JOSÉ LUIS MUÑOZ
El director de La doncella y Old Boy, el surcoreano Park Chan-wook (Seúl, 1963), adapta la novela negra del norteamericano Donald Westlake The Axe (El hacha) que, a su vez, había llevado al cine el griego Costantin Costa-Gavras (a quien va dedicado el film), en Arcadia (2005). No hay otra opción es un proyecto que el surcoreano llevaba madurando durante más de veinte años y que por fin pudo exhibir en el pasado festival de Venecia.
La película nos sitúa en la Corea del Sur actual, en una colosal empresa papelera llamada Moon Paper en la que se produce un reajuste laboral (el papel tiene los días contados; las cartas se han convertido en emails) a resultas del cual el empleado especializado Yo Man-soo (Lee Byung-hun), que llevaba veinticinco años trabajando allí, es despedido. Cuando busca desesperadamente empleo durante un año, enviando toda clase de currículos sin resultados positivos, idea la readmisión en la empresa de la que ha sido despedido y no se le ocurrirá otra forma de competir por el puesto que eliminando a los posibles candidatos.
La última película de Park Chan-wook peca de histrionismo, de un metraje desmesurado, más de dos horas, y secuencias forzadas que se alargan innecesariamente lo que hace que el ritmo se resienta. No hay otra opción gira bruscamente de género, de la comedia familiar en sus primeros minutos describiendo a esa familia feliz que tiene una lujosa casa, dos hijos, dos perros, una parcela en donde hacer barbacoas de cerdo y un moderno coche, el apego por lo material, al drama social y al filme noir cuando el protagonista pierde el trabajo, tiene que poner su casa en venta, cambiar de coche, llevar a sus hijos a un colegio más modesto y vivir del trabajo de su mujer. No hay otra opción esgrime un dudoso mensaje moral cuando la esposa Yoo Mi-ri (Son Ye-jin) no quiere quedar al margen en esa cruzada de la eliminación de la competencia que ha emprendido su marido por el bien de la familia y por conservar su estatus social y económico: la familia que mata unida, permanece unida.
Es difícil conectar con el humor negro y el sarcasmo del realizador coreano y resulta molesto el histriónico actor principal y su interpretación siempre forzada y gran guiñolesca. Hay exceso de ruido en algunas escenas, en la de ese chusco tiroteo cuando el protagonista quiere acabar con uno de sus rivales, un dipsómano haragán, la música del tocadiscos de la casa adquiere un volumen excesivo y se entremete su mujer empeorando las cosas. No se entra en la película hasta pasada casi una hora de asistir a escenas absurdas fuera de contexto que nada aportan a la trama principal (los paseos por el monte en busca de setas; la mordedura de la serpiente, por citar algunas) y parecen exclusivamente ideadas para el lucimiento personal del director y sus atrevidos planos creativos, fruto de su peculiar concepción visual (el alcohol pasando al gaznate del bebedor en un primerísimo plano). Llama la atención las escenas alcohólicas, como en todos los filmes made in Corea: esa borrachera épica inducida por el desesperado desempleado que acaba de mala manera con la vida de Choi Seon-chul (Park Hee-son) en una de las secuencias más sádicas del film cuando lo entierra vivo.
No hay otra opción es un thriller grotesco que exhibe un perverso sentido del humor cercano al de Parásitos de Bong Jong-hoo a pesar de las distancias, a favor del segundo, que separan ambos films. La sociedad y el consumismo impelen al delito en familia (los hijos pequeños también se convierten en cómplices de los actos de su padre y terminan aceptándolo por su bienestar económico). Lo inquietante del film de Park Chan-wook es la psicopatía de ese grupo familiar que ve con buenos ojos la eliminación de los competidores. El protagonista asesino, y chapucero, (a una de sus víctimas la empaqueta minuciosamente, reduciéndolo, como si fuera uno de los bonsáis de su invernadero, para luego enterrarlo en el jardín y plantar un árbol encima) recuerda a los de Fargo de los hermanos Coen.
Tras demasiados bandazos genéricos y extravagancias varias, la película adquiere cierta consistencia casi cuando termina y el espectador es consciente de la carga de profundidad que conlleva: pisar, y hasta eliminar físicamente al rival, se justifica en aras de obtener un empleo en un sistema competitivo salvaje en donde el elemento humano acaba siendo prescindible, y ahí está Man-soo en su automatizada fábrica de papel y sus enormes maquinarias que funciona sin más empleado que él, con el que Park Chan-wook cierra su larguísima y fallida alegoría anticapitalista.

