FALLO DEL JURADO
XXI CERTAMEN DE RELATO Dónde está la Navidad
Reunidos en Madrid los miembros del jurado, Dña. María Victoria Antón, D. Guillermo Gutiérrez, D. Juan José Fernández, Dña. Carola Aikin y Dña. María Luisa Cortés, tras la lectura y deliberación de los relatos presentados al XXI Certamen de Relato “Dónde está la Navidad”, acuerdan otorgar las siguientes distinciones:
El jurado concede tres menciones orales, en reconocimiento a su calidad literaria, sensibilidad y originalidad, a los cuentos:
— El valle de la Brañeda, de_MANUEL POZO
El valle de La Brañeda
Nadie en el valle de La Brañeda olvidará lo que sucedió una Nochebuena no muy lejana en el tiempo. Había una residencia de mayores situada en una ladera que extendía sus prados hasta un lago de aguas tranquilas y transparentes, un entorno idílico para pasar los últimos años de la vida si no hubiera sido porque el director era un déspota al que todos obedecían con temor. Hasta que llegó Agustina.
Fue el miedo a la soledad lo que llevó a Agustina hasta su nuevo hogar. Se casó muy joven y no tuvo hijos. Cuando su marido murió ella tendría cerca de 80 años y pensó que La Brañeda, el valle que la vio nacer, sería un buen destino, un buen último destino. Agustina guardaba gran parte del carácter y la energía de la juventud, que en muchas ocasiones de su vida había empleado en luchas sindicales, así que cuando llegó a la residencia empezó a discutir las normas existentes. Las visitas solo estaban autorizadas hasta las seis y media. La cena se servía a las siete, y a partir de ese momento ya no se permitía ver la televisión, ni siquiera en las habitaciones. La misa era obligatoria los domingos y fiestas de guardar, en la cafetería solo se podía pagar con tarjeta de crédito, para controlar mejor el gasto, decían, y para salir de la residencia, aunque fuera simplemente a pasear, era preciso solicitar un permiso especial al menos 48 horas antes.
Y a Agustina todas esas normas la ponían de muy mala leche.
En la hora del café planteó a sus compañeros que el tiempo de las visitas podría ampliarse, ya que muchos familiares salían tarde de trabajar y apenas podían pasar tiempo con sus seres queridos; que se pudiera pagar con dinero en efectivo en la cafetería, porque la mayoría no se apañaba con las tarjetas de crédito y las nuevas tecnologías; que dejasen ver la tele después de cenar para que la noche no se hiciese tan larga, y que se pudiera salir a dar un paseo por las orillas del lago sin necesidad de solicitar un permiso dos días antes… pero el director se mantenía inalterable y los ancianos vivían demasiado atemorizados para sumarse a las peticiones de Agustina.
Hasta que alguien donó a la residencia una televisión de pantalla gigante. La tele era tan grande que se veía desde cualquier rincón. La definición era perfecta, los programas del corazón se hacían más divertidos, el sonido era envolvente, se oía desde todos sitios como si uno estuviera pegado al televisor y muchos audífonos fueron devueltos a los cajones de las mesillas de noche.
Con la ilusión de la tele nueva y las reivindicaciones constantes de Agustina, la vida en la residencia empezó a cambiar poco a poco. Muchos residentes veían la televisión después de cenar, otros comenzaron a faltar a la misa de los domingos porque se quedaban viendo las carreras de motos y la mayoría hizo huelga indefinida en la cafetería hasta que les permitiesen pagar con sus monedas. Pero el director cortó de raíz aquellos desmanes, restableció el orden y se marchó de vacaciones el día 20 de diciembre: “Y en Nochebuena se cenará como siempre, a las siete, y después todos a la cama”, dijo con su voz aflautada antes de irse.
Pero no era consciente de los reaños que tenía Agustina, que al día siguiente comenzó a organizar equipos de trabajo: Unos cuantos empezaron a desmontar la residencia, otros a meter los enseres en cajas y un último grupo más numeroso se encargó de plegar el lago por sus cuatro esquinas. Cuando terminaron se trasladaron al valle vecino, más árido que el suyo, pero que ganó en belleza cuando el mismo día 24 por la tarde desplegaron el lago y lo colocaron a los pies de la residencia.
Ya solo faltaba desembalar la última caja, la que contenía la televisión gigante.
La instalaron al fondo del salón, comprobaron que funcionaba, aplaudieron todos con entusiasmo, cenaron con libertad a la hora que les dio la gana y después se pusieron a ver el programa especial de Rafael de todas las Navidades.
