Por Patricia Crespo.
La poeta Mónica Picorel ha creado un territorio poético propio, alejado de corrientes, con apenas tres poemarios publicados, el último de ellos Fui un árbol en un balcón minúsculo (Baile del Sol, 2025). Este libro viene a confirmar esa voz que ya había trazado su singularidad en Las otras geografías y Vida secreta de nuestros animales. Su escritura deshace lo conocido para enfrentarnos a un universo particular de siluetas como sombras que emergen en la noche para extraer ese haz de luz que ilumina una verdad personal. Por ello, como quien entra en una habitación y se queda quieto para no romper nada, entraremos en Fui un árbol en un balcón minúsculo para aprender a quedarnos en él, a habitarlo y escucharlo.
El prólogo del poeta Diego Roel ubica con acierto algunas de las claves del estado poético de este libro, invitándonos precisamente a dejarnos confundir, a perder el rumbo sin coherencias ni órdenes prefijados. Uno de los aspectos más destacados de Fui un árbol en un balcón minúsculo, y de la poesía de Mónica Picorel, consiste en cristalizar aquello intuitivo e inconsciente que origina el poema en una bella y sorprendente imagen que dota de un cierto aire onírico al poema, desafiando la lógica racional; de este modo, nos acoge en su sensorialidad: «No te levantes / estoy dando forma a la paciencia». Su poética no es un artefacto estético ni convencional; exige del lector el instinto para abrazar un simbolismo abierto.
El título, con ese verbo en pretérito perfecto —«fui», no «soy»—, nos instala desde el principio en una conciencia de pérdida, una nostalgia que no es lamento, sino lucidez: la de quien conoce la irreversibilidad de lo que ya es pasado. Por otro lado, la antítesis entre la dimensión arbórea y la pequeñez impuesta del balcón no es una contradicción decorativa: es la imagen exacta del deseo contenido por el espacio que se nos concede para vivirlo, del impulso vital que crece hacia donde puede, no hacia donde querría. Todo el libro es, en cierto modo, la exploración de esa tensión: «Fumigar un manzano que crece hacia dentro / que su anomalía honre / la hora callada de la noche».
El poemario se articula en tres partes —«Raíz primaria», «Marcescente» y «El falso fruto»—, cuya disposición responde a una lógica orgánica, ya que el movimiento que trazan no es circular, sino ascendente y, a la vez, transformador: de la raíz —lo originario, lo que sostiene— a la marcescencia —ese estado vegetal en que las hojas muertas permanecen adheridas al árbol sin caer, resistiendo—, hasta el falso fruto, que nombra aquello que tiene la apariencia, pero no lo es. En esa disposición existe una propuesta implícita sobre la identidad, la memoria y la escritura misma: la poeta no avanza hacia una revelación, sino hacia una comprensión más honesta de lo que no puede poseerse del todo.
Deslumbra en esta poeta la potencia de sus imágenes. Estas parecen surgir de un pensamiento que no se limita a describir lo visible, sino que traduce lo invisible —lo soñado, lo sensorial, lo ambiguo— al lenguaje poético. Mónica Picorel no trabaja con la metáfora como ornamento, sino como umbral: el poema se abre entre la palabra y lo pensado, y en esa grieta habita: «Te he llamado hasta que la noche / ha dejado a mis pies / la mortaja de tu nombre». Sus imágenes se experimentan, se palpan. Es un procedimiento que recuerda, en su brevedad y su capacidad de extrañamiento, al que sostiene Chantal Maillard, aunque Mónica Picorel prescinde del andamiaje filosófico explícito que sostiene aquella y confía más radicalmente en la imagen sola:
Vuelvo de la noche
con azúcar glas en el pelo
y no sé de esta dulzura
no sé.
Su estilo poético crea una constelación íntima definida principalmente por la concisión. Muchos de sus versos son breves, prescinden de puntuación marcada para crear una lectura fluida gobernada por el ritmo interno y las resonancias. La forma paratáctica, el uso de la anáfora y el asíndeton confieren a su prosodia un tono litúrgico, casi ritual, donde la oralidad es constitutiva, no accidental:
escribir sobre la forma en que el cuerpo amado toma aire
sobre cómo quedo suspendida en ese aire
sobre cómo preparar un cordero desestimado para el sacrificio.
Así, exige del lector una disposición intuitiva, casi sensorial. Porque encontramos en esta poeta una metafísica que no es existencial, sino sensitiva, que rompe lo previsible para dejarnos en suspenso, como quien entra en una habitación a oscuras y percibe que algo ha cambiado sin saber aún qué.
Extraordinaria es la capacidad para resignificar el lenguaje, al apropiarse del léxico cotidiano para reconstruir sus significados. Leer a Mónica Picorel es redescubrir el valor de palabras como habitación, vestido, flor, cordero…, las cuales atraviesan el poemario purificadas de sus usos convencionales y restituidas en un aura nueva. El lenguaje es aquí el germen del poema: Picorel trabaja cada matiz de su textura hasta revelar una relación inédita entre significante y significado. Yuxtapone así planos semánticos aparentemente incompatibles —lo doméstico y lo sagrado, lo mínimo y lo absoluto— sin que la costura se note, porque la transición no es lógica, sino sensorial. La causalidad se suspende y, en su lugar, aparece una coherencia más profunda: la de la emoción que reconoce lo verdadero antes de que la razón lo valide. El poema es siempre, en su escritura, el resultado de un estado de búsqueda.
En este poemario, un aspecto esencial es el juego pronominal. La voz de la enunciación oscila, alterna perspectivas, introduce la impersonalidad no como distancia, sino como apertura: el lector es convocado como espectador activo, envuelto en una atmósfera que lo interpela sin nombrarlo. El «yo» que enuncia muchos de los poemas no debe leerse ni desde la poesía confesional ni autobiográfica. Es, más bien, un «yo» despojado —como quien se arranca un vestido o un disfraz— para que algo más profundo emerja: «El milagro sucede en la disolución del yo / sucede paralelamente al mordisco de la pobreza». La identidad no se diluye, sino que se abre a una otredad que la contiene y la desborda, y en esa ambigüedad entre el sujeto que enuncia y el sujeto que se deshace reside uno de los aspectos más fértiles de la poesía contemporánea; y Mónica Picorel lo resuelve poéticamente: «esta tierra que cavo con manos de otra / será toda la tierra / Mi don es ser / aunque no sea la misma y sea todas y ninguna».
El cuerpo es el lugar donde el poema sucede: un cuerpo que percibe antes de nombrar, que siente antes de comprender, que traduce lo invisible a palabra. Nos encontramos, entonces, ante una tensión entre lo tangible y lo incorpóreo. Esta corporalidad vulnerable y atenta sostiene también el ritmo del poemario, una escritura que sigue la respiración más que la lógica:
Este poema
es el contraluz de un cuerpo
cuerpo
que, como el pan,
podremos tocar y repartirnos.
Fui un árbol en un balcón minúsculo se desnuda en el asombro, lejos de mandatos y constructos, para ofrendarnos una voz que reduce para ampliar, que calla en el lugar exacto donde el silencio dice más, donde lo invisible tiene peso y temperatura. Ese equilibrio raro entre la vulnerabilidad y la precisión es lo que hace necesario este libro. Y cada verso de Mónica Picorel hace algo difícil: encontrar un lenguaje propio, reconocible desde el primer instante, que no imita ni concede. El árbol que da título al poemario no existe ya, o existe solo en la memoria de haberlo sido. Pero el balcón que lo limitaba no era una frontera: era el borde exacto desde donde el mundo comienza a arder en lo mínimo. Y eso, en poesía, es todo.

