Por Jesús Cárdenas.

Soles de medianoche, el último libro de poemas de Mónica Doña, galardonado con el I Premio Internacional de Poesía Gonzalo de Berceo y publicado por Renacimiento, constituye una honda indagación en las zonas de sombra del sujeto contemporáneo. Desde su título —paradoja que enlaza claridad y oscuridad en una misma imagen— el volumen propone una poética de la tensión. Se trata de una noche que intensifica la luz y la carga de interrogantes existenciales. Esa fricción resuena en clave ética, anclada en el compromiso del ser humano con sus derechos y deberes. La obra invita a adentrarse en el claroscuro donde la condición humana se revela en toda su complejidad.

Tras el trayecto que incluye Nueve lunas, La cuadratura del plato, Adiós al mañana, ¿Quién teme a Thelma & Louise?, Mundo fantasma y Oscura hierba, la poeta jienense, afincada en Granada, regresa con la audacia introspectiva de Soles de medianoche. El libro se articula en cuatro secciones —«Humano y feroz», «Lo invisible», «Noctámbula» y «Soles de medianoche»— que conforman un organismo coherente y trazan un itinerario de revelación. Las tres primeras guardan una extensión semejante; la última, más concentrada, actúa como núcleo simbólico donde confluyen y se tensan los motivos anteriores.

En «Humano y feroz», Doña explora la raíz instintiva del ser. Los animales —araña, osa, rana, reses, golondrina— encarnan una humanidad que a menudo falta en los hombres. Lo humano aparece como pugna entre impulso y cultura. La ferocidad emerge como energía subterránea que cuestiona convenciones y empuja a la introspección. El lenguaje, contenido y preciso, cincela imágenes afiladas sin ornamento superfluo. La poeta asume que la razón poética no rehúye el caos, sino que lo atraviesa para hallar una verdad incómoda y fecunda, lo que la aproxima a María Zambrano. En esta primera sección, las transiciones se entrelazan con naturalidad, fundiendo sentidos y sensaciones. «Licencia para matar» se abre y se cierra con «Nos han dejado solos», y culmina en una crítica feroz: «como un dios insaciable / que nos pide monedas a cambio de licencias / para poder matarnos los unos a los otros». El poema desnuda la pulsión autodestructiva de la especie. En «¿Quién domestica a quién?», tras «Nadie ejerció violencia», la perspectiva se invierte, transformando los valores: «Es la supervivencia quien hermana / y reparte trabajos necesarios / según la habilidad de cada cual». La verdadera fuerza radica en la adaptación y la colaboración. «No le regales flores» destila amarga ternura: «Ella ahora es lo mismo que un animal doméstico / dócil y temeroso / que sólo alcanza a ver la oscura zarpa / de quien le acerca un ramo de belleza». Este verso final, lleno de una belleza desoladora, cifra la domesticación del espíritu y la sutil violencia disfrazada de ofrenda.

La sección nuclear, «Lo invisible», desplaza el foco de atención hacia lo que escapa a la percepción inmediata. La poeta invita a internarse en una hondura donde lo esencial no se deja apresar por lo visible. La realidad no se agota en lo tangible; existe un espesor que exige otra mirada. La escritura se vuelve reflexiva, atenta a fisuras e intersticios, y formula preguntas decisivas: ¿qué sostiene lo que vemos?, ¿qué queda fuera de nuestro encuadre? En ese límite donde la palabra intenta nombrar lo innombrable, la poesía de Doña podría vincularse con la sutileza de Clara Janés o, incluso, con la profunda mística de San Juan de la Cruz, pues nos acerca a ese límite esquivo de la inefabilidad del lenguaje, donde la palabra intenta nombrar lo innombrable, y en ese intento se gesta la lírica más pura. El poema «Y habló la rosa», una de las composiciones sobresalientes de esta docena, condensa esta tensión con una advertencia luminosa y a la vez punzante: «Pero no confiéis demasiado. / Sabed que la belleza debe ser protegida. / Por eso tengo espinas al acecho». La rosa, vulnerable y firme, custodia su esencia. Asimismo, «La música» nos ofrece una conclusión que se eleva a la categoría de revelación: «Quien necesite un dios ya lo ha encontrado: / su invisibilidad es su poder / sobre cualquier espacio y cualquier tiempo». La música se transforma, por tanto, en un milagro inmanente, una divinidad accesible que trasciende lo material. No podemos dejar de mencionar otra de las composiciones sobresalientes del libro, «Carta a Cupido (amor ciego)», cuyos versos iniciales evocan la necesidad de una comunicación más allá de lo evidente: «Para hablarte y a veces escribirte, / no tuve más remedio / que aprender el lenguaje de los ciegos». Este comienzo nos sumerge en la ceguera del amor, para culminar con un verso sentencioso y conmovedor, que admite la vulnerabilidad de la condición humana en su eterna búsqueda del amor: «La entera humanidad te compadezca».

