Alejandro Pedregosa (Granada, 1974). Novelista y poeta. En 2018 recibe el Premio Andalucía de la Crítica por su libro de relatos O (posteriormente traducido al portugués). Entre sus poemarios destacan Los labios celestes (2007), con el que obtuvo el Premio Arcipreste de Hita, Pequeña biografía de la luz (2019), Barro (2021) y más recientemente Lo que sé de Whitney Houston (2026). En 2004 un jurado presidido por Josefina Aldecoa le otorga el Premio de Novela Corta José Saramago por Paisaje quebrado. Sus últimas novelas hasta la fecha son Comadrejas (2024), Siempre es verano (2022) y Hotel Mediterráneo (2015). En 2023 inicia una serie de biografías para reivindicar la figura de notables mujeres excluidas del canon literario e intelectual. Los títulos son: La cuidadora de palabras (vida de María Moliner); Vocación de libertad (vida de Carmen de Burgos), y A la sombra de un romance (vida de María Goyri).

 

Javier Gilabert: ¿Por qué Lo que sé de Whitney Houston y por qué ahora? Y, sobre todo, ¿de dónde surge la audacia de titular con un icono pop un poemario que, en esencia, es un libro de amor?

Alejandro Pedregosa: Bueno, quizá lo primero que cabe decir sobre Lo que sé de Whitney Houston es que, de alguna manera, se trata de la continuación de Barro, mi anterior libro de poemas. De hecho, la estructura es básicamente la misma. En Barro se cantaba al amor por el padre muerto y en Lo que sé de Whitney Houston el tono elegíaco se mantiene, pero, en este caso, se canta la pérdida de la mujer amada. La gran diferencia entre ambos libros es que Barro tiene una naturaleza confesional (el padre muerto ciertamente era mi padre), mientras que en Lo que sé de Whitney Houston me sirvo de una ficción para abordar un tema muy complicado: el duelo por la pérdida tras un suicidio. En este sentido, la figura de Whitney Houston funciona como catapulta para proyectar mis pensamientos al respecto.   

 

Reflexionas en el libro sobre el fenómeno suicida, a menudo oculto en nuestra cotidianidad. ¿Cómo y cuándo surge la necesidad de abordar una pérdida tan profunda a través de la memoria ficcionada?

Tuve, por desgracia, un caso cercano –una amiga– que me abocó a una serie de reflexiones sobre el suicidio cuyo asiento final fue la poesía. Mi interés, por supuesto, no estaba en contar el caso particular, sino en la generalidad del fenómeno, en la tristeza como generador de “desgracia vital”, en la posible redención del amor, en las incertidumbres de los que quedan… No obstante, ya sabemos que la ficción nunca es puramente ficción, del mismo modo que “lo real”, viene siempre tocado por cierto grado de re-invención. En este sentido, la no existencia de discursos puros es una herramienta magnífica que nos permite abordar las grandes preguntas que la literatura siempre plantea.  

 

El suicidio no es una vocación

En la encrucijada de sus distintas identidades (negra, mujer, estrella, víctima de maltrato), Whitney Houston vertebra el texto. ¿Qué papel desempeña exactamente esta estructura en la disposición del volumen? ¿Fue una epifanía o una decisión deliberada?

Hay que dejar claro que, técnicamente, Whitney Houston no fue una suicida. La autopsia catalogó su muerte como un accidente, al tiempo que confirmaba la ingesta de una serie de sustancias potencialmente mortales. Esa ambigüedad es precisamente la que me lleva a elegir su figura como eje vertebrador del libro. Contra la opinión general, hay que decir que el suicidio no es una vocación; a veces, puede ser simplemente un arrebato de dolor puntual, una mala tarde dentro de una mala racha. En ese sentido Whitney Houston no funciona aquí como paradigma del suicidio, sino como reflejo de las millones de vidas anónimas que transitan por la depresión y la pena en contextos tan diversos como complejos.

 

Mis novelas y mis poemarios van adquiriendo un tono semejante

Se percibe que nunca como en estas páginas tu doble naturaleza (poética y narrativa) se ha mezclado de forma tan evidente. ¿Cómo ha sido el proceso de escritura? ¿Ha cambiado tu forma de trabajar el verso al dotarlo de tanto aliento narrativo?

