conocido, un expolicía que se mueve ahora como detective privado de importancia por el ambiente hampesco de Santa Teresa, con más de diez empleados “entre secretarias y tipos con pinta de matones profesionales”, tiene, por supuesto, “pinta de boxeador”.
Y, desde luego, en este ambiente, todo lo asociado a la violencia se asocia también a la masculinidad, lo que es tanto como decir a la bravuconería (“No ha nacido quien pueda vencerme”, dice Count Pickett) y el desprecio a todo lo femenino, hasta tal punto que a la pregunta de si, dado que “Count es un hombre, a la vista está”, viaja con alguna mujer en su grupo”, su apoderado responde que ellos “nunca” viajan con mujeres, a las que, por otra parte, como a la suya misma, no les gusta el boxeo, como no sea por razones ajenas a las deportivas: “Este tipo de peleas”, dice Guadalupe Roncal, periodista del DF enviada a Sonora para cubrir los asesinatos machistas, “no me interesan, aunque sé que hay mujeres que encuentran muy sexy el boxeo”, por razones comprensibles aunque en su opinión poco refinadas: “¿O a usted sí le gusta ver cómo dos hombres se pegan?” El summum de esta visión tan masculina del boxeo aparece, como anunciando el desarrollo posterior de este tema, en la segunda parte de la obra, “La parte de Amalfitano”, en la que este personaje, profesor de Filosofía chileno que recuerda a su padre, gran aficionado al boxeo, mientras corrige los trabajos de sus alumnos. “El padre de Amalfitano opinaba que todos los chilenos eran unos maricones” y constantemente hablaba a su hijo de boxeo a través de las crónicas de los combates que hubiera leído en la prensa e incluso le entrenaba al tiempo que le enseñaba determinados lances pisándole el tobillo para demostrar que el árbitro había tenido que ser necesariamente el responsable voluntario de la lesión de Estanislao Loayza en la pelea por el título mundial. “Después venían las invectivas: los boxeadores chilenos son todos unos maricones, los habitantes de este país de mierda son todos unos maricones, todos sin excepción, dispuestos a dejarse engañar, dispuestos a dejarse comprar, dispuestos a bajarse los pantalones cuando uno solo les ha pedido que se quiten el reloj”, concluye con la imagen más macha, más homófoba y despectiva que permite quizás la lengua coloquial.
Como puede suponerse, el boxeo que presenta Bolaño recoge un precipitado de muchos (decir todos sería excesivo) males de la sociedad. A los ya mencionados cabría añadir el racismo, por descontado, o la desigualdad social, porque el boxeo es un deporte de clase baja, que se nutre, tanto para su afición como para sus héroes, de los económicamente desfavorecidos. Es el caso de Hércules Carreño, aprendiz de carnicero u operario en un mercado antes de hacerse profesional, que vivió una efímera gloria después de enlazar una serie de victorias contra rivales débiles o en combates amañados, fue destrozado por Art el Sádico en un combate que acabó con su carrera, después prolongada penosamente “en plazas de tercera categoría” y perdiendo casi siempre en el segundo asalto. “Después buscó trabajo como vigilante de discoteca, pero estaba tan sonado que en ningún trabajo duraba más de una semana. […] Dicen que se dedicó a la mendicidad y que un día murió bajo un puente”. El boxeo es, como sabe toda la literatura sobre boxeo, una trituradora de boxeadores, del mismo modo, quizás, que la literatura, si hacemos caso a las narraciones febriles de vidas de escritores que inventa Bolaño, es también una trituradora de escritores.
Pero hemos dicho que el protagonista de esta parte es un periodista. Así pues, ¿qué se dice del periodismo? ¿Qué papel desempeñan los cronistas en este ecosistema nocivo? El que cabría esperar, por supuesto: el de la frivolidad y la propaganda. Fate llega al pabellón para la rueda de prensa previa al combate de Count Pickett, al que encuentra en el ring trajeado y sonriendo con suficiencia. “Los fotógrafos disparaban sus cámaras y los periodistas que rodeaban el ring lo llamaban por su nombre de pila y le soltaban preguntas. ¿Cuándo crees que vas a luchar por el título? ¿Es verdad que Jesse Brentwood te tiene miedo? ¿Cuánto has cobrado por venir a Santa Teresa? ¿Es cierto que te casaste en secreto en Las Vegas?” En fin, todos sabemos lo que es el periodismo deportivo y el propio Fate se acaba contagiando y le da al recepcionista del hotel el siguiente pronóstico: “-No lo sé, en esta clase de peleas puede pasar cualquier cosa -dijo Fate como si toda su vida hubiera sido corresponsal deportivo”.
