Disfrutar mientras te abismas.
Por Pablo Llanos.
Ni prólogo ni epílogo tiene Dulce fruta al borde del abismo (Eolas, 2026). Tampoco hay notas ni créditos. Su autor, Jesús Aguado, poeta experimentado, confía ciegamente en quien lee y deja que transite por él sin instrucciones de uso. Tan solo las dos citas que abren el libro nos ayudan a cruzar las cuatro partes de este abismo.
La primera es el propio título del libro, tomado del poeta indio Damodara Gupta. La segunda, de Stendhal, dice que el amor es una flor deliciosa, pero que hay que tener el valor de ir a buscarla al borde del abismo. Pues bien. Abismo, allá vamos. De cabeza. Y lo hacemos confiados, persiguiendo la dulce fruta que Jesús Aguado nos pone delante de nuestras narices: la sensualidad, el deseo y el amor son el tema de la primera serie de poemas, «El libro del testigo». En ellos, alguien observa apasionadamente a dos amantes y va poetizando sus encuentros. Los dieciséis poemas comienzan igual: «los miro y están listos».
los miro y están listos y un esqueje
de dientes que se injertan en los hombros
para plantar en ellos el arroz
del gozo y los bambúes serenísimos
que aguardan una nube que les cubra
una vaca cayéndose en un pozo
la arboleda cayéndose en un pozo
las tortugas cayéndose en los pozos
y los pozos cayendo en su caída
Precisamente que un momento de hipnosis es el abismo era algo que pensaba Roland Barthes: una sugestión que empuja a desvanecerse sin matarse. «De ahí, tal vez, la dulzura del abismo: no tengo ninguna responsabilidad, el acto (de morir) no me incumbe: me confío, me transfiero».
Como el filósofo francés, Jesús Aguado pasa de guiarnos por el filo del amor hasta el abismo de la muerte. La segunda serie de poemas, Epitafios romanos, se compone de veinte poemas en forma de advertencia, de consejo, de diálogo unidireccional de los muertos romanos con los viajeros que pasan por sus sepulcros. Entre la tragedia shakesperiana y el humor macabro de las calaveritas mexicanas se sitúa esta especie de antología de la Via Appia.
Viajero, desentiérrame a hurtadillas
y llévale mis huesos a tus hijos.
Cuando jueguen con ellos sentiré
que al fin, después de todo, la existencia
tuvo un breve sentido perdurable.
De la forma de la primera parte seguimos teniendo la repetición del comienzo, donde todos los poemas comienzan interpelando al viajero, y la pérdida de la correa férrea del endecasílabo: la muerte, más libre que el deseo. Quizás, si hubiéramos sido conscientes de adónde nos llevaba esta fruta, no la hubiéramos mordido, pero seguimos avanzando en la lectura, porque, como Macbeth, estamos tan metidos en este río de sangre que nos resulta más difícil volver que terminar de cruzarlo.
Y es que tan solo hemos llegado a la segunda parte, compuesta por otras dos series de poemas: «Kali» y «Los 108 nombres de dios». El autor se encuentra cómodo en un terreno conocido, y no me refiero a la India, sino al de la función de la poesía de nombrar. No existe palabra que no nombre y, aun así, ¿qué poeta es capaz de nombrar bien?
no sé nombrar el mundo que me nombra
no sé nombrar el mundo: ¿ese es mi nombre?
Mientras tú lentamente
vas desplegando el tiempo
para acogerme en él
con los labios mojados. *Mientras tú lentamente
vas desplegando el tiempo
para acogerme en él
y un mirlo canta en la memoria.
En el primero, «Hormigas en el cielo», pone a un buen número de filósofos-hormiga enfilados hacia el concepto de alma: Aristóteles, Hegel, Nietzsche, María Zambrano, Spinoza, Steiner, Demócrito, Indra, como el propio Aguado, expertos en el alma que se multiplica en miles de millones de hormigas para seguir siendo una. «El hormiguero es un cerebro puesto a la vista, como ahora firman —o al revés— los neurólogos que han descubierto que las neuronas organizan sus funciones como las hormigas».
El segundo poema-ensayo, titulado «Niño y trompo», analiza el poema breve del mismo nombre de Octavio Paz (otra vez Octavio). Una defensa de la vida como alegría que pone la inocencia como valor fundamental.
Niño y trompoCada vez que lo lanza
cae, justo,
en el centro del mundo.
Una poesía sencilla como un precipicio en la que los lectores más intrépidos se arriesgarán a asomarse a la profundidad del abismo que delimita.
El trompo
es
una
crítica
ateológica
del
racionalismo y
una
apuesta
política
por
la
inocencia,por la poesía;
por la alegría de vivir.
Por eso el niño lo lanza.