Ciertamente son poemas largos y con una notable vocación narrativa, pero están escritos desde unos presupuestos puramente poéticos (el ritmo, sobre todo). Con el paso de los años y los libros siento que mis novelas y mis poemarios van adquiriendo un tono semejante. Es como si me fuera quitando de encima algunos prejuicios, algunos rigores propios de los géneros y me fuera acercando a un territorio más íntimo, donde la voz va encontrando su protagonismo con indiferencia de los temas que trate. Pero bueno, quizá sea solo una impresión personal. Vete tú a saber.

 

Quería reflexionar con los que nos precedieron

En el poemario invitas a dialogar a voces como las de Nietzsche, Wilde o Marina Tsvetáyeva. ¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores sobre estas apariciones estelares?

Se trata de autores y autoras en cuyas vidas (u obras) el fenómeno suicida ha estado presente por diversos motivos. Quería reflexionar con los que nos precedieron, añadir sus voces para confeccionar un mosaico que enriquezca, en la medida de lo posible, este complejo mapa de relaciones entre el amor y la desesperación.

 

Te pongo en el clásico aprieto de la sección: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de Lo que sé de Whitney Houston, ¿cuáles serían y por qué?

Pues sí es un aprieto, pero te diría tres títulos: “No es verdad que las ballenas”, “Krissy Brown le habla a su madre Whitney Houston” y “Etimología”. Son tres poemas que, desde contextos lejanos (la zoología marina, las relaciones madre/hija y la filología) abordan un mismo tema y llegan, según creo, a hacerse complementarios.

 

Hay distintos escalafones de sufrimiento entre lo vivencial y lo creativo

Entre esas voces que convocas está Primo Levi, lo que inevitablemente me lleva a tu elogiada y reciente novela Comadrejas (2024), ambientada en el infierno de Mauthausen y Gusen. ¿De qué manera logra uno blindarse emocionalmente para saltar de la poesía amorosa a la barbarie del holocausto?

Es una buena pregunta que no sé muy bien cómo responder. Supongo que hay distintos escalafones de sufrimiento entre lo vivencial y lo creativo. Yo obviamente sufrí con la muerte de mi amiga, pero luego, a la hora de escribir el poemario, no volqué aquella pena, preferí reflexionar poéticamente sobre el suicidio y “ficcionar” el duelo de un supuesto enamorado. Supongo que es un homenaje a su memoria, pero no lo sé. En el caso de Comadrejas la dureza está, sobre todo, en el proceso de documentación, cuando tomas conciencia de la barbarie y la degradación a la que pueden llegar ciertos seres humanos.   

 

La posibilidad de que el amor nos salve de las grandes desgracias es muy limitada

En la novela plasmas la «comadrejidad», una solidaridad irreductible entre iguales. Ante tanta desolación literaria e histórica, ¿qué efecto íntimo esperabas provocar en los lectores al relatar el horror desde los pequeños detalles del campo de concentración?

Bueno, en el fondo yo creo que siempre ando dándole vueltas a lo mismo, al amor como herramienta redentora. A veces en contextos terribles como Mauthausen o el suicidio, y otras en territorios más benévolos como puede ser la adolescencia (Siempre es verano) o la memoria del padre (Barro). Visto en perspectiva, la posibilidad de que el amor nos salve de las grandes desgracias es muy limitada. Podemos pensar: ¿para qué les ha servido el amor a los miles de palestinos masacrados en estos años? Desde luego, a los asesinados no les ha servido para nada, pero, si acercamos el foco, si bajamos al terreno, observamos que abstracciones como el amor, la amistad o la solidaridad son herramientas útiles para los supervivientes, los heridos, los humillados… Cuando te lo han quitado todo, este tipo de cosas son las únicas que tenemos para entregarnos unos a otros.

 

La mejor herramienta para paliar el sufrimiento de un ser humano es otro ser humano

¿En qué medida vemos en Marcel, Jules y los protagonistas de Comadrejas la mirada compasiva del Alejandro Pedregosa poeta?

No sabría cuantificarlo, pero seguro que es mucho en trasvase que existe entre la mirada del poeta y la del narrador. Yo no sé si tengo una mirada especialmente compasiva, pero siento que la mejor herramienta para paliar el sufrimiento de un ser humano es otro ser humano. No tenemos mucho más.

