Nacida en 1985 en Sevilla, Esther Mañoso pasea por las calles de Córdoba desde bien pequeña. Ha vivido también en Argentina y Escocia. Se licenció en Ciencias Ambientales y se especializó en Química Fina Avanzada en la Universidad de Córdoba. Es profesora de educación secundaria de Biología y Geología y, desde el aula, también coordina los proyectos de innovación educativa de Personas Libro (Proyecto Farenheit 451) y La Voz a ti Debida, donde la literatura se vuelve acción, servicio y resistencia. Amante de la poesía, la danza y la naturaleza, disfruta narrando y transmitiendo con la voz y el cuerpo sus poemas. Fue semifinalista en el VII Premio Nacional de Poesía Viva L de Lírica, de Ámbito Cultural. Pertenece a los colectivos Poetas por el Clima y Marosas Cultural, espacios de compromiso con el medio ambiente, el activismo y la poesía. Formó parte de Cosmopoética 2025 (Festival Internacional de Poesía de Córdoba) en la actividad Versos a Pedales. Ha participado con sus poemas en las publicaciones Anónimos 2.0 (Cosmopoética 2012) y Factoría de Sueños (2024). Tras más de quince años escribiendo en la sombra, publica ahora su primer poemario Tanque de tormentas (Cuadranta Editorial, 2025).
El poema no purifica ni limpia la emoción
Javier Gilabert: Has titulado tu ópera prima “Tanque de tormentas”. Como ambientóloga, conoces bien la definición técnica: esas infraestructuras subterráneas que retienen las primeras aguas de lluvia —las más contaminadas— para evitar inundaciones. ¿Por qué elegiste esta potente metáfora para tu poesía? ¿Es este libro un contenedor para evitar que tus propias emociones se desborden?
Esther Mañoso: Precisamente elegí Tanque de tormentas por esa ambigüedad entre lo técnico y lo emocional. Siempre me llamó la atención que estas infraestructuras no pretendan eliminar la contaminación, sino desacelerarla, retenerla, darle un tiempo antes de volver a circular. Así que la metáfora me resultó muy adecuada: el poema no purifica ni limpia la emoción, sino que la hace más transitable, más amable.
El libro funciona de una forma parecida a ese tanque subterráneo donde se acumulan las primeras aguas, las más densas, contaminadas, turbias, y evita ese desborde. El poemario no pretende evitar la tormenta, pero si poder mirarla sin que arrase con todo; es un lugar donde las emociones pueden transformarse en otra cosa antes de volver a la superficie.
La poesía tiene una forma muy curiosa de quedarse en tu vida
Comentas que llevas más de quince años escribiendo «en la sombra». ¿Por qué este libro y por qué ahora? ¿Qué ha cambiado en ti o en tu entorno para que decidieras que era el momento de abrir las compuertas de ese tanque?
Quince años escribiendo, pero sobre todo, llenando el tanque de experiencias vitales, emociones, lecturas, aprendizajes, hasta que llegó un momento en que la fuerza del agua era mayor que los miedos y sentí que debía darle salida de algún modo. La poesía tiene una forma muy curiosa de quedarse en tu vida: a veces parece que está hibernando y otras, llega de golpe como un vendaval que lo revuelve todo. Llegó una de esas subidas y ya no la pude contener más…
¿Cómo y cuándo surge la idea de darle unidad a esos textos? ¿Ha sido una labor de rescate arqueológico de esos 15 años o son textos de creación reciente provocados por una «tormenta» específica?
Durante muchos años los textos existieron como piezas sueltas, escritos en momentos distintos y con voces que todavía no sabían que estaban dialogando entre sí. La unidad aparece cuando empiezo a leerlos no como archivos del pasado, sino como un sistema: temas,
imágenes y obsesiones que se repetían, aunque yo no las hubiera buscado.
No ha sido exactamente un rescate arqueológico, aunque hay algo de excavación y de escucha de antiguas voces, aunque tampoco responde a una única tormenta concreta, sino a numerosas tormentas. El libro se ha construido en ese punto intermedio: conviven ideas que nacieron hace años, con otros textos más recientes que nacen ya con la conciencia de formar parte del conjunto y del hilo del poemario. Las reviso todas desde el presente y como un todo, gracias a la ayuda de Ben Clark, al que agradezco que haya sido un potente catalizador en la publicación de este poemario.
