Sergio Vargas.
En su nueva obra Todos aman a Clara (Alfaguara), el escritor parisino David Foenkinos vuelve a uno de los espacios que mejor domina: ese espacio donde la fragilidad humana, el humor melancólico y la suerte de la vida se entrelazan con una delicadeza muy reconocible. Publicada originalmente en Francia como Tout le monde aime Clara (2025), la obra plantea una historia aparentemente sencilla que acaba derivando hacia lo insólito y lo metafísico.
El comienzo es íntimo y dramático. Alexis Koskas, un banquero parisino de vida ordenada, ve cómo su mundo se derrumba cuando su hija adolescente Clara sufre un accidente que la deja en coma. La tragedia obliga a la familia —incluida la exmujer de Alexis— a reencontrarse alrededor de la cama del hospital. Cuando Clara despierta, sin embargo, algo ha cambiado: la joven parece haber desarrollado una extraña capacidad para intuir el futuro y percibir las emociones de quienes la rodean.
A partir de ese elemento cuasi fantástico, Foenkinos construye una novela que oscila entre lo cotidiano y lo misterioso. Clara se convierte en una figura magnética, admirada y temida, cuya sensibilidad desbordada empieza a transformar la vida de los demás. Pero el autor evita el tono sobrenatural para centrarse en lo que realmente le interesa: las segundas oportunidades, la reparación de los vínculos familiares y la búsqueda de sentido después de un golpe del destino.
Como en novelas anteriores del autor —La delicadeza, El misterio Henri Pick o Número dos— la narración combina ironía y ternura. Foenkinos introduce también una reflexión sobre la literatura y la escritura, convertidas aquí en una forma de supervivencia emocional para los personajes, especialmente para Alexis, que encuentra en las palabras una manera de procesar el dolor.
Desde el punto de vista intelectual, Todos aman a Clara mantiene las virtudes habituales del autor: capítulos breves, tono ligero y una capacidad notable para construir personajes vulnerables que resultan cercanos al lector. Sin embargo, algunos críticos han señalado que la trama no alcanza la profundidad de sus novelas más celebradas y que la dimensión fantástica del argumento queda más en la superficie que plenamente desarrollada.
Aun así, el libro confirma a Foenkinos como uno de los narradores franceses contemporáneos más accesibles y populares y se lee de un tirón. Todos aman a Clara es, en esencia, una fábula moderna sobre la fragilidad de la vida y la necesidad de encontrar belleza incluso en los momentos más oscuros. Una novela que, sin grandes artificios, vuelve a recordarnos que la literatura puede ser también un espacio de consuelo.
«Primera parte
1
Alexis Koskas es probablemente un hombre de cincuenta años. A veces se siente viejo, a veces se siente joven. La duda es el eslogan de sus días. Tiene una hija de diecisiete años que se llama Clara. Su mujer y él decidieron ponerle ese nombre de pila en homenaje a Clara et les Chics Types, una película que refleja muy bien la época en que se rodó: 1980. Un año de desenfado sensual. Hace unos meses, la adolescente sufrió un grave accidente.
Para Alexis ya nada es igual. Algunos martes se le han vuelto jueves. En este contexto, se matriculó en un curso de escritura. Hasta ahora, escribir le parecía una actividad improbable, reservada a depresivos e iluminados. Él prefería su trabajo en la banca privada. Alexis era uno de esos asesores financieros elogiados por sus cualidades como gestor e incluso por sus proezas. El drama despertó su faceta artística.
En cada uno de nosotros, por lo visto, dormita la inspiración. En un primer momento, se planteó interesarse por la música. Se veía con una guitarra, tocando sus melodías preferidas, amenizando sobremesas en el momento en el que a nadie le apetece ya seguir charlando. Sin embargo, le pareció que a aquello le faltaba intensidad; era un giro demasiado sensato y que no exigía suficiente esfuerzo. Luego pensó en la pintura. En su opinión, el arte supremo. Se vio ante un lienzo virgen, con expresión circunspecta y el mandil salpicado de manchas de colores. De nuevo cambió de idea, pues se sentía casi físicamente incapaz de sostener un pincel, como si su cuerpo desaprobara esta nueva ambición, en la que veía una arrogancia inoportuna.
Quedaba la escritura, que consistía en expresar emociones mediante palabras, en brindar a su imaginación una especie de atavío concreto. Se entusiasmó: «Sí, eso es: voy a escribir». Tal fue la meta de su nuevo deseo…»