«Noctámbula» intensifica la experiencia de la noche, entendida como un espacio de revelación y, paradójicamente, de abandono. Lejos de la idealización romántica que la tradición ha prodigado a la noche —pensemos en la obra de Novalis, por ejemplo—, Doña la presenta como un escenario de intemperie, donde el alma se expone sin artificios. En este ámbito de sombras y claroscuros, la voz poética adquiere la dimensión de un sujeto escindido, consciente de su propia fragilidad y de su exposición a una realidad que se resiste a ser comprendida por completo. Así, en «Evocación», el yo lírico concluye con versos que hablan de una transformación y un encuentro consigo mismo: «Nace un mundo invisible cuando nace / el sonoro estallido que me envuelve / y me lleva en volandas hacia mí». Es un renacer en la inmensidad de la noche. Y esta sección también se abre a la lucidez, una luz que brota de la oscuridad, como ocurre en el poema «Irse»: «Empieza a oscurecer, cierra los ojos, / y en un acceso lúdico decide». Esta lucidez, a menudo envuelta en un tono metapoético, llega a conmovernos, en versos que revelan la conciencia de la poeta sobre la naturaleza efímera y trascendente de su propia creación, así en «Luz restante»: «Yo nací en el ocaso del poema / con la luz siempre a punto de extinguirse».

La sección final, «Soles de medianoche», condensa y resignifica el conjunto. La poderosa imagen del sol en plena noche remite a una iluminación paradójica, a una claridad que no disipa la sombra, sino que, en un giro sorprendente, la vuelve aún más intensa y profunda. Podría leerse aquí una sutil huella heideggeriana: la verdad como un desvelarse constante que nunca llega a ser completo. Los cuatro poemas finales poseen un carácter casi testamentario, de clausura y a la vez de apertura a nuevas interpretaciones. Entre ellos, «Doble vida», que destaca por su amplitud, por su capacidad de integrar los motivos previos —la escisión del yo, la tensión incesante entre lo visible y lo oculto, la ferocidad íntima y la búsqueda de la lírica introspectiva— en una reflexión mucho más compleja y honda sobre la identidad misma. «Creedme si hoy os digo que cuento con dos vidas / y a las dos necesito», son los versos iniciales que nos sumergen en esta dualidad esencial. «Doble vida» da sentido a todo el conjunto. En él, la autora articula una conciencia desdoblada que evoca tanto al sujeto fragmentado de Pessoa como a la exploración interior descarnada de Alejandra Pizarnik. El poema asume esta duplicidad como una condición ineludible del ser: «no tuve más remedio que inventar otra vida / cuando cayó el más tierno de los míos». Es la tensión inherente al vivir, al existir en la complejidad. Y esta misma tensión se proyecta en el empleo del lenguaje, revelando su origen en la dificultad: «Las más justas palabras que jamás pronunciaste / nacen de un desafío / y un dolor inhumano que te obliga / a desvelar verdades y misterios».

Formalmente, el libro apuesta por un verso libre de ritmo endecasilábico subyacente, que confiere a la lectura una musicalidad natural y fluida. La imagen actúa como eje estructural del poema, sosteniendo su arquitectura interna. El lenguaje, sobrio y preciso, arriesga en asociaciones sugerentes. Destacan, así, la depuración expresiva, la potencia de las metáforas visuales, el tono meditativo, la cadencia envolvente y una intensidad contenida que nunca pierde hondura.

En conjunto, Soles de medianoche ofrece una propuesta sólida dentro del panorama poético actual. Doña construye un libro orgánico donde cada parte dialoga con las demás y la última irradia sentido. En la tensión —entre lo humano y lo feroz, lo visible y lo oculto, la noche y su sol imposible— reside la fuerza crítica y sugestiva de un poemario que confirma la madurez de su autora.