¿Qué papel desempeña la estructura o la disposición de los poemas en el volumen? Al tratarse de un primer libro tras tantos años, ¿fue difícil ordenar el caos?
La estructura fue clave y casi es la que va eligiendo a los poemas. Cada uno de ellos podría colocarse en otra sección, pero, inevitablemente, evocarían otras sensaciones al lector. Con ese camino, ese ciclo que recorre se logra (creo) despertar diferentes estados de ánimo, contención, espera, exceso… para que ese desbordamiento tenga sentido. Por eso esta estructura cuida de los poemas y de los lectores, no es simplemente un saco donde encerrar poemas aislados y pretender que funcionen juntos.
¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores? ¿Deben acercarse a este libro preparados para la lluvia o para la calma posterior?
No pretendo dar instrucciones cerradas, creo que cada lector llega con su propio clima interior. Si tuviera que ofrecer una pista, diría que se acerquen al libro sin paraguas, con curiosidad y sin miedo. Hay lluvia, sí, pero también pausas, claros y momentos de calma que aparecen casi sin avisar.
Es un libro que sí pide apertura y disponibilidad: dejarse atravesar por distintos estados, desde la espera hasta la intensidad, y confiar en que siempre habrá algo que quedará en cada uno.
Ojalá quien lo lea encuentre un espacio donde empaparse hasta los huesos no sea una amenaza, sino una forma de renovación, y donde la calma no sea un final, sino un lugar más amable donde estar.
Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de Tanque de tormentas, ¿cuáles serían?
Es algo demasiado difícil, es como elegir entre tus hijos… pero por tenerles un cariño especial creo que serían “Memorias de África”, “Stendhal” y “Ecdisis”.
La escritura sigue siendo un espacio íntimo
Ahora que has salido de la “sombra”, ¿ha cambiado tu forma de trabajar con respecto a cuando escribías solo para ti?
Ha cambiado menos de lo que podría parecer. La escritura sigue siendo un espacio íntimo, lento, donde no pienso en la publicación ni en el lector mientras escribo. Tampoco han cambiado los disparadores que desencadenan la escritura, en ese sentido, sigo trabajando igual que cuando estaba en la sombra.
Lo que sí ha cambiado es lo que ocurre después. Ahora presto más atención a la revisión, a la escucha externa, a cómo un texto respira y suena fuera de mí. He aprendido que compartir mis poemas no implica traicionar la intimidad, sino cuidarla de otra manera. Lo principal quizá, es que la escritura sigue naciendo en silencio, pero ya no necesita quedarse ahí.
La poesía aparece ahí donde la ciencia ya no busca demostrar
Tu formación es científica (Química Fina, Ciencias Ambientales, Biología). A menudo se disocia la ciencia de la poesía, pero grandes autores han demostrado lo contrario. ¿Cómo influye tu mirada analítica, de quien conoce la composición de la materia y la naturaleza, a la hora de construir una imagen poética?
Para mí la ciencia y la poesía no son lugares opuestos, sino dos formas distintas de atención y, por supuesto, complementarias. La formación científica me ha enseñado a mirar con precisión, y a trabajar con lo concreto: la materia, los procesos… esa forma de observar se filtra inevitablemente en mi escritura.
Cuando construyo una imagen poética, suelo partir de lo físico y lo observable, incluso cuando hablo de emociones. Me interesa que la imagen tenga peso, textura, temperatura, que sea algo que casi pueda tocarse y se reconozca. Y la poesía aparece ahí donde la ciencia ya no busca demostrar, sino abrir preguntas y convertirlas en belleza. Mi mirada analítica creo que no limita el poema: le da un suelo desde el que crecer.
Narrar un texto implica escucharlo de verdad
En tu labor docente coordinas el proyecto “Personas Libro”, inspirado en Fahrenheit 451. En un mundo digital y efímero, ¿qué efecto esperas que provoque en tus alumnos —y ahora en tus lectores— esa idea de encarnar la literatura, de llevarla puesta?
“Personas Libro” nace cuando la literatura deja de ser un objeto externo y pasa a habitarnos el cuerpo. En un contexto digital, donde todo es rápido y sustituible, memorizar un texto, decirlo en voz alta, entregar esas palabras a otros, exige tiempo, atención y compromiso.
En mis alumnos veo que ese gesto transforma la relación con la literatura: ya no es algo que se consume como todo lo demás, sino algo que se cuida y se transmite. Narrar un texto implica escucharlo de verdad, hacerlo tuyo y aceptar que también te modifica y te obliga, de algún modo, a estar presente.
