
Sandro Luna (L’Hospitalet de Llobregat, 1978) es profesor de instituto de Lengua y Literatura castellana y Filosofía. Ha publicado los siguientes libros: ¿Estamos todos muertos? (Pre-Textos, 2010), Eva tendiendo la ropa (Pre-Textos, 2015), Casa sin lugar (Canto y cuento, 2018), la plaquette Fuego de San Telmo (Banda legendaria, 2020), El monstruo de las galletas (Hiperión, 2020). La noche que a Eddie Felson le rompieron los dedos (Ediciones Menoscuarto, 2024) y la antología personal Mañana Dios dirá (Nectarina, 2024). Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado (A pie de página, 2025) es su último poemario.
Desconozco qué propicia el milagro de la poesía
Javier Gilabert: Acabas de inaugurar el palmarés del I Premio de Poesía Julio Mariscal en Jerez, de la mano de la asociación Pie de Página, con Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado. ¿Por qué este libro y por qué ahora, tras una racha tan brillante de publicaciones y galardones?
Sandro Luna: Me temo que, si yo supiera de porqués o de “ahoras”, jamás me atrevería a escribir ni a moverme de mi centro… Todo lo que amo no entiende de mesuras, órdenes, parámetros, márgenes… Y todo el atrevimiento con el que vivo siempre me lo da mi propia ignorancia que, ya se sabe, es de naturaleza intrépida. Desconozco qué propicia el milagro de la poesía, la posibilidad del poema, quizá una especie de escucha interior que no anticipa nada ni nada pospone. Creo que la belleza de la poesía, su magnitud, reside, principalmente, en que bebe de la fuente de un ahora inagotable. Yo me acerco a esas aguas por intuición, porque siento cerca su arroyo y uno, que tiene vocación suicida y anda siempre en celo y herido, no puede evitar adentrarse en ellas sin medir, sin saber…
En cuanto al I Premio de Poesía “Julio Mariscal” fue un honor recibirlo. Julio Mariscal tiene algunos de los poemas más hermosos y desgarradores que he leído, además, pertenece a una generación cuyos autores tienen voces muy poderosas; así que el hecho de que mi nombre aparezca junto al suyo es algo que le pone un broche muy valioso a un libro como éste, al que le tengo tanta estima porque en él está de manera absoluta todo lo que amo y lo que no.
Estos poemas son como flechas sin ángulo
Tu experiencia como profesor de instituto es el hilo conductor de este poemario. ¿Cómo y cuándo surge la idea de convertir las aulas, los pasillos y a los alumnos en materia poética?
Nunca hubo una idea previa de la escuela como punto neurálgico, pero, poco a poco, los poemas, la estructura, la disposición se me fueron dando a los ojos cuando menos claro lo veía. Recuerda aquello de Shen Hui: “La verdadera visión llega cuando ya no se ve”. Y a esa conciencia de clase se le unió también la otra conciencia de clase. En el libro conviven felizmente los poemas dedicados, por ejemplo, a Lucía tras leer las coplas de Manrique y ver cómo lloraba emocionada o aquellos otros dedicados a los tomates, por ejemplo, que comía mi abuela sin desperdiciar absolutamente nada de ellos, porque tuvo siempre muy presente el privilegio de los alimentos y la dignidad con la que vivió su carencia.
Pero, ahora bien, tomó cuerpo y coordenada tras la lectura con los muchachos de 3º de la ESO de El Lazarillo de Tormes. Recuerdo que propuse que leyeran en casa un tratado y pactamos comentarlos en clase los días venideros. Sucedió que no entendían bien el texto y ese castellano le sabía a esparto en la lengua y en el oído… y así ocurrió el milagro: lo leímos durante algunas semanas en voz alta en clase, compartiendo dicción, interrogándonos sobre la vida, debatiendo sobre cuestiones morales y códigos éticos, sobre el valor del pan, su transcendencia, sobre el apoyo mutuo, sobre la necesidad de ser rápido en la intemperie, sobre la importancia de dar cada uno según su capacidad y de recibir, en igual medida, según su necesidad… y sucedió lo más hermoso para un servidor y es el libro que nos reúne ahora en estas preguntas y respuestas.
