Por Concha Fernández.

¿Segundo poemario de una trilogía?

El primer poemario de Marta Mera (Sevilla, 1983), con el acertado título de Tormenta, publicado en diciembre de 2024, nos sacude, con un dinamismo que no decae de principio a fin, al presentarnos la vida como un oleaje que trae y lleva, aleja y acerca, temas como la soledad, la ansiedad, los miedos, el paso del tiempo o el amor real. Lleno de evocaciones al mar (peces, barcas, olas, arena, marea, árboles que lloran por el mar, navegar…), la autora se asienta, sin embargo, en la tierra, consciente de que las estaciones rigen nuestras vidas y calibran nuestras emociones, como bien se deduce del poema «Primavera». El escritor Jorge Rico ha encontrado en la obra de Mera conexiones con la poesía emocional de Silvia Plath y con su uso de elementos de la naturaleza, sin poder evitar también el recuerdo del gran Joan Margarit en sus pormenores cotidianos.Siempre los poemas nos evocan otros poemas y sucede también, en el caso de la Tormenta de Marta Mera, que asoman toques de la poesía surrealista en ese modo de proceder a base de expresiones espontáneas, diría casi automáticas, de su pensamiento, entremezclando sueños y realidades, y con combinaciones inesperadas de objetos, animales o figuras, como esos «Ratones» que beben uvas y bailan en las barricas.

Buena parte de las derivaciones metafóricas de Tormenta persiste en este segundo poemario, De la culpa a la risa, sin que falte el mar y todos sus elementos, o nos sorprenda, por su poder plástico y evocador, la imagen de la vida como arena que se escurre.

Como la propia autora reveló el día de la presentación (Espacio Colombre, 24 de enero de 2026), el primero de los poemas sirve de enlace entre uno y otro libro, y no solo por el ingenioso juego de palabras entre «Tormenta» y «Atormentada», sino por la presencia y necesidad del mar como medio de supervivencia. Sin embargo, más allá de esas conexiones innegables, es el segundo de los poemas, «Prellanto», el que actúa de auténtica bisagra entre los dos volúmenes, hasta el punto de que podría llegar a funcionar a modo de prólogo -poético- de la autora. De nuevo la tormenta, ahora causante del llanto, desde el que, tras explosiones, oleajes y rayos, parece anunciarse la risa, la nueva sensación que nos traerán los poemas finales: «porque en el llanto / encontramos la sal / que curará la herida».

Pero el camino hacia la risa es lento, pesado, como muestran muy bien esos adoquines («Caminaba») que los lectores sentimos caer sobre nuestros hombros, culpables de la parálisis, de la rutina: «Adoquines de una vida / que pesaban como rocas»; o de esa alarmante oscuridad que nos transmite «El bosque»: «Un bosque que en las noches / nos impide ver la luz».

La primera parte del poemario transcurre de noche, una noche, real o metafórica, en la que siempre es invierno y que nos ofrece pocas alternativas, solo dos (que resultan ser ninguna) estratégicamente enfrentadas en las páginas 26 y 27: «Huir» o «Protegerse [bajo] sábanas de oscuridad».

Pero «Termina el año», con más luces que sombras, y asoman por fin la risa, el color, los amaneceres («Líneas»), con poemas muy significativos para esta transición anunciada desde el título; como sucede con «Escombros» y esa plasticidad casi cinematográfica de abrir ventanas y descorrer cortinas; o con «Sentidos», ese poema musical cuyas palabras flotan en espumas de cerveza o de mar. Y renace el valor de las pequeñas cosas, de lo doméstico, de la familia, de los olores que nos salvan («Sanarme») y del «Hogar» que nos acoge.

Y así hasta el último poema, «Imagina», donde la autora, por fin, se ha colmado de mar, cumpliéndose el deseo con el que se abría este segundo libro:

«Dirán que nunca fui feliz en ese río / porque era el mar lo que necesitaba».

La mente queda abierta a la luz, y este final, también abierto y luminoso, anuncia tal vez ese tercer poemario, para cerrar esta Trilogía del Mar, que ya estamos esperando.

 

Sevilla, febrero de 2026