Por Jesús Cárdenas.
Nos encontramos ante la figura de Marina Tapia, poeta, artista plástica y divulgadora cultural, nacida en Valparaíso y afincada en Granada, cuya trayectoria se despliega ahora con vocación de conjunto en Mixtura (Averso), que, por cierto, también ilustra de forma radiante la cubierta. La antología reúne diez libros de poemas y dos textos publicados de forma exenta, presentados cronológicamente, y se ofrece al lector como un gran jardín orgánico en el que cada especie conserva su rareza y su estación. La obra de Tapia ha crecido en distintos territorios editoriales —muchos de ellos vinculados a premios municipales y ediciones no venales— que dificultaron su circulación. Resultaba, por tanto, necesario recoger esas flores dispersas y disponerlas en un espacio accesible que permitiera apreciar la continuidad de una voz. Esta compilación salda una deuda con los lectores y afirma, al mismo tiempo, la coherencia de un proyecto poético sostenido: el de sondear la palabra hasta rozar su misterio.
Cada poema funciona como ventana a un paisaje interior que no teme exhibir sus fisuras. La lectura se convierte así en tránsito entre lo íntimo y lo colectivo, entre la memoria privada y el eco de otras voces que comparten desarraigos y celebraciones. Si el jardín sugiere abundancia y diversidad, la casa implica refugio; ambas imágenes conviven en un libro que conjuga hospitalidad y extrañeza, arraigo y desplazamiento; palabras que adquieren una importancia vital en el volumen. El prólogo de Juan José Castro Martín acierta al definir a Tapia como «poeta de palabra vivida y significada, poeta de la tierra y el amor, poeta, en definitiva, de la vida y, por tanto, verdadera». En esas palabras finales se cifra una de las claves de Mixtura: la autenticidad de una experiencia transformada en lenguaje.
La selección, realizada por la propia autora con la colaboración de Ángel Olgoso, Susana Drangosch y Juan Cameron —según se indica en la nota inicial—, permite advertir una etapa de aprendizaje en los dos primeros libros, 50 mujeres desnudas y El relámpago en la habitación, a la que siguen, en apenas seis años, publicaciones cada vez más depuradas y personales. Destaca la amplia representación de Marjales de interior frente a la más breve de Un kilim de palabras, lo que sugiere una jerarquía interna dentro del propio corpus. Este recorrido revela una voz que gana en concisión y hondura sin perder la intensidad original.
Desde los primeros versos, Tapia interpela al lector con una declaración que es casi un desafío: «Probadme, mordisquead mis pensamientos». Extraída de «Derechos y deberes de la autora», el verso propone una ética de lectura activa. La poeta exige un lector partícipe que roce, cuestione y dialogue con la materia verbal. La desnudez invocada conlleva la exploración de una identidad múltiple y consciente de su vulnerabilidad. En adelante, se dirá que lo corpóreo y lo matérico forman parte consustancial en la lírica de la poeta chileno-española.
Uno de los ejes vertebradores del libro es la migración. «Para la migración / yo fui educada» y «Exiliarse fue un acto rotundo» condensan una experiencia que, aunque arraigada en lo biográfico, trasciende lo personal para convertirse en reflexión sobre la identidad contemporánea. Valparaíso y Granada operan como coordenadas simbólicas entre las que se tensa la escritura. En este punto, su voz dialoga con la tradición de la literatura del exilio latinoamericano, pero también con una conciencia contemporánea que entiende la identidad como proceso. Hay en estos versos una intuición que recuerda a la reflexión de María Zambrano sobre el destierro: la patria verdadera es, en realidad, la fidelidad a la propia voz. Tapia convierte la fractura en impulso creador, la distancia en perspectiva crítica. El desplazamiento es convertido en aprendizaje: una forma de mirar desde la distancia. Así, cuando afirma querer «derrotar a la nostalgia» a partir de un boceto de Valparaíso, la autora convierte la memoria en acto de resistencia frente al olvido. El paisaje deja de ser mero decorado para convertirse en conciencia histórica y emocional. En este uso simbólico del espacio se advierte una lección cercana a la de Antonio Machado. Tapia convierte cada enclave en un nodo de significaciones donde convergen pasado y presente.
Esta dimensión geográfica se amplía en composiciones como «Bajo las vidrieras de Chagall», donde «todas las voces que acallo la muerte, / y todas sus pisadas, / viven aquí, / colgando de este muro». El espacio se carga de memoria y arte; la contemplación deviene diálogo con lo ausente. Del mismo modo, el «volantín de aire» en Valparaíso o el paseo por Granada articulan un mapa afectivo que enlaza biografía y cultura. Cada enclave es un nodo de significaciones donde confluyen pasado y presente.