Dos poemas de Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado dan buena cuenta de esas sesiones (“Hideputas” y “El mozo del ciego”). De hecho en la dedicatoria final del libro, a modo de homenaje y de agradecimiento, está el nombre de todos los muchachos y muchachas que hacen cada día que este trabajo nuestro, más allá de miserias burocráticas, merezca la pena, aunque nos cueste la salud.
Así que, estos poemas son como flechas sin ángulo, no comparten igual dirección, aunque apunten al mismo centro. Y ahí sí, las aulas funcionan como una fértil cohesión porque su dimensión semántica se amplifica hasta las más remotas posibilidades.
La cotidianidad sigue siendo esa fiera indomable que me fascina
¿Cómo ha sido el proceso de escritura? Haciendo retrospectiva desde aquel lejano ¿Estamos todos muertos? hasta obras recientes como La noche que a Eddie Felson le rompieron los dedos, ¿en qué medida veremos en este libro al Sandro Luna de siempre? ¿El tiempo y las aulas te han domesticado o sigues atrapando la cotidianidad con el mismo salvajismo?
En los últimos 4 años he vivido una fiebre creativa como nunca había vivido. Ahora estoy en un barbecho obligado, más seco que una grieta e incapaz de dar con un verso que merezca la pena. En el transcurso de esos años, como decía, he publicado tres libros: La noche que a Eddie Felson le rompieron los dedos, Mañana Dios dirá y Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado. Tengo, además, uno inédito y otro agazapado a la espera de su mejor versión. Así que escribir, digamos, como formulas tú, su proceso, es una inevitable forma de estar en el mundo, una resistencia contra el odio, un cobijo… pero también una manera de no volverse loco, o quizá de elegir minuciosamente el tipo de locura que uno quiere vivir. Si me pides que eche la vista atrás, desde aquel interrogante existencial de ¿Estamos todos muertos? hasta los dedos quebrados de Eddie Felson, te diré que el proceso ha sido menos un «camino de perfección» y más una pelea interna por la aceptación de mis contradicciones. En poesía, tenemos el oxímoron, una suerte de fruto que permite conjugar la mala leche del pensamiento con el lirismo de las palabras.
El proceso de escritura no ha cambiado tanto: sigue siendo un ejercicio introspectivo y de supervivencia. Uno empieza queriendo incendiar el
mundo y acaba intentando que la cerilla no se apague antes de encender el cigarro…
La escritura de estos poemas me ha deparado momentos de tremenda felicidad, inusuales encuentros con un yo rotundo, pero casi olvidado, que no soy más que yo mismo hace treinta años intentando escribir estos poemas mientras me regalan Hojas de hierba del viejo Walter (“Carta al joven poeta que una vez quise ser hace más de veinte años”).
En estas páginas me verás, claro, no puedo escapar de mí mismo. Sigue ahí la mirada periférica, la que busca la belleza en el desconchado de una pared o en el gesto cansado de alguien que encuentra la grandeza en la derrota («que estamos en derrota, nunca en doma», dice Claudio). La voz es la misma voz enamorada de siempre.
Me preguntas también si el tiempo y la tiza me han amansado. El tiempo no domestica, sólo te enseña a afilar los colmillos con más discreción. La cotidianidad sigue siendo esa fiera indomable que me fascina, y yo sigo siendo ese cazador que, a veces, prefiere dejar que la presa escape solo por el placer de contemplarla; y también soy esa presa que agradece con lealtad la libertad que, nuevamente, le brinda el cazador.
Las aulas son el lugar del que provengo, en ellas aprendí, en ellas enseño, en ellas vivo. Las aulas son mi casa y mi mundo y lo que ocurre en las aulas es la vida misma.
