Por Jorge de Arco.
En la historia de la literatura existen autores cuya obra, aunque breve, ejerce una influencia desproporcionada respecto a su extensión. Tal es el caso de Isidore Ducasse, más conocido por su pseudónimo literario, el Conde de Lautréamont. Nacido en Montevideo en 1846 y fallecido prematuramente en París en 1870, Ducasse dejó una producción reducida en extremo, pero decisiva para el desarrollo de la sensibilidad literaria moderna. Su legado se limita a tres obras: la célebre y perturbadora Los cantos de Maldoror y los dos textos reunidos bajo el título Poesías I y Poesías II.
Aunque su quehacer no fue reconocido en vida, fue redescubierto a comienzos del siglo XX por las vanguardias, en especial por los escritores vinculados al Surrealismo, quienes lo reconocieron como uno de sus precursores más audaces.
Ahora, la colección Letras Universales de Cátedra, reúne estas Poesías I y II en edición bilingüe, y preparada con esmero y lucidez por Jordi Xifra. El volumen ocupa un lugar singular dentro de la producción de Ducasse, en parte porque parecen constituir una respuesta o incluso una rectificación del universo oscuro y transgresor de Los cantos de Maldoror. Mientras que en aquel, el autor explora una estética del exceso, caracterizada por imágenes violentas, blasfemas y perturbadoras, Poesías I y II adoptan un tono aparentemente opuesto.
Desde su pórtico, Ducasse formula una declaración programática que orienta el sentido del conjunto: “Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certitud, la desesperanza por la esperanza, la maldad por el bien”. Esta afirmación, a modo de manifiesto moral y literario, revela el propósito de construir una poesía basada en la claridad intelectual y en una ética afirmativa.
Sin embargo, estas Poesías no deben entenderse como poemas en el sentido tradicional. En realidad, el libro se compone de una serie de reflexiones breves, sentencias y máximas que se acercan más al género del aforismo que a la lírica convencional. Ducasse emplea una escritura fragmentaria y condensada que recuerda a la tradición de los moralistas franceses, como François de La Rochefoucauld o Blaise Pascal. Al igual que ellos, Ducasse formula observaciones incisivas sobre la naturaleza humana, el conocimiento, el bien y el mal, así como sobre el papel de la inteligencia en la vida moral:
El hombre es un sujeto vacío de errores. Todo le muestra la verdad. Nada lo engaña. Los dos principios de la verdad, razón, sentido, además de que no carecen de sinceridad, se aclaran uno a otro. Los sentidos aclaran la razón con apariencias verdaderas
Uno de los aspectos más sobresalientes es la reflexión que propone sobre la naturaleza misma de la poesía. Frente a la concepción romántica que la asocia con el arrebato emocional o la inspiración tumultuosa, Ducasse ofrece una visión distinta. En uno de sus fragmentos afirma: “La poesía no es la tempestad, como tampoco el ciclón. Es un río majestuoso y fértil”. Esta metáfora revela una concepción como fuerza ordenadora y productiva, capaz de enriquecer el pensamiento humano y de aportar claridad en lugar de confusión.
Para comprender la originalidad de esta propuesta es necesario situarla en el contexto histórico-literario de la segunda mitad del siglo XIX. En aquel periodo, la literatura francesa estaba dominada por diversas corrientes, desde el Romanticismo tardío hasta el Parnasianismo y los primeros desarrollos del Simbolismo. En cierta manera, la escritura de Ducasse parece situarse al margen de estas escuelas. Su obra no responde de pleno a ninguna de tales tendencias, sino que desarrolla un proyecto autónomo que anticipa ciertos rasgos característicos de las vanguardias del siglo XX.
Uno de los procedimientos más innovadores de Poesías I y II es el uso sistemático de la reescritura. Ducasse toma fragmentos de textos anteriores -en especial de moralistas y pensadores- y los transforma mediante variaciones, inversiones o desplazamientos de sentido. Este método, que hoy podría interpretarse como una forma temprana de intertextualidad o collage textual, revela una concepción dinámica de la creación como espacio de diálogo y reinterpretación constante de la tradición.
Precisamente, esta libertad formal explica el entusiasmo con el que los surrealistas redescubrieron su obra décadas más tarde. Escritores como André Breton vieron en Lautréamont un modelo de imaginación radical y de independencia estética. Para ellos, la obra de Ducasse demostraba que la literatura podía romper con las convenciones establecidas y explorar novedosas formas de pensamiento y expresión.
En definitiva, Ducasse propone una concepción de la poesía como ejercicio de inteligencia, trascendencia y renovación moral. Por ello, la figura de Lautréamont continúa siendo la de un autor precoz que abrió caminos decisivos para la literatura futura. Y confirma que la verdadera modernidad literaria no siempre nace de grandes sistemas o movimientos organizados, sino, a veces, de la voz solitaria de un autor que escribe contra su tiempo:
La poesía debe tener por meta la verdad práctica. Enuncia las relaciones que existen entre los primeros principios y las verdades secundarias de la vida (…)
Un poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de su tribu. Su obra es el código de los diplomáticos, de los legisladores, de los instructores de la juventud.