Dicen los habitantes de La Brañeda que, desde ese día, cada Nochebuena aparece la figura del director deambulando, solitario, en mitad del cerro descarnado que existe donde estaba antes la residencia, mientras que los ancianos caminan felices con sus familiares junto al lago del valle vecino.
Manuel Pozo Gómez es autor del libro de relatos Violeta sabe a café, (Madrid Sky, ; Cuéntame un gol, cuentos de fútbol y Magerit. Relatos de una ciudad futura y RRetratos HHumanos y RRetos HHumanos y El lado opaco del espejo (Red de Mentoring de España). Ha sido ganador de un buen número de certámenes literarios
— Rituales de MARGARITA DEL BREZO
RITUALES
Hay gente que quema los apuntes en San Juan y gente que se quema la garganta atragantándose con las uvas en Nochevieja. Yo, este año, he decidido quemar puentes. No puentes metafóricos —de esos ya no me quedan—; hablo de los puentes reales que me unen a la civilización. A la civilización y a los grupos de WhatsApp. El de amigos de este año se llama «Nochevieja 2025: ¡Este año sí!». Original, ¿verdad?
El plan es el mismo de los once años anteriores: una casa rural que en las fotos parece el retiro de un poeta maldito y que, en persona, huele a humedad antigua y a rutina rancia. Trece adultos fingiendo que nos caemos bien mientras pelamos uvas y les quitamos las pepitas con la precisión inútil de un neurocirujano desesperado.
—Este año he traído ropa interior roja para todos —anuncia Marta.
Marta lleva tres divorcios y mantiene una fe inquebrantable en que tarde o temprano la industria textil solucionará su vida sentimental.
Me sirvo un vino que podría usarse como desatascador doméstico y le pregunto si el rojo del tanga es para atraer el amor o para que no se note la sangre cuando nos matemos antes de que suenen los cuartos. No se ríe. Nadie se ríe ya de mis chistes desde que dejé de asentir a todo.
A las 11:30 h. el ritual alcanza su punto álgido de estupidez. Santi, que ha descubierto el mindfulness a los cuarenta y cinco, propone que escribamos en un papelito «lo que queremos dejar atrás».
—Escribid aquello que os pesa —dice con esa voz de locutor nocturno que usa cuando quiere impresionar a las chicas—, aquello que os impide ser vuestra mejor versión.
Cojo el papel. Miro a Santi, con su jersey de renos y su optimismo fosforescente. Miro a Marta, rebuscando en el bolso algún anillo para meterlo en la copa de cava, convencida de que los metales preciosos atraerán la riqueza que su sueldo de administrativa le niega. Miro la televisión, donde una presentadora vestida de burbuja de champán nos asegura que el 2026 va a ser «nuestro año». Si es nuestro, me pregunto, qué pasa con los demás.
Escribo una sola palabra en mi papel: «VOSOTROS».
Doblo el papel con cuidado, casi con educación, como lo haría con una nota de despedida. Cuando llega el momento de arrojarlos a la chimenea encendida, espero a que estén todos ocupados abrazándose y deseándose felicidades y futuros impecables. Lanzo el mío. La llama lo devora. Aprovecho el ruido de los petardos que alguien tira en la calle para salir a la terraza.
Hace un frío de justicia, de esos que te recuerdan que estás viva porque te duele la cara. Me quedo allí, sola, escuchando los gritos de júbilo que llegan desde el salón. Hace algún tiempo también yo gritaba con esa placidez, con esa inconsciencia. Ya son las 00:10 h. El 2026 acaba de llegar y, por lo que puedo oír, parece que sigue siendo igual de insustancial y ruidoso que el anterior.
Bajo los escalones de la entrada sin hacer ruido. Mi coche es el único que no está bloqueado. Arranco. En la radio suena un anuncio de colchones. Sonrío. No hay nada más honesto que un colchón: promete descanso, no felicidad eterna.
Mañana, cuando se despierten, dirán que siempre he sido rara. Que soy huraña. Difícil. Yo, mientras tanto, estaré desayunando churros en cualquier bar de carretera, disfrutando de la maravillosa e irónica soledad de quien ya no espera que ni doce uvas ni un grupo de WhatsApp le salven la vida.
Al fin y al cabo, el mejor ritual de Año Nuevo no es entrar con el pie derecho, sino saber cuándo salir corriendo con los dos.