Sin embargo, Mixtura no se repliega en la herida del exilio. Frente al riesgo elegíaco, emerge una sensualidad luminosa que celebra el cuerpo y el encuentro. «Llegas a mi sediento y luminoso, / nadie te ve en mi cuarto, / nadie ha visto / esa vía de luz / de tu esperma» nombra la intimidad sin veladuras retóricas. La experiencia amorosa adquiere una dimensión casi sagrada, sostenida por la intensidad de la imagen. Asimismo, en «Y no posar el labio, y no besarte, / y no guardar tu rizo de saliva, / no darle de mamar a tus suspiros, / qué pecado de amor, clavo y espina», la reiteración negativa subraya la tensión entre deseo y privación. Puede advertirse una afinidad con la poesía de Idea Vilariño, en el acto de valentía de asumir el deseo sin velos moralizantes. Tapia escribe el cuerpo desde el cuerpo, con una claridad que evita tanto la obscenidad gratuita como la idealización ingenua. El erotismo, lejos de la obscenidad gratuita o la idealización ingenua, se convierte en afirmación vital, en energía que atraviesa la palabra y la sostiene.
La riqueza sensorial atraviesa el conjunto. «Acércate al reinado del oído», «La luz será una colcha que te guarde», «Soy la miga de pan que retiene tu mano»: en estos versos el oído, la vista, el tacto y el gusto se erigen en vías de conocimiento. La verdad poética se alcanza a través de lo corpóreo; el mundo se entiende tocándolo, respirándolo, saboreándolo. Esta claridad sensorial no excluye la complejidad simbólica, sino que la encarna. La poeta rehúye el hermetismo autosuficiente y apuesta por una transparencia cargada de resonancias.
Junto a estos motivos, el libro despliega un sostenido tono metapoético. «He sido, soy, seré poeta. / […] Poeta precedida de otros vuelos / […] Elevación y hondura» constituye una declaración de identidad y de filiación. Tapia se reconoce heredera de una tradición y asume la escritura como destino. La exhortación «Escribamos poesía, / pero que sea sol, verdad rotunda, / como un deslumbramiento que acorrala» revela una concepción ética de la palabra: la poesía como iluminación y responsabilidad. Podría pensarse en la influencia de Gabriela Mistral, por la concepción de la poesía como destino y responsabilidad. No obstante, la autora no ignora los límites del lenguaje: «un puñado de versos no apaciguan el día». Esa conciencia de insuficiencia matiza cualquier tentación de grandilocuencia y devuelve la escritura a su dimensión humana.
En el tramo final del volumen emerge una zona más áspera: la confrontación con la familia y los límites de la comunicación. «Mi familia es un bloque / de cajones pequeños / que no pueden tocarse. / Y vuelan sobre hilos paralelos, / mas nunca formarán una madeja» ofrece una imagen de poderosa plasticidad. La familia aparece como estructura compartimentada, historias que conviven sin entrelazarse. La metáfora sugiere incomunicación, pero también una arquitectura inevitable que condiciona la identidad. Tapia examina el origen sin estridencias, con una lucidez que transforma la experiencia personal en reflexión universal sobre la dificultad de comprender al otro.
El penúltimo movimiento profundiza en esa tensión mediante la figura de la «Madre Piedra”, a quien dedica una oración. «Me bautizaste Piedra, / […] y ya no supe / ser otra que esta roca conmovida / —que entera— / te sostiene» condensa dureza y amparo, resistencia y cobijo. La piedra, símbolo de permanencia, dialoga con la condición migrante: frente al desplazamiento, una raíz; frente a la inestabilidad, un núcleo. La imagen sugiere que la fortaleza no excluye la conmoción, que el acto de sostener implica asimismo vulnerabilidad. Así, la poesía se convierte en espacio de reconciliación parcial entre herencia y elección.
En conjunto, Mixtura se impone como una compilación coherente que articula memoria, deseo, territorio y reflexión crítica. Marina Tapia somete lo vivido a un proceso de decantación estética que confía en la potencia de la imagen y en la inteligencia del lector. Su lenguaje, claro sin ser simple y audaz sin caer en el exceso, construye un itinerario íntimo y compartido. Aceptar la invitación inicial a «mordisquear sus pensamientos» supone entrar en un territorio donde la palabra es acto de resistencia y de amor; y también, una poderosa revitalización del Carpe Diem. Entre el jardín y la casa, entre la migración y la piedra, Tapia traza un recorrido luminoso. El lector concluye la travesía con la sensación de haber habitado un espacio donde cada verso encuentra su lugar en un entramado orgánico que confirma la madurez y la verdad de una voz poética sostenida en el tiempo.

