Por Jesús Cárdenas.

Hay mapas íntimos de batallas perdidas y de otras que, aun sabiendo su desenlace, se siguen librando. En ese territorio de fisuras emocionales se inscribe José Manuel Pedrós, autor de una obra prolífica que abarca la narrativa breve, la novela, la poesía, los libros de viajes y el artículo de opinión. En Grietas (Olé Libros), volumen que recoge relatos premiados en concursos y certámenes a lo largo de los años, el escritor materializa una poética del desgaste afectivo, una anatomía descarnada del amor contemporáneo expuesta con la precisión de quien ha permanecido demasiado tiempo en la trinchera de los vínculos.

El libro está integrado por veintiún relatos, cada uno asociado a un nombre femenino, como si cada historia fuese una variación sobre un mismo núcleo temático: la imposibilidad de construir un relato amoroso pleno. Veintiún nombres, en efecto, como espejos fragmentados donde el lector no encuentra consuelo, sino la deformación reconocible de sus propios fracasos.

El arco temporal que abarca el volumen resulta particularmente significativo. Desde «Shrimati», fechado en Londres en marzo de 2000, hasta «Ella», que cierra el libro el 6 de octubre de 2023, se despliega un recorrido de más de dos décadas en el que Pedrós excava, con insistencia casi obsesiva, en la misma veta: el amor como promesa incumplida. No hay redención progresiva; más bien, una profundización en la grieta, una conciencia cada vez más afinada de la fractura. La prosa del autor, natural en apariencia pero de una aspereza metálica, contribuye a esta sensación de continuidad temática. Cada relato funciona como un estrato geológico que registra una fase de esa exploración, y la lectura del conjunto adquiere la forma de una autopsia del desencanto, donde la entereza humana se revela como resistencia mínima ante lo inevitable.

El repertorio emocional que atraviesa Grietas es amplio: amor, desamor, infidelidad, odio, tristeza, resignación e incluso instantes fugaces de felicidad. Sin embargo, estos afectos se presentan como modulaciones de una misma experiencia de fondo: la inestabilidad del vínculo. Como señala el propio autor en las páginas preliminares, los personajes entran y salen de la vida de los protagonistas con la misma rapidez con la que irrumpen en el relato. Hay en esta dinámica una visión profundamente contemporánea de las relaciones, marcada por la transitoriedad y la imposibilidad de fijar un sentido duradero. En este punto, la escritura de Pedrós dialoga, de manera implícita, con la narrativa de Raymond Carver, donde lo cotidiano se convierte en escenario de una desolación silenciosa, apenas enunciada.

El mérito del libro radica, en gran medida, en su capacidad para convertir la resignación en categoría estética. Cuando Pedrós afirma que sus personajes están «aquejados de derrota», no está describiendo un estado pasajero, sino proponiendo una ontología del amor contemporáneo. Estas mujeres —verdaderas protagonistas de los relatos, aunque el deseo que suscitan funcione como motor narrativo— asumen, más bien, un pacto con la realidad: vivir desde la conciencia de la pérdida. Esta actitud recuerda, en cierto modo, la lucidez amarga de Emil Cioran, para quien toda ilusión contiene ya su propia negación. Sin embargo, en Pedrós no hay nihilismo absoluto; persiste una leve vibración afectiva que impide la clausura total.

Los relatos ofrecen una galería de situaciones donde el azar, la memoria y el desencuentro se entrelazan. En «El premio», un asistente a una ceremonia conoce a Blanca, una azafata cuya presencia se disuelve sin dejar rastro, como si el encuentro fuese un espejismo. En «La orilla tenebrosa», Àlex, pese a su relación con Montse, se cruza con Kathleen y reconoce que «siempre se había resignado a todo», estableciendo una ecuación inquietante entre resignación y derrota. «La tercera curva» explora la desconexión de Olga en su vehículo con su propia trayectoria vital, en una metáfora sutil del extravío contemporáneo.

Especial atención merece «Una cita otoñal», donde Alfredo, figura recurrente del fracaso persistente, encarna la ilusión obstinada de quien continúa esperando una oportunidad que nunca llega. La traición de Trini, que desaparece con el dinero ahorrado, se narra con una mezcla de ternura y humor que evita el dramatismo excesivo. Este equilibrio tonal constituye uno de los logros del libro: Pedrós observa la herida con una distancia que permite la ironía. En «Shrimati», por su parte, el relato se abre a una dimensión casi mítica al evocar el amor libre de finales de los años sesenta, con referencias a figuras como George Harrison, Bob Dylan o Jack Kerouac, que funcionan como emblemas de una libertad que, sin embargo, no llega a concretarse en el presente del narrador.