Margarita del Brezo es psicóloga de profesión y por devoción. A ratos, cuentista. Siempre aprendiz. Tengo los pies fríos, la imaginación escurridiza y un humor ambidiestro e inestable. Me gusta leer las líneas de la mano, estar en las nubes y hacer solitarios con las cartas que no escribí. Autora del libro de microrrelatos «Un bocado y medio». Puedes leer mis pequeñas historias en el blog www.escribirsobrelapuntadelai.es
— Luces de MAYTE BLASCO
LUCES
La reunión extraordinaria del Pleno no tenía nada que ver con las subvenciones para la vendimia. Tampoco con la reconstrucción del Puente del Corzo, derribado por un rayo en la última tormenta. José Antonio nos convocó a todos en reunión extraordinaria para hablar de las lucecitas. Las jodidas bombillas navideñas, eso es lo único que le importaba al alcalde. Que el presupuesto no daba, dijo descompuesto, la frente brillante de transpiración, las cejas gesticulantes sobre unos ojos miopes. Que con el dinero disponible solo alcanzaba para quince mil bombillas y él había prometido que la iluminación navideña de este año alcanzaría las veinte mil.
-José Antonio, son solo cinco mil bombillas menos. La gente no lo va a notar, no se van a poner a contarlas -dijo la concejala de Cultura. A ella llevaban recortándole el presupuesto desde tiempos inmemoriales. De hecho, la encargada de la biblioteca no había podido comprar un solo libro desde la pandemia. La biblioteca se nutría de donativos, ejemplares llenos de polvo y páginas amarillentas que la gente donaba cuando moría algún viejo y los herederos limpiaban la casa.
-Yo prometí que veinte mil y serán veinte mil –gritó José Antonio.
El problema era de dónde sacar el dinero. Finalmente, se decidió emplear el presupuesto inicialmente destinado al contrato de reposición de farolas de la Plaza Mayor.
-Total, las dos cosas son iluminación, ¿no? Aquí no se está cometiendo ninguna malversación de fondos –argumentó el alcalde.
Así que, este año, el pueblo está decorado con angelitos, renos y papanoeles refulgentes que, juntos, suman un total de veinte mil bombillas.
Paseo por la Calle Mayor y veo a los vecinos del municipio haciendo sus compras. No puedo evitar contar lucecitas cuando las veo. Una, dos, diez, veinte, cincuenta… En el quiosco de la plaza compro un periódico. Leo los titulares bajo la luz cochambrosa de las farolas que ya no podremos reemplazar: la corrupción de siempre, la inflación de siempre, las luchas políticas de siempre. La noticia sobre ese genocidio en Oriente Medio me repugna con una espeluznante coincidencia matemática: veinte mil niños muertos durante el conflicto.
Algunos vecinos me paran. “Concejal, concejal”, me dicen. Me preguntan por las subvenciones para la vendimia de las que aún no sabemos nada. Me preguntan por la reconstrucción del Puente del Corzo. Una señora me dice que la iluminación navideña de este año ha quedado preciosa. Sonrío con una mueca espontánea. Le digo que el pueblo está iluminado este año con veinte mil bombillas. La señora gesticula con la mano; su cara achicada por una gran bufanda expresa satisfacción. Estoy a punto de decirle que hemos puesto tantas bombillas como niños muertos en la guerra, como si cada una de esas luces fuera un recuerdo, un homenaje, un panegírico, pero no, no lo hago.
Camino por la Calle Mayor entre vendimiadores sin subvención y señoras mirando luces con orgullo chovinista. Por encima de mi cabeza sobrevuelan figuritas navideñas torpemente recreadas con bombillas. Una, dos, diez, veinte, cincuenta… Así hasta veinte mil.
Mayte Blasco (Madrid, 1979) es bibliotecaria de profesión. La mayor parte de su trayectoria la ha desarrollado en la Biblioteca Nacional de España. En su faceta de escritora, ha publicado dos novelas: Las vidas que pudimos vivir (2015) y La extrañeza de la lluvia (2021). También es autora de dos libros de cuentos: Jaulas de hormigón (2021), que fue finalista en 2022 del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España y La mejor familia del mundo (2024). Ha obtenido diferentes premios y reconocimientos en concursos de relato y microrrelato (Zenda, Manuel Vázquez Montalbán, Filando Cuentos de Mujer, entre otros).