Este es, pues, el telón de fondo frente del combate entre Count Pickett y Merolino Fernández, en torno al cual gira “La parte de Fate” y que es, sin embargo, sorprendentemente breve. Lo precede una descripción bastante minuciosa del ambiente del pabellón durante la velada (música, puestos de comida callejera, el sparring magullado, los tipos trajeados abrazados a mujeres más altos que ellos vestidas con ropa ajustada…) y la narración del último combate de relleno previo al plato fuerte de la noche en el que dos púgiles mexicanos cuyas sangres respectivas ensucian sus rostros y sus pantalones y los del contrario sin que eso, por supuesto, lleve parar la pelea, que el médico autoriza a continuar después de examinar al peor parado, que termina incluso luchando sin protector bucal. Pero ya sabemos que el boxeo es el deporte más orgullosamente violento y brutal, aunque ante la indiferencia de sus espectadores: “El hombro del boxeador del pantalón a rayas estaba manchado con la sangre del otro. Fate se acercó lentamente a las localidades del ringside. Vio a Campbell leyendo una revista de básquetbol, vio a otro periodista tomando notas despreocupadamente. Uno de los camarógrafos había instalado su cámara sobre un trípode y el chico de la iluminación que estaba a su lado mascaba chicle y le miraba de tanto en tanto las piernas a una señorita sentada en primera fila”. Esta indiferencia ante la violencia normalizada que se ve en el ring… ¿no recuerda precisamente a la indiferencia frente a la violencia normalizada que se ve en el mundo, en la misma Santa Teresa, donde mueren cada mes varias mujeres sin que nadie se preocupe verdaderamente de evitar nuevos crímenes ni de castigar a los culpables? Es más, a veces alguien, anónimamente, contribuye al mal por puro juego como un niño travieso sin una causa digna en la que ocupar sus ocurrencias. Cuando el boxeador más débil pierde su protector dental, Fate lo ve justo a sus pies: “Por un momento pensó en arrodillarse y recogerlo, pero luego le dio asco y siguió quieto, mirando el cuerpo desmadejado del boxeador que oía la cuenta de protección del árbitro y luego, antes de que este señalara con los dedos el número nueve, volvía a levantarse. Va a pelear sin protector, pensó, y entonces se agachó y buscó el protector pero no lo encontró. ¿Quién lo ha cogido?, pensó. ¿Quién demonios ha cogido el jodido protector si yo no me he movido y no he visto a nadie hacerlo?” ¿Hay un mejor ejemplo posible de la banalidad del mal que impregna en la novela todo el desierto de Sonora (y toda la vida humana)?
Por fin llega el combate, que el público mexicano espera con aparente felicidad y con la convicción de que ganará Merolino. La narración es escueta:
“La pelea fue corta. Primero salió Count Pickett. Ovación de cortesía, algunos abucheos. Después salió Merolino Fernández. Ovación atronadora. En el primer round se estudiaron. En el segundo Pickett se lanzó al ataque y noqueó en menos de un minuto a su contrincante. El cuerpo de Merolino Fernández, estirado sobre la lona del cuadrilátero, ni siquiera se movió. Sus segundos lo sacaron en andas hasta la esquina y como no se recuperaba entraron los camilleros y se lo llevaron al hospital. Count Pickett levantó un brazo, sin demasiado entusiasmo, y se marchó rodeado de su gente. Los espectadores empezaron a vaciar el Pabellón”.
¿Qué nos dice, en definitiva, 2666 sobre el boxeo? No mucho, creo, porque es más bien el boxeo el que, con su valor simbólico, nos dice mucho sobre el mundo violento, indiferente e injusto en el que vivimos; un mundo en el que el mal lo contamina todo, desde las vidas de las trabajadoras semiesclavas de las maquiladoras del norte de México hasta unas semanas en la vida de un periodista negro de Chicago o, por supuesto, una velada de boxeo; un mundo cuyos habitantes, como dice Bolaño en otro lugar, podrían ser todos enterrados con una lápida en la que se leyera la fecha de 2666.

