Por Jesús Cárdenas.

En un panorama poético donde con frecuencia la forma suplanta al fondo —o el fondo se diluye en artificio—, Hacerse mundo (eolas ediciones) irrumpe como una propuesta radical y, a la vez, hondamente humana y cercana. Isabel González Gil (Salamanca, 1982) escribe desde la intemperie: su libro es una inmersión en la materia misma de lo real, considerada como riesgo y como herida. En estas páginas subyace un acto de desafío: despojar al lenguaje de sus consuelos para habilitarlo a rozar lo inexpresable.

El umbral de este poemario es una clave de lectura. La cita de Tatsumi Hijikata —«es en la tierra que yo danzo»— pone al cuerpo en contacto directo con lo telúrico. Danzar en la tierra implica aceptar la vulnerabilidad, desoír la domesticación cultural, regresar a un estado previo al concepto. La poesía se encarna, late, se ensucia: no describe el mundo, lo pisa. La verdadera bóveda del libro radica en la segunda cita, tomada de Hugo von Hofmannsthal: «una lengua en la que hablan las cosas mudas». Asimismo, González Gil pretende desterrar al sujeto poético para que la materia respire en el poema, de esta manera el lenguaje ya no es un instrumento de poder sino un depósito. Efectivamente, ese desplazamiento —casi místico— subvierte la jerarquía tradicional: la poeta se limita a escuchar. El poema deja que lo innombrable roce la palabra.

Ya desde el título Hacerse mundo enuncia un programa de transformación: disolver una identidad. Es el proceso, la inacabada metamorfosis. Difuminarse el sujeto lírico para devenir tránsito, materia oscura, superficie vulnerable. Por eso la coherencia de su apuesta formal, tan próxima al proceder vanguardista: falta de mayúsculas, puntuación mínima, cortes abruptos, disposición de espacios … El verso queda como superficie herida. Al cabo, la forma es consciencia: si las cosas mudas han de hablar, necesitan de una sintaxis que no encierre su temblor.

El libro se dispone en once secciones que funcionan como estaciones de un itinerario interior. La brevedad de «fairy tales» contrasta con la expansión de «materia oscura»; la arquitectura desigual responde a un mismo aliento orgánico. Cada composición respira con intensidad particular, aunque todas participan de una misma corriente subterránea: la búsqueda de un origen anterior al lenguaje domesticado, lo que recuerda, en parte, la poética de Octavio Paz.

En «desandar», el regreso a «lo anfibio y la piedra» propone una poética de lo primigenio. «Desandar la forma» y «desmedir palabras» implica vaciar el idioma para refundarlo. Los versos «no tengo corazón / he soñado que dejaron en el hueco una piedra de / otro mundo» niegan la identidad sentimental para abrazar una sustancia mineral, cósmica. Es un acto de resistencia.

La herida, entonces, se convierte en eje simbólico. En «nuestra boca común», escribir consiste en «extender la herida hasta que en la abertura / quepa el mundo». La hendidura se corresponde con el umbral. El chacal que merodea, y los reptiles que asoman sitúan la conciencia en una prehistoria del deseo y la amenaza. Nombrar es exponerse; pero también es abrir un espacio donde lo vasto pueda entrar.

La metamorfosis va atravesando en la composición «de oruga a ala», donde la memoria de la «niña sin contorno» manifiesta una identidad parcelada e irreductible: «echo de menos a la niña sin contorno // era toda de carne y estaba desdibujada». El miedo a la palabra —«¿de qué fosa común / brota este pavor / y resistencia a la palabras»— sugiere un trauma desbordante que imposibilita articular lo individual: hay una memoria subterránea que busca, con otro ritmo, una forma de comunicación más allá de la cronología.

En «fairy tales», la reescritura del cuento despoja a la infancia de su refugio: «quién los protegerá de una historia sin finales / quién vela en sueños la orfandad del mundo». Cuando el relato ya no ampara, solo queda la intemperie, lo que evoca los versos de la Pizarnik. El libro inquiere por lo que nos protegerá al derrumbarse los discursos.

Esa intemperie se intensifica en «materia oscura» y en «¿por qué no debo de comer del mundo?». El hambre adopta dimensiones místicas: «el hambre tiene / las dimensiones de la falta / se puebla de pájaros en los acantilados». El deseo es carencia y vértigo. «Hay una hora / el mar bate contra las palabras escudo / y naces de ti»: el lenguaje es sacudido por una fuerza superior. Romper o devorar al otro —«romper al otro / para no ver / tu imagen // comerte al otro / para adquirir cuerpo»— revela una ontología del vacío compartido. La fusión es aplastamiento y acto de renacer.

Uno de los núcleos más lúcidos aparece en «el poema es un animal». «Callamos / nos habíamos roto»: la fractura del lenguaje se asume sin ornamento. Y también «es un animal fabuloso / es una corteza / y un mordisco». Solo cabe en él «un animal herido». La escritura se reconoce vulnerable, pero también instintiva, capaz de morder.

En la composición que da título al libro, el tiempo despierta «otro mapa en la piel». La piel es superficie donde la palabra encuentra su lugar. Llegamos a versos clave: «¿será leísta la sustancia de los días? / acabarse / hacerse mundo»: la identidad se consuma en su propia disolución, de ahí que quede solo tránsito.

El recorrido culmina en «entre dos», espacio liminar donde el ser se sitúa «a mitad de camino / con el árbol / con el pez». Crecen «escamas nuevas en un lado de la cara»: la metamorfosis ya no es metáfora, sino condición. La voz cede «unas sílabas / para buscar ese tercer reino». Ese tercer reino es umbral violento, lugar donde las dualidades se tensan y se abren.

Por último, en diálogo con cuerpo en sombra (Verbum, 2018), libro anterior, con el que obtuvo el X Premio Internacional de Poesía «Gastón Baquero», la radicalidad fragmentaria de Hacerse mundo se acentúa. Si antes la sombra cobijaba al cuerpo, ahora el cuerpo se descompone en partículas verbales. El poema abandona la imagen pulcra y se adentra en la fisura, el balbuceo, la interrogante. Isabel González Gil consolida así una voz que arriesga y se entrega a la materia hasta confundirse con ella. Su poesía abre, hiere, interroga. Hacerse mundo es una experiencia de desposesión. En esa intemperie formal y simbólica radica su fuerza. Algo en el lector también empieza, inevitablemente, a hacerse mundo.