Tercer puesto, para el relato: Noche de paz de LOLA SANABRIA
NOCHE DE PAZ
Lara hija
Noche cerrada. Cielo raso y negro. Dicen que hace frío. Mucho. Invierno, ¡qué otra cosa se puede esperar! Deben de haber puesto altavoces en el campanario de la iglesia. Llega hasta aquí el traca-traca de villancicos. Los de siempre y los nuevos. De niña, íbamos de puerta en puerta con la botella de anís, la cuchara, la zambomba y la pandereta cantando y pidiendo el aguinaldo. Las manos heladitas moviendo el metal en el cristal, frotando la caña, moviendo los platillos y tamborileando y restregando el pellejo con los dedos. Copita de licor para calentarnos, pintar colores en nuestras mejillas y coger una pequeña cogorza; mantecados, roscos de vino, almendras dulces, garrapiñadas. Tal vez unas perras gordas. Acabábamos en la plaza de la Iglesia. Nos repartíamos lo que nos habían dado. Siempre algo más a Elisa, la del tejar, la que decía mi madre que era pobre de solemnidad, la que remoloneaba antes de volver a su casa donde la esperaba algún sopapo de su padre que siempre andaba dando tumbos, borracho.
Mi madre mataba un pollo del corral y lo cocinaba con una salsa muy espesa con trocitos de almendras. Nos chupábamos los dedos. ¡Qué bueno estaba! Y también las patatas al machacaíllo. Pocos turrones y mantecados llegaban a la mesa. Y a las doce, a la Misa del Gallo.
Agua pasada aquellas Navidades que muchas veces acababan en peleas de adultos en la mesa y rodillas desolladas de niños y niñas que imitaban a los padres a mamporro limpio en la plaza del Ayuntamiento.
Me gustan las noches oscuras. Me gustan las noches de luna llena. Me gusta el silencio. Me gusta el balido de las ovejas. Los cencerros de las vacas. No me gusta el ruido de los coches que pasan cerca. Siempre hubo una carretera ahí. Más bien un camino. No tanto tráfico como hay desde que asfaltaron.
Ahora llegan hijos e hijas de otros lugares al pueblo. Cada vez menos. Pasan del rollo navideño. Así lo llaman: rollo navideño. Se lo oí en una ocasión a mi nieto Santi cuando vino con mi hija Reme a visitarme. Retiró las hojas y la tierra con un cepillo. Cambió las flores secas por unas frescas. Me estuvo contando que iba a vender la casa, que ya no podía mantenerla. Lloró un poco. No ha vuelto. Más tranquilidad.
Acaban de dar las doce campanadas. Se oye un alboroto grande de jóvenes acercándose. Se animan. ¡Vamos, vamos!, gritan. Creo que nos van a hacer una visita. No es uno de noviembre, pero vienen. Debe de ser la moda. Un fastidio.
Van a retrasar nuestra cena. Lo tenemos todo preparado sobre la lápida de la familia Alcantarilla, gente rica que murió de forma estúpida al desplomarse el balcón desde el que veían pasar la procesión de la virgen de los Dolores. Ahora no salen para nada. Lloran todo el rato. Unos pesados. Solo se enfadan y dan porrazos cuando nos oyen arrastrar nuestras viandas y reír a mandíbula batiente. No les gusta que les estropeemos el mármol, protestan. Ya ves, un gusanillo aplastado lo que puede manchar.
Este año tenemos luminosidad extra. Huesos recientes con mucho fósforo. La niña Ángela está con nosotras desde hace un tiempo. Elisa fue de las primeras en ocupar un lugar. Una pulmonía se la llevó aún joven. Yo, en cambio, parecía eterna. Me vine para acá arrugada como una pasa de puro vieja.
No nos gusta hacer estas cosas, pero no queda más remedio. Se lo han buscado. Invaden nuestro espacio. No respetan las fechas. El viejo Ramón, sin la cabeza que le cortó la guadaña cuando segaba trigo, recibirá a la pandilla que ya abre la verja. Una buena representación y saldrán corriendo para el pueblo como almas en pena. A lo mejor hay suerte y, con el susto, cae alguien de infarto y se incorpora a la comunidad. No estaría mal darle un toque fresco a nuestra cena navideña y que la amenizara con las últimas novedades de la vida.
Lola Sanabria es una escritora española nacida en Villanueva del Rey, Córdoba, y residente en Madrid. Se ha especializado en el microrrelato y la narrativa breve, destacando por su atención a los detalles cotidianos y las emociones humanas. Su obra incluye libros como Partículas en suspensión y ha sido reconocida en concursos de relato, como el Premio de Relato Policíaco de la Semana Negra de Gijón. Además de su labor literaria, ha trabajado en ámbitos sociales, lo que también se refleja en su mirada humana y cercana en los textos que escribe.
Segundo puesto, para el relato: El viejo minero de ESTANISLAO PAN
Estanislao nace en Madrid en 1986 bajo la sombra del cometa Halley. Desde muy pequeñito siente un gran interés por contar historias. Después de un paso lejano por el extinto webcomic “Exaltación de lo Improcedente” se ha lanzado a su antigua pasión de escribir relatos breves. Entre sus obras ganadoras o finalistas en los últimos tiempos se encuentran “Los toros del alcalde”, “El premio de tu vida”, “Queremos un pueblo laico” o “La gesta de Sir Alistair”.