 

Esa misma pulsión por el rescate de la memoria late en tu inmensa labor con la editorial Kalandraka (las biografías de María Moliner, María Goyri o Carmen de Burgos). ¿Cómo te enfrentas al reto de «traducir» el legado de estas mujeres titánicas para lectores a partir de diez años?

Lo entiendo como un regalo que la literatura me ha dado. Se trata de un proceso tan hermoso como elemental: yo investigo y estudio la vida de estas mujeres opacadas (es decir, me nutro, aprendo, me alimento); y después de nutrirme, busco la mejor manera de que estos conocimientos se conviertan en literatura y puedan seguir alimentando a lectoras y lectores de todas las edades. Es bonito porque es sencillo.

 

Puedo vivir de la literatura porque no tengo hijos que mantener

Novela histórica, relato, poesía, literatura infantil, cursos de escritura creativa, conferencias… Intentar vivir en exclusiva de la escritura hoy es casi un acto de fe. ¿Es esta versatilidad una exigencia de supervivencia o una insaciable curiosidad literaria?

 No, es una cuestión exclusivamente material. Puedo vivir de la literatura porque no tengo hijos que mantener; de lo contrario, no podría. Así de sencillo. A menudo pasamos de puntillas por la precariedad en el mundo de las artes (de todas las artes). Nos encanta estar bajo los focos, el brilli-brilli, decir que hacemos esto y lo otro, que estamos contentísimos con nuestro nuevo libro, y qué bien la crítica, y qué bien el público y patatín y patatán… Este tipo de asuntos son consustanciales a las actividades artísticas. Muy poca gente puede vivir profesionalmente de su trabajo artístico. Así que… ya que no me da dinero, al menos que me luzca el ego (emoticono de risita cabrona).

 

Revisando nuestra charla de 2021 sobre Barro, me dijiste que «lo más sagrado de un libro de poemas es la absoluta soberanía del lector». ¿Sigue esa soberanía intacta cuando el texto toca aristas tan afiladas y tabúes como la depresión o el suicidio?

Yo creo que sí; más aún que en otras lecturas más complacientes. Entiendo que la escritura de un libro es una propuesta por parte del autor que luego cada cual, en el sofá de su casa, modela a su gusto y necesidad.

 

Voy haciendo obra pasito a pasito

Sumando el éxito de crítica de Comadrejas y la hondura de tu nuevo poemario, ¿supone este momento vital y creativo un punto de inflexión en tu producción como escritor total?

No lo creo. Yo voy haciendo obra pasito a pasito, porque así es como escribo los libros. Que Comadrejas esté siendo una novela que reciba elogios supone una alegría, claro que sí, pero también tiene mucho de anecdótico. Es muy probable que el próximo libro no cuente con la misma repercusión y eso tengo que ir asumiéndolo desde ya. Jugar a ser famoso en literatura es una suerte de crueldad autoinfligida que no tiene mucho sentido. 

 

¿Y a partir de ahora, qué? El pequeño tirano que habita en cada nuevo proyecto, ¿hacia dónde te está dictando que vayas actualmente?

Hay por ahí una historia en ciernes, pero, vamos, en un nivel tan inicial que ni siquiera me atrevo a hablar de ella.

 

Por último, como lector, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?

De Teresa Gómez, a propósito de su nuevo libro de poemas Los tulipanes son demasiado rojos.

 

 

 

 

***

Tres poemas de Lo que sé de Whitney Houston

 

NO ES VERDAD QUE LAS BALLENAS

 

No es verdad que las ballenas

acudan a la muerte por propia voluntad.

No son pilotos suicidas,

ni judíos asediados en Masada:  

no buscan derribar las puertas de su reino

en aras de otro reino

más hondo y más azul: un paraíso.

 

Cada ballena guarda en su interior

dos toneladas rosas de piedad. 

Están hechas de vida porque son

el universo infinito de las aguas: millones

de parásitos dormidos les lamen la corteza,

como el niño el pezón, como el viento los pinos.

 

A veces sucede que una ballena se rompe

la mandíbula feroz contra la quilla

de un portaviones o que un sónar invisible

le perfora por dentro los oídos

hasta dejarla ciega,

eternamente ciega y malograda,

como un joven profeta después de ver a dios.

