Walter Gonzalves

Por: Walter Gonzalves
Instagram | Facebook

Hubo un tiempo en que ser era tener. La identidad encontraba su anclaje en la posesión: bienes, tierras, objetos. Más tarde, ese eje se desplazó. Ya no bastaba con acumular cosas; era necesario ser alguien. La identidad se volvió un capital en sí mismo: estilo, prestigio, distinción. Pero ese movimiento no se detuvo ahí.

Hoy, con cierta claridad, puede advertirse un nuevo giro: ser es, ante todo, tener experiencias. ¿Quién no ha visto publicidades donde no se come una hamburguesa sino que se vive la experiencia? Viajar, probar, sentir, atravesar. Las cosas han dejado de ser valiosas por sí mismas para convertirse en meros medios: lo importante no es el objeto, sino lo que permite vivir. El mundo se reconfigura como un repertorio de vivencias posibles.

Sin embargo, esta etapa —aparentemente liberadora— encierra una torsión más profunda.

Porque la experiencia, por sí sola, ya no alcanza.

No basta con vivir: es necesario mostrar.

No basta con sentir: es necesario narrar.

No basta con atravesar algo: es necesario que ese algo sea visible, comunicable, validado.

La experiencia se vuelve así un insumo dentro de una cadena más amplia: vivir → mostrar → contar → medir → optimizar. Lo vivido pierde autonomía y pasa a integrarse en un circuito donde adquiere valor en la medida en que puede ser capturado, traducido y circulado.

En este punto, emerge una cuestión decisiva: ¿qué ocurre con el sujeto cuando su identidad se construye a partir de experiencias que, además, están socialmente codificadas?

Aquí aparece el problema de la imitación.

Desde la psicología sabemos que el ser humano aprende imitando. No es un rasgo accesorio, sino estructural. Pero históricamente, la imitación cumplía una función transitoria: se imitaba para aprender y, eventualmente, diferenciarse. Había un pasaje desde la referencia externa hacia una interioridad propia.

Hoy, ese pasaje parece debilitarse.

Las experiencias que organizan la identidad no son neutras ni espontáneas: están previamente formateadas, culturalmente disponibles, socialmente validadas. Se sabe qué es “un viaje transformador”, qué es “desconectar”, qué es “reencontrarse con uno mismo”. El sujeto no inventa esas formas: las reconoce y las reproduce.

En ese marco, la imitación deja de ser un medio para convertirse en un fin. No se busca una referencia para superarla, sino para habitarla. No se trata de inspirarse en un modelo, sino de sustituirse en él.

El resultado es paradójico.

Nunca hubo un discurso tan insistente sobre la autenticidad, la singularidad, el “ser uno mismo”. Pero, al mismo tiempo, nunca las formas de ser estuvieron tan estructuradas, tan disponibles, tan repetibles. La identidad se presenta como elección personal, pero se ejerce dentro de un catálogo de posibilidades previamente legitimadas.

Así, el sujeto contemporáneo parece constituirse en una tensión constante:
cree afirmarse, pero en gran medida se deriva.

Deriva de experiencias diseñadas, de relatos disponibles, de modelos visibles. Deriva, en última instancia, de aquello que el entorno le ofrece como deseable.

Esto no implica que no haya margen para la singularidad. Pero sí obliga a reformular la pregunta: ¿hasta qué punto aquello que vivimos como propio no es, en realidad, una forma lograda de repetición?

Quizás el rasgo más característico de nuestra época no sea la pérdida del yo, sino su transformación: de origen a resultado, de núcleo a superficie, de punto de partida a efecto.

Un yo que ya no se posee, sino que se compone.

Y en esa composición, cada vez más, nos acercamos a la lógica de la optimización de la sustitución.

Nunca hubo tanta búsqueda de “ser uno mismo”. Pero nunca hubo tanta homogeneización de formas de ser. El sistema no necesita imponerte qué ser, le alcanza con darte modelos deseables para imitar.

Ser → tener cosas, Ser → identidad, Ser → Vivir/Sentir experiencias, Ser → Ser visto (atención), Ser narrado → relato, Ser medido → datos, Ser optimizado → rendimiento, Ser anticipado → predictibilidad, Ser diseñado → configuración y finalmente, Ser sustituido.

La próxima vez que vayas por un café y leas… esto no es solo una preparación, sino «una experiencia», me recordarás y te preguntarás …¿qué estoy viviendo realmente: algo propio o la forma en que me enseñaron a vivir? ¿Ese momento nace en mí o ya estaba escrito antes de que lo eligiera? ¿Estoy siendo… o estoy ocupando un lugar disponible?

¡Hasta la próxima!