La velocidad y el amor: ambos te nublan el juicio
¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores ante un título tan expansivo, hermoso y cinematográfico? ¿Qué efecto esperas provocar en ellos?
En el poema que abre el libro, “Es temprano”, se encuentra el título del libro: “Y esa velocidad/que tanto se parece/a estar enamorado/ya no se acaba nunca”, así que el título es una declaración de intenciones en toda regla que ya encamina al lector, si es que se deja, por ese sendero casi imperceptible que trazan la velocidad y el amor: ambos te nublan el juicio.
Más que un libro de amor, que lo es, es un libro sobre la intensidad de estar vivo. Así que si alguien lo lee y siente esa intensidad de las palabras que bregan en él, me sentiré muy feliz y honrado y complacido.
¿Qué papel desempeña la estructura o la disposición de los poemas en el volumen? Al tratar sobre tu experiencia docente, ¿fue algo deliberado seguir una especie de «curso escolar» o resultó más intuitivo durante la creación?
Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado está dividido en dos secciones que refieren al otro Lázaro (“Levántate”) y a esa voz que se escucha hasta dentro de las piedras (“Y anda”).
Un amigo, cuando manejaba los poemas, me sugirió esa posibilidad que comentas, disponerlos siguiendo un orden cronológico acorde con el curso escolar o con el día a día. Desdeñé esa opción porque tenía algo de programático y sentí que iba en contra del espíritu del libro. Su estructura fue intuitiva y contó con la ayuda inestimable de otro amigo que me ayudó a ver con mayor claridad lo que tenía delante de mí. Entonces los poemas encontraron su mejor acomodo. De hecho, date cuenta, el poema que cierra el libro contiene, de alguna forma extraña, todos los anteriores (“Tú me limpias las manos./Dios no sabe.”).
Los poemas de este libro tratan de los mismos temas de siempre, de mi universo afectivo, pero parecen nuevos, como si tuvieran la posibilidad de alcanzar una nueva dimensión dentro de sí mismos y bucear “otra vez” por las aguas de Heráclito. Yo siempre me siento muy agradecido por poder escribirlos y compartirlos.
Te pongo en un aprieto de los difíciles: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado, ¿cuáles serían y por qué?
Serán cuatro, no tres.
No tengo ninguna deuda con los poemas que he tenido la suerte de escribir e intento no tener deuda con casi nada, así que no supone ningún aprieto señalar estos cuatro a los que tengo una querencia especial por cómo se dimensionan en el conjunto de mi obra hasta ahora.
“Tú me mueves” es para mi hija Ana, la eterna aprendiz de Tom Sawyer o Little Bone o pequeña Patti Smith, como prefieras… y ejemplifica, de alguna manera, el modo en que ambos estamos en el mundo. El título, además, es un guiño al poeta y hermano Agustín Pérez Leal y también a ese maravilloso soneto que forma parte de nuestra memoria. “Confesión” que habla de nuestro amigo Dylan, un beagle intrépido que nos cuidó y quiso con el magisterio con que enseñan los mejores amantes Y, por último, “Taburete” porque hace referencia al taburete en el que me sentaba de pequeño mientras miraba a mi abuela en la cocina trajinar con la comida, creo que en ese taburete tuve mis primeras reflexiones y también los primeros asombros intelectuales. Y, por último, “Exámenes finales (Ética de Spinoza)” que es para mi amiga del alma y recrea un momento de estudio, los dos juntos, en mi dormitorio, ella con un tocho de Neuropsicología y yo peleándome con los más demenciades ilustrados… y ver su letra redonda… su letra redonda.
Decía Celan en una carta que «Los poemas son también regalos; regalos para quienes están atentos». Así que estos cuatro poemas son cuatro regalos que tuve el privilegio de escuchar y escribir y que no tratan de otra cosa que del amor y del agradecimiento que siento por mi hija, por mi amigo, por mi abuela y por mi amiga del alma.