Mi compromiso con la naturaleza es real
Perteneces a «Poetas por el Clima». En Tanque de tormentas, ¿veremos esa faceta de activismo ecológico explícito, o tu compromiso con la naturaleza se manifiesta de una forma más sutil, más paisajística?
Mi compromiso con la naturaleza es real y forja mi manera de estar en el mundo, pero en Tanque de tormentas no aparece tanto como consigna o como activismo explícito. Es un libro que juega con el hecho de que los procesos naturales y los emocionales comparten un mismo lenguaje.
Creo más en una poesía que genere sensibilidad ante el mundo que en una que dé respuestas cerradas. Si el libro despierta una forma distinta de atención hacia lo que nos rodea, hacia cómo habitamos los ciclos y los límites, entonces el compromiso ya está actuando y ya está cambiando tu forma de vivir.
Me interesa cada vez más el cruce entre palabra y movimiento
¿En qué proyectos poéticos (o escénicos, dada tu faceta de danza) estás trabajando actualmente?
Ahora mismo estoy en un momento de exploración más que de creación real. En lo poético sigo escribiendo, pero sin la urgencia del libro: textos más fragmentarios, que todavía no sé si acabarán tomando forma de conjunto.
En paralelo, desde la danza y el trabajo escénico, me interesa cada vez más el cruce entre palabra y movimiento. Estoy investigando cómo el poema puede decirse desde el cuerpo, la respiración o el silencio, no solo desde la voz. Es una idea aún muy en estado de semilla, todavía por germinar, pero con un hilo común: seguir pensando el cuerpo como vehículo y en la escritura como una forma de movimiento.
Por último, como lectora y activista cultural, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?
De Uxue Razquin, con su último libro Cómo se le dice adiós a una madre me ha dejado completamente fuera de combate.
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Tres poemas de Tanque de tormentas
MEMORIAS DE ÁFRICA
Sentada en el andén
de esta vía muerta, donde musgo,
amapolas y jaramagos crecen
te espero, con la maleta hecha
y las ganas llenas.
¿Afán viajero o huida?
¿espíritu aventurero o de avestruz?
Los avestruces tienen el cuello largo,
y elegante,
como tú.
La mirada abierta y limpia
como tú
Sueñan con llanuras africanas,
como tú
Sus patas largas soportan tremendas cargas
como tú.
Aves con todo lo preciso para volar,
pero no vuelan
como tú.
Supongo que irías a Kenia
porque odiabas el frío y el asfalto
y las cebras y jirafas son cálidas
y de fiar.
Veo tu sonrisa de día de Reyes,
el sombrero de exploradora,
contra este frío, la lluvia mordiente
y la falta de luz.
¿Recuerdas que viajaríamos juntas
con mi primer sueldo decente?
Llegar llegó,
tarde,
eso sí.
Tan tarde que subiste
al tren sin los billetes
y aquí estoy con ellos en la mano,
por si te da por volver
o el revisor te manda de vuelta.
STENDHAL
Me miraba
como Stendhal perdido
en Florencia
al pórtico de Santa Croce;
como se mira el cabello de la Venus
de Hirémy-Hirschl
revolcada
en las olas
Me miraba
mezcla de fascinación
y víscera pura,
inmensa alegría
y desborde abrumador
Me miraba
como a la mismísima Afrodita
o alguna diosa
––aún no inventada––
con pureza infantil y sublime
amor
Me miraba
y con esa lágrima sutil
entendí que nadie volverá
a mirarme
así.
Maldita cúspide divina
desde la que ya nada
tiene la misma altura
para mi daño.
ECDISIS
Mudar la piel al modo artrópodo
es desprenderse de restos superfluos,
cutículas sobrantes que impiden crecer
más allá de nuestros rígidos límites.
Una grieta en el asfalto reclama a voces
la entrada de la luz, la expansión de la raíz,
el brote necesario.
La ciudad grita bajo la piel negra
en ardiente pataleo que nos quema
los pies pegados al alquitrán
y calcina las plumas de nuestras alas.
Romper el asfalto, rebelión natural
de todos aquellos que aún reconocemos
los elementos bajo una capa de hormigón.
Mudar la piel de la urbe, retroceder,
movernos libres, regresar a la madre,
esa madre que nos da todo
sin siquiera pedirlo.

