Por Jesús Cárdenas.

El manuscrito Koyagire, rescatado ahora en una edición que es a la vez celebración y acto de amor, se abre ante nosotros como umbral hacia una sensibilidad en la que escribir equivale a danzar y la tinta se convierte en respiración. Juan Antonio Yepes Andrés, al frente del proyecto en Satori Ediciones, ha compuesto una experiencia estética donde palabra, trazo e imagen dialogan con una armonía poco frecuente en el panorama editorial contemporáneo.

Adentrarse en Koyagire es entrar en el corazón de la cultura japonesa de la era Heian, allí donde la poesía y la caligrafía eran manifestaciones de un mismo pulso espiritual. Este manuscrito, considerado «de extraordinaria importancia en la historia de la escritura y la literatura japonesas», nace bajo el patrocinio del emperador Daigo, quien encargó su elaboración a cuatro de los grandes poetas del momento: Ki no Tomonori, Ki no Tsurayuki, Ōshikōchi no Mitsune y Mibu no Tadamine. No es un dato menor: que un emperador promoviera una obra de estas características revela hasta qué punto el arte era concebido como forma de eternidad, como archivo sensible de una civilización.

Pero si su origen imperial lo reviste de autoridad, lo que verdaderamente lo eleva es su deslumbrante maestría caligráfica. El estilo kana renmen, del que el manuscrito constituye una de sus cumbres, alcanza aquí una plenitud difícil de igualar. Se trata de una escritura en la que los caracteres se enlazan con fluidez casi musical, creando una continuidad que obliga al ojo a deslizarse con la misma cadencia con la que se desliza el pincel. La especialista Madoka Kubota, responsable de la reinterpretación caligráfica para esta edición, ha ejecutado una recreación respetuosa y vibrante, capaz de trasladar al lector actual la energía contenida en los trazos originales.

En Koyagire, la caligrafía es el cuerpo visible del poema. Cada verso respira. Cada degradación de la tinta —del negro intenso al gris que se desvanece— parece narrar una historia paralela sobre la fugacidad y el tiempo. La escritura fluye sin aspavientos, con una elegancia que rehúye el exceso y que, precisamente por ello, alcanza una profundidad conmovedora. El trazo se afina, se curva, se estira, y en ese gesto late una concepción del mundo donde forma y contenido resultan inseparables.

La hipótesis de que en el manuscrito confluyen tres estilos distintos —«como si tres calígrafos se hubiesen repartido los veinte tomos»— añade una dimensión fascinante. Incluso si respondiera a variaciones dentro de una misma mano, la diversidad estilística sugiere una riqueza expresiva extraordinaria. El llamado «primer estilo», considerado el más refinado, destaca por esa sutil gradación de la tinta que convierte cada palabra en un pequeño acontecimiento visual. Hay en ello una conciencia aguda de la impermanencia: el trazo nace oscuro, pleno, y se disuelve hacia la claridad, como si anticipara su propia desaparición.

La selección de veinticinco poemas pertenecientes al primer estilo constituye el núcleo de esta publicación. La propuesta editorial es ambiciosa y elegante: junto a la recreación caligráfica de Kubota se ofrece la traducción de los poemas y una cuidada selección de imágenes procedentes de un álbum del siglo XIX, atribuido a un discípulo de Yoshimura Kōkei. La conjunción de la caligrafía Heian con dibujos de la era Edo genera un diálogo intertemporal de gran sutileza. No se trata de ilustraciones decorativas, sino de resonancias visuales que amplían la experiencia del lector, creando un espacio donde distintas capas de la tradición japonesa se superponen sin estridencias.

El resultado es un libro de una belleza que invita al deleite lento. En tiempos de lectura acelerada y consumo inmediato, Koyagire exige pausa, atención, casi silencio. Cada página reclama ser contemplada antes que descifrada. La armonía entre palabra e imagen, entre ritmo poético y ritmo gráfico, produce una experiencia cercana a la meditación. Aquí la belleza opera como vía de conocimiento. La contemplación se convierte en un acto casi subversivo.

La inclusión de los poemas tanto en japonés como en romaji amplía el horizonte de lectores. Permite al estudioso aproximarse a la musicalidad original y al lector no especializado percibir la textura sonora de los versos. Esta apertura, unida a la exquisita factura material del volumen, confirma que estamos ante una obra concebida para ser vivida.

En definitiva, Koyagire es más que un manuscrito antiguo: es una lección sobre la persistencia del arte. Nos recuerda que lo efímero puede alcanzar una intensidad que desafía los siglos, que un trazo de tinta puede contener una concepción entera del mundo. Juan Antonio Yepes Andrés y Satori Ediciones han logrado que ese eco remoto resuene con nitidez contemporánea. El libro se convierte así en remanso y en invitación: a detenernos, a mirar, a escuchar cómo la tinta todavía habla.

Koyagire. Poesía de tiempos antiguos.
Caligrafía, traducción y selección de Madoka Kubota.
Edición y epílogo: Juan Antonio Yepes Andrés.
Satori ediciones. Asturias, 2025.