Me interesa muy poco la literatura actual
Como licenciado en Filosofía, tienes un pie anclado en la reflexión profunda y otro en la inmediatez de la calle. Tienes una querencia muy explícita por soltar un exabrupto castizo en medio de un poema para provocar un cortocircuito lírico en el lector. Desde esta doble mirada tuya, ¿crees que a la literatura actual le falta filosofía o le sobran pretensiones?
De hecho, querido amigo, soy de barrio y viví mi adolescencia cuando la década de los 90 estaba en ciernes y aún convivía con lo peor de los 80, así que me ha tocado aprender a moverme siempre con cierta ligereza –imagino que a ti también–. Y un exabrupto, para un servidor, funciona más como una manera de decir “Te quiero” que, como una ofensa real, ya lo sabes. Tengo amigos de toda la vida y cuando nos vemos nos soltamos lindezas tales como: «¡Cuánto tiempo, hijoputa!», «¡Me cago en tu puta madre!»”, «¡Muérete ya, cabrón!». Y tan amigos.
Ahora bien, pongámonos serios y centrémonos, que soy de lengua fácil y dado al rollo… que algunos poemas puedan contener un exabrupto y conferir al lector el cariño y la intención con la que está vivido y escrito, me parece un logro hermoso para tipos como yo, que amamos y servimos a las palabras con toda la fidelidad con la que nos deja el corazón.
En cuanto a tu pregunta, salvo algunas excepciones, me interesa muy poco la literatura actual. De pretensiones poco sé, así que soy incapaz de decirte si eso es lo que le falta; pero algo de filosofía he leído y la amo con la pasión con la que escribo poesía, así que sí que puedo afirmar que quizá le noto una falta de lectura, de conocimiento de la tradición, de curiosidad, de humanismo, en el sentido más amplio de la palabra, de autocrítica, de reflexión. Pero insisto, no soy un buen consejero de la literatura actual, para mí el mejor libro actual y reciente es la novela gráfica “Maus” de Art Spiegelman y de eso hace ya unos cuantos años…
Es deber del alma compartirse
En tus redes sociales sueles acompañar tus textos con una despedida ya mítica: «Buenas noches, camaradas de lo efímero. Sed tan buenos como el corazón os deje». Hay en ella ternura y conciencia de la mortalidad. ¿Es esta la filosofía que atraviesa tu nueva obra? Y frente a esa fugacidad donde todo caduca en diez minutos, ¿a qué libros o autores vuelves como refugio absoluto para curarte de la velocidad?
Conciencia de la finitud y entrega al otro, por un lado. Tendencia a la Bondad, en el más amplio sentido, por el otro. Conforme a esos enunciados he querido vivir siempre y citar esas oraciones tan sencillas, «Buenas noches, camaradas de lo efímero. Sed tan buenos como el corazón os deje», enunciarlas, me retorna al camino si es que me he perdido otra vez o me recuerda que existe un tú, por ejemplo, o me graba otra vez y otra vez con su fuego el corazón para que nunca olvide que tan sólo tenemos el ahora, que porque no poseemos, vemos, que es deber del alma compartirse y vivir sólo así, según ese principio que tan sólo confiere el corazón.
La velocidad, más que herir, nubla. Mis lecturas, casi siempre, son las mismas. En los últimos tiempos me acompaña la obra de Josep Maria Esquirol, es un refugio contra la intemperie (esto es muy suyo). Y en la mesita de noche siempre está el bueno de Melville y el todopoderoso Stevenson, Corto Maltés, Resurrección de Tolstoi y El apoyo mutuo del amigo Kropotkin. Y he de añadir a dos poetas con los que confraternizo a unos niveles increíbles y son motivo de gozo constante y aprendizaje: Claudio Rodríguez y Miguel Ángel Velasco. De los dos soy un confeso devoto.