Relato ganador del XXI Certamen de Relato “Dónde está la Navidad”, para el relato Juicio de LOURDES ASO
JUICIO
Soy abogado de oficio y a mucha honra. A mi novia le parece un trabajo basura porque no defiendo a grandes personalidades. Hasta hoy, que mis clientes son los Reyes Magos de Oriente. Se les acusa de desorden público, conducción temeraria, allanamiento de moradas y posesión indebida. En este último punto no se aclaran las formalidades técnicas al ser un concepto ambiguo (comer turrón, beberse el vino y dar agua a los camellos no debería tipificarse como robo). Parece decantarse más el asunto al robo de la ingenuidad infantil y la pérdida de ilusión de una forma precipitada. En cualquier caso, los sacos llenos de un suculento botín no van a jugar a su favor.
En la primera toma de contacto he encontrado a mis clientes un poco nerviosos. Me han hablado desde el otro lado de la celda donde el guardia les ha amarrado las muñecas con grilletes. Han apelado, como todos, a su inocencia.
Mi deber es escucharlos hasta saber qué hay de cierto en la lista de imputaciones para buscar un resquicio legal que le dé la vuelta a la tortilla. Eso sin contar que el Juez tenga a bien darle a este caso prioridad en una de esas Vistas rápidas antes de marchar a cenar en Nochebuena.
Al proceso le han dado el número veinticinco doce dos mil veintiséis. Al golpe de martillo nos hemos puesto de pie para recibir a su Señoría. Una vez leídos los cargos, mis clientes se han atusado las barbas y el señor Juez me ha permitido el uso de la palabra.
En mis alegaciones he repetido lo que los Reyes Magos me han ordenado decir. Que no son delincuentes. Que tienen prisa. Y que si se hace de día, ya no podrán hacer nada para que los niños no queden tremendamente decepcionados.
Un desengaño a tan temprana edad hace perder la confianza en el sistema. Y no hay nada peor que caminar por el mundo desorientado.
En la Sala se ha hecho el silencio. El abogado de la acusación es un crack. Jamás ha perdido un juicio. Según él, resulta intolerable que estos señores disfrazados de Reyes se estén aprovechando de la coyuntura de la fiesta. Que bajo su impostura hayan asaltado salones, dormitorios y zapatillas, pues al dar la vuelta a los sacos han aparecido relojes, collares, diademas, monederos y pequeñas huchas con dinero.
Mis clientes permanecen callados y no se defienden ante la acusación. Ni siquiera aparece un rubor o un sonrojo ante el malestar de que los llamen ladrones.
El Juez mira el reloj. Su hijo ha pedido que por favor papá esté en casa por Navidad. Ni un solo juguete, que ya resulta bien extraño.
¿Un juicio a los Reyes Magos? Como no se dé prisa, otra vez que llega tarde.
Temo que mi colega de profesión exija una prueba de fe o desnude a mis clientes con el fin de corroborar su versión.
Escuchadas las partes, todos nos preguntamos porque si los Reyes son Magos, no desaparecen.
Su Señoría nos da la respuesta.
__Que sean ellos los que nos juzguen. Ahora todos somos culpables de truncar la ilusión de la noche más mágica del año”
En los ojos de sus Majestades solo vemos perdón.
Aunque el Juez concluye que el juicio es nulo, nos vamos con cargo de conciencia porque ni la defensa, ni la acusación podrán estar nunca a la altura de Dios.
Tal vez mi novia tiene razón y no sirvo para este oficio.
Acabo de echar el currículum para repartidor de envíos y paquetes, a la espera de que sus Majestades me llamen para la entrevista.
Lourdes Aso Torralba, Castiello de Jaca, Huesca, 1966, cuenta con cerca de quinientos premios y menciones literarias en España, Francia y América Latina, y ha publicado en numerosas antologías colectivas. Entre sus reconocimientos destacan el Premio de Relato Mario Vargas Llosa y diversos certámenes de narrativa y cuentos infantiles.
Entre sus obras publicadas se encuentran Boca de agua y otros relatos (2007), Dragón rojo (2009), Cantavieja (2018), Letras de tinta (2017), Berto el Pensamiento y el Resto (2019) y Del revés (2022).
El jurado desea agradecer la participación de todos los autores y autoras en esta edición.
Y para que así conste, se firma el presente fallo en Madrid, a 20 de febrero de 2026