En «La hija de Lucía», el ascenso social de unos jóvenes que abandonan los estudios para dedicarse a la construcción se entrelaza con un intercambio de relaciones sentimentales que desemboca en una ilusión efímera de juventud recuperada. «Campanadas» condensa la despedida de Ana por parte de Marcos tras un breve matrimonio, mientras que «El café de la mañana» ofrece uno de los momentos más líricos del volumen: la fantasía de un «viejo verde» que proyecta su deseo en la figura de Mariela, la joven que le sirve café. El relato se cierra con una mueca de sonrisa, como si la conciencia del ridículo no anulara del todo la pulsión vital. En «Ebriedad» los dos fragmentos oponen Manuel frente a Lupe, quien desmonta, quien dice «»como a mis dieciochos años, aunque cada día lo sienta a él en la piel y en los poros de los demás, sé que esto es sólo una ilusión, y que la realidad, dura y amarga, como la vida que te golpea tan contundente como el martillo de un orfebre, no me va a hacer que lo recupere, lio que pueda volver a sentir sus caricias y sus besos». Uno de los que sobresalen por extension y calidad es «La casa rural», trabajo premiado en 2019, donde también encontramos «no me atrevía, porque en el fondo no sabía si era realidad o fantasía», porque es lo que le sucede a un escritor que se va de la ruidosa Valencia a una casa rural en el Pirineo aragonés. Allí, la joven de «ojos verdes magnéticos» se le presentará de noche, no aprovechando las mañanas.

A partir de este relato, se intensifica la dimensión simbólica de los relatos mediante cierres que, lejos de clausurar el sentido, lo expanden. Pedrós recurre a descripciones breves, casi impresionistas, que funcionan como epílogos abiertos. El espacio adquiere entonces una cualidad alegórica: una habitación en penumbra, una calle vacía, un objeto abandonado condensan el estado emocional de los personajes sin necesidad de explicitación. Esta técnica, que remite a la economía expresiva de Alice Munro, permite que la epifanía surja de lo no dicho. El lector recibe una resonancia. En ese silencio final se cifra gran parte de la potencia del libro: la historia continúa más allá de la página, como si la grieta no pudiera cerrarse del todo.

El penúltimo tramo, por su parte, acentúa la dimensión social de ese desgaste íntimo. Los personajes, a menudo instalados en vidas acomodadas, experimentan una erosión que no proviene de la precariedad material, sino de la imposibilidad de sostener el vínculo. La convivencia se revela como un espacio de desgaste lento, donde el silencio crece entre dos cuerpos, donde el gesto deja de repetirse, donde la palabra envejece antes de ser pronunciada. Pedrós captura con precisión ese momento en que la relación se vacía sin necesidad de ruptura explícita. Sus relatos funcionan como experimentos emocionales fallidos que, sin embargo, producen conocimiento. La lección es incómoda: el amor fracasa por desgaste. Esta visión, audaz en su sobriedad, se inscribe en una tradición narrativa que desconfía de los grandes gestos y privilegia la observación minuciosa de lo cotidiano.

Grietas merece un lugar destacado en la narrativa breve española actual, por su honestidad sin concesiones. Pedrós desaparece tras sus personajes, renunciando a cualquier protagonismo autoral que distorsione la experiencia narrada. La compasión que atraviesa el libro no es sentimentalismo, sino tensión ética: mirar sin apartar la vista, casi sin embellecer. El resultado es un conjunto de relatos que nos interpelan. El lector se ve obligado a reconocer en esas historias fragmentos de su propia experiencia, a aceptar que la grieta es, en realidad, una condición.

En estas páginas, la literatura no ofrece consuelo, pero sí una forma de lucidez. Pedrós no promete redención, pero deja entrever, en los intersticios del fracaso, una luz tenue que persiste. Quizá sea esa la función última de Grietas: recordarnos que, incluso en la fractura, hay una forma de valerse. Y que mirar de frente esa fractura —sin máscaras, sin retóricas— constituye, en sí mismo, un acto de valentía.