JOSÉ LUIS MUÑOZ

No siempre acierta Isabel Coixet en el tono de sus películas (La librería, La vida secreta de las palabras, Mapa de los sentidos de Tokio) pero en Tres adioses vuelve a dar en la diana la directora más internacional de la cinematografía española tras la adaptación de la novela de Sara Mesa Un amor que rodó en 2023. Con este canto a las despedidas vitales, la directora de La elegida, quizá la película suya que más me ha gustado, regresa a una de sus primeras, y mejores películas: Mi vida sin mí. La muerte en primer plano.

La acción se sitúa en una Roma bellamente retratada en pantalla cuadrada que escapa de las postales turísticas, así es que toda la película está hablada en italiano y todos sus actores son de esa nacionalidad, nada complicado para una directora cuyas películas se ruedan en buena medida en idiomas extranjeros: francés, inglés, japonés….

Antonio (Elio Germano), un exitoso cocinero que regenta un exquisito restaurante de pasta, decide romper con Marta (Alba Rohwacher), una profesora de gimnasia de un centro de enseñanza, tras muchos años de relación sin ninguna razón aparente salvo el cansancio. La separación, sin traumas, lagrimas o gritos se produce tras una larga secuencia dialogada entre ellos plano contraplano. A la mujer, afectada por la separación, se le hace una montaña esa nueva etapa de su vida impuesta por su pareja y a su depresión se une una grave enfermedad para cuyo final empieza a prepararse despidiéndose de sus seres queridos y replanteándose lo que le queda de vida.

Tres adioses es una pieza de cámara exquisitamente rodada por la directora catalana que tan bien se desenvuelve en dramas intimistas. La película avanza entre largas secuencias dialogadas y flash backs rodados con cámara inquieta que simulan el video doméstico. A veces la cámara se detiene en el paisaje urbano, en las aguas del río, en la lluvia que cae. Sobre Alba Rohwacher, la protagonista, recae buena parte de la responsabilidad de que la película llegue a buen fin, porque ella está presente en cada uno de sus planos, su rostro, en primerísimos planos, es el mapa narrativo de la película. Su personaje pedalea con furia siguiendo el curso del río Tiber cuando su doctora (Sarita Choudhury) le dice que su diagnóstico no es bueno y la enfermedad avanza, y Marta, en su canto del cisne, invita al enamorado profesor Agostino (Francesco Carril, el único español del reparto) a su casa, le ofrece pasta a la Marta, el plato que su pareja prometió incorporar a la carta del restaurante, y le anima a besarla.

Hay secuencias desgarradoras que tocan el nervio sensible: el reencuentro, tras meses de separación, de la pareja a orillas del Arno en el que Marta le comunica que ahora es ella la que lo deja, en todos los sentidos, y ambos lloran abrazados en un excelente plano cenital punteado por una banda sonora exquisita; una reseña positiva post mortem del restaurante.  Coixet arriesga metiendo en escena un cantante coreano troquelado que se lleva la mujer separada a su casa y con quien habla para combatir su soledad y le impele a aprender ese idioma. Podría ser grotesco ese recurso de Marta hablando con quien no puede responderle, pero no lo es. La fotografía de cartón tendrá su propio papel al final de la película, cuando transmute.

Se abre y se cierra Tres adioses con el vuelo acrobático de los estorninos sobre el cielo de una Roma retratada con la mirada poética de esta directora que ha dirigido una hermosa película sobre el adiós. Coixet en estado puro, pletórica de sensibilidad y que conecta con el espectador en una historia conmovedora, cercana y universal.