Por Paloma Rodera
En tiempos de eslóganes y trincheras, donde la palabra “consentimiento” se repite hasta el desgaste y el debate sobre sexo e igualdad parece condenado a la polarización, La conversación de los sexos, de Manon García, llega como una invitación a detenerse. A pensar. A matizar.
Publicado por Ediciones Akal, el libro no es un manual ni un manifiesto incendiario. Es, más bien, un ensayo que se mueve con soltura entre la filosofía política y la experiencia íntima para preguntarse algo que parece sencillo pero no lo es: ¿qué significa realmente consentir?
García parte de una evidencia: el consentimiento se ha convertido en el eje central de cualquier conversación contemporánea sobre sexualidad. Sin consentimiento no hay legitimidad. Sin consentimiento no hay igualdad. Pero ¿basta con decir “sí” o “no”? ¿Es el consentimiento solo una fórmula jurídica o también una práctica relacional? ¿Cómo influyen las normas sociales, los mandatos de género, el deseo aprendido, en esa supuesta libertad de elección?
Lejos de las simplificaciones, la filósofa propone ampliar el marco. El consentimiento no puede entenderse únicamente como un mecanismo legal que delimita lo permitido de lo punible. Es también —y sobre todo— una conversación continua. Un espacio donde intervienen el poder, la vulnerabilidad, el deseo y la imaginación. En ese territorio, lo íntimo es profundamente político.
Uno de los aciertos del libro es su capacidad para moverse entre tradición y actualidad. García dialoga con la filosofía liberal clásica y con el pensamiento crítico contemporáneo —inevitable aquí la sombra de Michel Foucault— para mostrar que las relaciones sexuales nunca están al margen de las estructuras sociales. El deseo no nace en el vacío: se forma en un contexto cultural que asigna roles, expectativas y jerarquías.
Pero el tono del ensayo no es acusatorio. No hay aquí una condena moral ni un didactismo severo. Lo que encontramos es una apuesta por recuperar la conversación como práctica erótica y ética. No se trata solo de evitar el daño, sino de imaginar relaciones donde la igualdad no sea una abstracción, sino una experiencia compartida. Donde el consentimiento no sea un trámite, sino una forma de reconocimiento mutuo.
En el contexto español reciente, marcado por intensos debates legislativos y culturales en torno a la llamada “ley del solo sí es sí”, el libro adquiere una resonancia particular. García no entra en la polémica coyuntural, pero ofrece herramientas para pensarla con mayor profundidad. Nos recuerda que ninguna ley puede sustituir el trabajo cultural que implica transformar imaginarios, prácticas y expectativas afectivas. La igualdad no se decreta únicamente: se construye en cada conversación íntima.
Quizá el mayor mérito de La conversación de los sexos sea ese: devolver complejidad a una palabra convertida en consigna. Hacer del consentimiento no solo una norma, sino una pregunta abierta. Y recordarnos que, en una época saturada de ruido, tal vez el gesto más radical siga siendo escuchar y conversar.

