Por Alberto García-Teresa.
Luna baja, un riguroso poemario de senectud es lo que ofrece la más reciente entrega de Francisco Díaz de Castro (Valencia, 1947). Se trata de una obra marcada por la melancolía y por la rememoración, en donde cobra un papel muy singular la alteración de la memoria. En efecto, estos poemas constatan cómo la memoria emborrona, difumina o inventa recuerdos cuando el sujeto reflexiona sobre el tiempo y los sucesos experimentados. Sin embargo, cabe destacar que el autor esquiva los tópicos, a pesar de adentrarse en terrenos muy explorados y en temas clásicos como el ubi sunt? o el carpe diem: «No te engañes, no alientas las vanas esperanzas, / goza de ser quien fuiste, dios de un día», nos alerta.
La columna vertebral de estas páginas se ubica en la mirada sobre el entorno desde la vejez. El «yo» recorre los escenarios en los que ha acontecido su vida, especialmente su juventud. Según se suceden las piezas, se va constituyendo una suerte de balance vital. Lo lleva a cabo rehuyendo la autocomplacencia y el enjuiciamiento. De esta forma, Díaz de Castro asume con resignación y una paciente serenidad ese paso del tiempo y todos los cambios y pérdidas que ha arrastrado consigo. A partir de ahí, consigue, puntualmente, conformar un honesto alegato vitalista, anclado, en última instancia, en la conciencia del presente y en el recogimiento en el amor y en los vínculos: «Mirar tan sólo, / mirar con ojos limpios / […] ver sin ningún propósito // […] ver nada más». En ese sentido, se intuye una asunción de los límites que germina en cierto conformismo, vinculado a un desprendimiento de la soberbia a la que podría llevarnos una ilusión desaforada por vivir: «nunca serán bastantes los deseos cumplidos».
Para tal proceso, se produce un distanciamiento del propio «yo»: «Me miro en el espejo y he perdido mi cara. / Veo a un borroso alguien […] / como de historia ajena». Precisamente, a través de ese efecto, el entorno familiar cobra una nueva dimensión cuando es revisitado bajo ese enfoque. Pasa casi a convertirse en una contemplación objetiva, ajena al sujeto, lo que posibilita que se despegue de lo biográfico para moldear conclusiones más existenciales. De hecho, llama la atención que los poemas recojan significativamente la memoria visual en especial, quizá la menos tamizada por la subjetividad. Esta se desencadena bien por la descripción de pinturas o de fotografías, o bien por la contemplación directa de los espacios, con lo que se genera dicha evaluación sobre el pasado. Con todo, llama la atención la ubicación central de los conciertos de música en varias de las piezas y el trenzado de referencias literarias que tejen una tenue red culturalista que sostiene sus pasos.
De esta manera, a través de una buena factura formal, una hábil adecuación del ritmo y una continua tensión en el verso, Francisco Díaz de Castro permite que los poemas discurran con fluidez en una obra que da cuenta, como explica el mismo poeta, de que «ha llegado el tiempo de recoger las velas».

Francisco Díaz de Castro
Luna baja
68 páginas
Renacimiento, 2025