 

El resto de la historia es conocida:

la manada –unas veces familia y otras plebe–

acompaña al enfermo hasta el abismo

de su ceguera blanca,

que a menudo es una playa dorada del Pacífico

donde dejan varadas para siempre

la vida y la fortuna.

 

Es la hora de partir, oh, abandonado

les gritan los bañistas en la orilla,

pero ellas, ya todas sordas,

ya todas ciegas de piedad

se entregan al instinto de la primera ley,

la que ordena: ama hondo y ama

hasta el final.

 

Y en ese puro ardor, en esa extraña fe,

sucumben las ballenas a millares. 

 

 

 

KRISSY BROWN LE HABLA A SU MADRE WHITNEY HOUSTON

 

Quizá te hayan contado

que tres años después de que las Moiras

te sacaran del hotel Beberly Hilton

–volando tu bañera por los cielos

naranjas y azulinos de Los Ángeles–,

yo misma me metí en otra bañera

de la casa que teníamos en Atlanta

y repetí tu cóctel con pocas variaciones

para quedarme sola,

eternamente sola y desnuda

con las piernas abiertas ante el rostro de dios.

 

A veces me pregunto

por qué no se detuvo en ti tu suerte,

por qué me acompañó desde la cuna

y se subió conmigo a los columpios

y al coche de aquel hombre –el primero– 

que quiso ver tus pechos en los míos.

 

Debiste abandonarla en Nueva Jersey

–a tu suerte, me refiero–, enterrarla

bajo la nieve de Newark, como entierran

los indios el ombligo de sus hijos

junto al árbol de todos los deseos.   

¿Qué parte no entendimos de la vida, mamá?

¿Por qué no me llevaste

a escuchar cómo canta el azulillo –bluebird–  

en las praderas altas de Nebraska?

 

Tuve los ojos tristes y los dientes

demasiado pequeños –tienes que recordarme–, 

las paletas separadas cual columnas

de un templo primitivo.

Ahora lo sé: mi sonrisa era un presagio,

una ruina de piedra en Capadocia,

una estatua que anhela la foto de un turista.

 

Tu herencia tuvo mucho de excesiva:

me dejaste un padre yonki con ciento

cincuenta millones en billetes

de celulosa verde.

También un medio hermano me dejaste

que pronto fue mi amante y mi camello

y tal vez –el jurado no logró

ponerse de acuerdo en este punto– mi asesino.

Con él hice un reallity en la tele

y así arrastré tu nombre y tu apellido

todavía un poco más,

hasta el abismo blanco de la vergüenza blanca

donde beben y escupen los hombres de Georgia.

 

Y aunque ya no hay dolor entre nosotras,

ni reproches ni duelos ni nada

que alcance a tener nombre, te juro que no entiendo

por qué, mamá, no fuimos nunca

a las praderas altas de Nebraska,

donde dicen que habitan los felices y canta

con su dulce trinar el azulillo.

 

 

 

 

ETIMOLOGÍA

 

En el fondo remoto,

en el manglar oscuro de nuestra vieja lengua,

palpitan dos palabras

que pueden arrojar algo de luz

a este debate eterno de la vida:

se trata de dos verbos que fueron fecundados

en la misma matriz: caedere.

 

Significa caedere golpear, talar, cortar

y por analogía –quien corta un árbol corta

una vida–: matar. Ego cecidi,

yo talé, yo corté, yo maté…

Mucho tiempo después y varias guerras,

hicimos entre todos de aquel viejo cecidi

el sufijo español para la muerte:

magnicidio, homicidio, suicidio.

 

Mas hubo por fortuna leñadores,

jardineros y otros seres ajenos

a cualquier tipo de metáfora,

que nunca abandonaron la sombra original

de la palabra. Y la usaron en el tiempo de la poda

junto al prefijo DE –indoeuropeo–

para discriminar las ramas sanas

de aquellas que generan perjuicio,

es decir, DEceciderunt (¡decidieron!)

qué podaban y qué no, inventado de paso

los jardines ingleses que tanto te gustaban.

 

Sucede así que matar y decidir,

los dos verbos estrella de nuestro torpe estudio,

se alumbraron en un mismo parto

de sangre y lodo.

 

¿Te parece normal?

¿No te asusta? ¿No te asombra?:

veinte siglos antes de nacer

ya estaba tu destino

palpitando en el fondo de la lengua.