Horacio Otheguy Riveira.
Una mujer y un hombre viven «de algunas rentas», disfrutan de una casa formidable frente al mar con rutinas deliciosas, silencios confortables, su sexualidad óptima, sumida en una revelación cotidiana de placer que se siente infinito… hasta que ven a un grupo de desconocidos en la playa, y después a una niña «que no tiene pulso».
Pero es la mujer la que la descubre con gran dolor, con impotencia, pero también con capacidad para descubrir lo frágil de su estancia, pues toda su conmoción no se ve correspondida por su pareja, el hombre indiferente, al que ella echa de casa…
La desolación en el descubrimiento de quienes lo dejan todo en busca de un lugar donde sobrevivir -o donde esconderse de la miseria que le pisa los talones- es el eje por el que discurre Rebeca Hernando en su monólogo entre luces y micrófonos que ella misma manipula, con idas y venidas adheridas a su novedosa angustia: sus pies en el agua, de pronto su propia cara sumergida: agua limpia de un recipiente en medio del escenario… Su voz envolvente, su emoción a flor de piel, todo en ella conmueve, mientras su compañero la observa, la escucha atentamente, y colabora modestamente, hasta que la reemplaza y asume el siguiente monodrama de la función…
Dos actos sin interrupción: el de Rebeca se titula Pleamar. El de Fernando Guallar, Huida.
Muy lograda puesta en escena donde el colorido y la voluptuosidad del mar se percibe con pocos elementos; a veces son compartidos por espectadores de la primera fila, junto al clímax creado de pronto por música tradicional árabe.
Los pies descalzos de los intérpretes, sus saltos y carreras, sus voces variadas para un texto de rica factura, limpio, en la mujer muy seductor; en el hombre, con la estridencia de un tipo cabreado; en todo caso, dos en los que se refleja mucha gente viva a la que la irrupción de desconocidos corrompe una felicidad sumamente frágil, una dicha muy artificial perfectamente dañada por el arribo de otros, de sufrientes nunca imaginados en ese ámbito fantástico.
Muy interesante propuesta que se ve dañada en la segunda parte, donde la aparición masculina se exhibe muy tópica en el individualismo masculino frente a la capacidad de empatía de la mujer. Este paisaje humano genera una contradicción notable entre la voluntad creativa de monólogos literarios -en los que los personajes cuentan lo que piensan, hacen y temen-, y la convencional imagen de chica puro corazón, frente a tío egocéntrico.

Intérpretes con disciplina profesional estricta, que les permite la transmisión de un alto grado emocional.
Texto: Paul Verrept
Traducción: Ronald Brouwer
Dirección: José María Esbec
Ayudante de dirección: Fernando Mercè
Reparto: Fernando Guallar y Rebeca Hernando
Escenografía: Petros Lappas y José María Esbec
Diseño de iluminación: Bibiana Cabral
Ayudante de iluminación: Marina Ovilo
Vestuario: Paola de Diego
Música y espacio sonoro: Alberto Granados
Ayudante de espacio sonoro: Elena G. Verduras
Diseño gráfico de Lazona: Javier Naval
Producción ejecutiva: Laura Iglesias y Elisa Fernández
Dirección técnica: Cristina Otero
Distribución: Julio Municio
Director de producción: Miguel Cuerdo – Lazona
Una producción de Teatro de La Abadía y Lazona
El texto fue escrito por encargo de la compañía belga SKaGeN. El autor y el traductor recibieron apoyo de Flanders Literature.
TEATRO DE LA ABADÍA HASTA EL 22 DE MARZO 2026




