Horacio Otheguy Riveira.

Tres hombres y tres mujeres en un encierro rodeado de hermoso paisaje suizo al que no se podrá acceder, en «15 o 18 años», según reza la fría voz femenina. Si sucediera en España, se agregaría el consabido «Perdonen las molestias. Muchas gracias». Pero no es este país, es otro, solo en una manera un tanto circense representado por alguno que viste traje típico de los alpes suizos, y porque sabemos que el director es nativo de ese país, el célebre hombre de teatro con gran alcance operístico, Christopher Marthaler. Aquí con el no menos prestigioso Théatre Vidy-Lausanne y productores internacionales.

En este encierro (¿refugio? ¿bunker? ¿choza?) se sucederán situaciones inconexas que solo ellos comprenden, y por eso sus intérpretes se cambian de ropa, se la quitan para una sauna ficticia muy saludable, y se vuelven a vestir para distintos ceremoniales que se producen como propio de autómatas, o acaso ingenuos a lo Buster Keaton, y -otra vez el circo- de pronto el hombre mayor, el más alto, parece sufrir un ataque cardiaco, avanza a trompicones, cae desvanecido, pero lo socorre la más joven del grupo, muy delgada es, sin embargo, muy fuerte, acróbata perfecta que carga con el hombretón sobre su espalda y luego lo reaviva con sus bellas piernas desnudas en el pecho.

Aquí y allá ellos puede que se comprendan, no está uno muy seguro, pues hablan italiano, inglés (escocés), francés y alemán, según la procedencia de los intérpretes, todos dúctiles, uno especialmente histriónico líder del grupo con muchas intervenciones gritadas a golpe de manu militari. Un humor propio del magnífico Rey del Absurdo, Eugene Ionesco (que también hablaba «raro», rumano por nacimiento, y francés por patria potestad, habitante de un lujoso piso en París, donde todo estaba ordenado, pulcramente prefijado, y él te recibía con impecable traje y corbata).

Tras el humor, música, algunas canciones, y el montacargas en el centro, el vehículo que todos han usado para entrar en escena, y que se vuelve a utilizar en otras secuencias.

Del gran cine mudo hay una escena sensacional: al líder le urge orinar, no encuentra aseo alguno, entonces va a buscarlo fuera sale del refugio porque estamos en el teatro y todo es posible). Al fin lo encuentra en un lateral del escenario, al abrir la puerta, se desmorona íntegramente, y él se va con su micción a otra parte, una cualquiera que no vemos, pero de la que viene al fin aliviado.

The Summit es muchas cosas en sus dos horas que pasan volando, pero sobre todo es una alegoría de un grupo de adultos que parecen niños sorprendidos de cuanto sucede, escuchan y ven hasta que, misteriosamente, aparece en lo alto un televisor donde un violinista crea un campo lúdico fascinante.

Absurdo y lirismo a ratos porque el mar de fondo es apartarse de la vida cotidiana sin dejar de pertenecerle, cada individuo aferrado a sus rutinas y su vacío. Alguien dice: «Parábola de la crisis europea», y cada espectador es dueño de interpretar a su manera el presunto mensaje, pero todos de acuerdo pueden estar ante un espectáculo muy gratificante, si se acepta en los primeros diez minutos el juego propuesto.

 

TEATROS DEL CANAL. SOLO DOS FUNCIONES: Sábado 4 de abril y Domingo 5