Por Patricia Salazar

En un momento en el que la producción visual parece haberse acelerado hasta el límite, las imágenes generadas por inteligencia artificial se presentan como una novedad radical. Rostros, cuerpos y escenas que emergen de sistemas algorítmicos alimentan la idea de una ruptura: una nueva era de creación automatizada, aparentemente desvinculada de las tradiciones visuales previas.

Sin embargo, el trabajo de Paloma Rodera se sitúa precisamente en el cuestionamiento de esa ruptura. En De lo sagrado a lo digital. IA y las imágenes iconográficas en la identidad femenina contemporánea (Tirant lo Blanch), la autora propone una lectura que no entiende la inteligencia artificial como un punto de inicio, sino como un momento dentro de una continuidad más amplia.

El libro traza una genealogía que conecta la iconografía religiosa con los actuales sistemas de generación de imágenes. No como una analogía superficial, sino como una estructura de pensamiento: las imágenes contemporáneas siguen operando sobre imaginarios heredados, aunque lo hagan a través de dispositivos técnicos distintos.

“La inteligencia artificial no inventa los imaginarios, los reorganiza”, plantea Rodera. El desplazamiento es fundamental. Frente a la fascinación por la novedad tecnológica, el libro insiste en la persistencia de ciertos códigos: idealización, jerarquización, construcción simbólica de lo femenino.

Esta perspectiva tiene su origen en una formación filosófica que no se limita a describir fenómenos, sino que busca problematizarlos. El trabajo, dirigido por la filósofa Amelia Valcárcel, sitúa la cuestión de la representación en el marco del pensamiento feminista, donde la imagen se entiende como una construcción cultural atravesada por relaciones de poder.

A partir de este posicionamiento, el libro no se limita a una lectura histórica, sino que introduce un modelo de análisis que amplía la tradición iconográfica. A las capas habituales —formal, simbólica, contextual— se añade una dimensión algorítmica que permite abordar la complejidad de la imagen contemporánea.

Este modelo incorpora preguntas que hasta hace poco quedaban fuera del análisis visual: con qué datos se entrenan los sistemas, qué patrones se repiten, qué lógicas de uso condicionan los resultados. La imagen deja de ser únicamente un producto para convertirse en un proceso.

Porque si algo cambia con la inteligencia artificial no es la existencia de estructuras, sino su opacidad. Las decisiones que intervienen en la producción de imágenes no desaparecen, pero se vuelven menos visibles. Se encapsulan en sistemas cuya lógica no siempre es accesible.

De ahí la necesidad de desplazar la mirada: de la imagen como resultado a la imagen como síntoma.

Conversación con la autora

En su libro plantea una continuidad entre iconografía religiosa y sistemas algorítmicos. ¿Qué implica este desplazamiento?

Implica entender que las imágenes no son fenómenos aislados, sino construcciones históricas. La inteligencia artificial no rompe con los imaginarios anteriores, sino que los reorganiza. Lo que cambia son los dispositivos, no necesariamente las estructuras simbólicas que los sostienen.

El libro introduce un modelo de análisis que incorpora la dimensión algorítmica. ¿Por qué era necesario?

Porque muchas de las herramientas tradicionales de análisis visual no contemplan cómo se producen hoy las imágenes. No basta con leer el resultado: es necesario entender los datos, los procesos de entrenamiento, las condiciones de uso. La imagen ya no es solo una representación, es un proceso.

¿Qué ocurre específicamente con la representación de la mujer en estos sistemas?

Se produce una continuidad bastante clara con modelos anteriores. Persisten patrones de idealización, estandarización del cuerpo y asignación de roles. La diferencia es que ahora aparecen como resultados aparentemente neutrales, lo que dificulta su cuestionamiento.

En este contexto, ¿qué papel puede jugar el diseño?

El diseño tiene una responsabilidad ampliada. Ya no trabaja únicamente con formas, sino con sistemas: algoritmos, interfaces, plataformas. Esto implica intervenir no solo en lo visible, sino en las condiciones que hacen posible lo visible.

En este contexto, la representación de la mujer adquiere una relevancia particular. Los sistemas algorítmicos, lejos de neutralizar los estereotipos, tienden a reproducirlos bajo nuevas formas. La idealización del cuerpo, la estandarización de la belleza o la repetición de determinados roles aparecen como patrones persistentes.

Lo significativo es que estos patrones ya no se presentan como construcciones culturales explícitas, sino como resultados aparentemente objetivos de procesos técnicos. La repetición estadística sustituye a la narración, pero no elimina su contenido simbólico.

¿Puede entenderse entonces la inteligencia artificial como una nueva forma de iconografía?

En cierto sentido, sí. Si la iconografía ha sido históricamente un sistema de producción y organización de imágenes con carga simbólica, los sistemas de IA operan hoy de manera análoga, aunque desde una lógica técnica. La diferencia no reside tanto en la función como en el modo en que se legitima.

Este desplazamiento tiene implicaciones directas para el diseño y la cultura visual contemporánea. El diseño deja de ser una práctica centrada exclusivamente en la forma para convertirse en una intervención sobre infraestructuras: algoritmos, plataformas, sistemas de circulación de la imagen.

No se trata solo de qué se ve, sino de cómo se hace visible.

El modelo desarrollado en el libro introduce además una dimensión prospectiva. A partir de la identificación de patrones, es posible observar tendencias, detectar continuidades y plantear posibles evoluciones en la representación.

No como una predicción cerrada, sino como una herramienta crítica que permite entender hacia dónde se desplazan los imaginarios.

En un contexto de saturación visual, la propuesta de Rodera no consiste en producir más imágenes, sino en modificar la manera en que se leen. Introducir distancia, ralentizar la mirada, hacer visibles las condiciones de producción.

Porque, en última instancia, la cuestión no es únicamente qué imágenes produce la inteligencia artificial, sino qué sistema de representación las hace posibles.

Y es precisamente en ese desplazamiento —de la imagen al sistema— donde se juega hoy una parte fundamental de la construcción de la identidad.

https://editorial.tirant.com/es/libro/de-lo-sagrado-a-lo-digital-ia-y-las-imagenes-iconograficas-en-la-identidad-femenina-contemporanea-9788410814103