Más que mitos a seguir tengo autores referenciales
La carrera literaria rara vez se sostiene en absoluta soledad. Si miras por el retrovisor de tu trayectoria, ¿quiénes dirías que han sido tus grandes mitos a seguir? Y bajando a la tierra, ¿se escribe mejor sabiendo que hay amigos y compañeros de generación, otros «cabrones» (dicho con todo el cariño), leyéndote al otro lado?
Y sin embargo, querido, es la única manera que tiene de sostenerse. Aunque he de confesarte que yo no creo que exista una carrera tal. Más que mitos a seguir tengo autores referenciales que han estado siempre y me han ayudado a ver allí donde yo aún estaba ciego. Hablo de Vicente Gallego a quien conocí hace ya siglos y sus palabras afectuosas y fraternas me acompañan desde siempre. Luego está José Mateos, a quien conocí algo más tarde, pero con quien me une el mismo amor que me une a Vicente. Ambos me parecen poetas ejemplares, por honestos y fieles a la palabra viva a la que todos aspiramos. Si tiramos del hilo y vamos para atrás tenemos a Claudio Rodríguez. La primera vez que leí El don de la ebriedad me voló la cabeza. Y, aunque parezca un tópico, en la retaguardia está don Antonio Machado y más atrás, porque hemos hablado de aguas y de fuentes, se encuentra “Yo, el maestro, Gonzalo de Berceo…”. Así que ya ves, bajo el sol no hay nada nuevo.
En cuanto a la otra pregunta he de decir que, a mí, la poesía, además de momentos de intenso placer, profunda reflexión y autoconocimiento, me ha dado amigos. Si se escribe mejor o no, la verdad, no importa demasiado si se cuenta con la atención, que es la forma más pura de la generosidad, de amigos que te quieren y ayudan a mirar donde tú no eres capaz.
Me siento obligado a parar, a aprender a mirar con renovados ojos
¿Supone este poemario un punto de inflexión en tu producción poética? ¿Y a partir de ahora, qué proyectos tienes entre manos?
Antes he comentado que tengo un libro inédito que doy por cerrado y otro que espera en el cajón su mejor versión. También que ahora mismo estoy más seco que el olmo de Machado… así que sí, es un punto de inflexión porque me siento obligado a parar, a aprender a mirar con renovados ojos, si está de Dios. Y todo lo que venga será bienvenido.
Por último, como lector empedernido, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?
Tengo un alumno que es un poeta en ciernes, aunque él no lo sepa de manera rotunda y absoluta todavía; sería formidable pasarle esta entrevista adaptando, claro, las preguntas. Se llama Unai, tiene 15 años, está en mi clase y ha escrito cosas sorprendentes y sinceras que he tenido la suerte de leer, más como camarada que como profesor. Pero como me temo que eso no es posible y, a estas alturas de tus entrevistas, muchos poetas a los que quiero y admiro han pasado ya por ellas, te diré un nombre: Olivia Martínez Giménez de León. Una poeta admirable y valiente que no se lee con la atención que merece, la cual cosa suele ser frecuente en esto de la poesía. No ha publicado mucho, pero la intensidad de sus textos te vuela la cabeza y el corazón. Recomiendo encarecidamente Los años del hambre (Candaya, 2022).
***
Cuatro poemas de Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado
Tú me mueves
A Ana, pequeña Patti Smith, aprendiz de Tom Sawyer
Muévete, niña, muévete
aunque no te comprendan
y piensen que estás loca, que no puedes
controlarte, que viene
de fábrica esa tara sólo tuya.
No dejes que te duela eso que dicen
los que no saben nada de la vida;
nada saben de ti los profesores,
los tibios de este mundo, ¡qué se mueran!
Jamás les des ventaja a los cobardes.
Que ellos muevan sus fichas sin moverlas
en el tablero mudo de la muerte.
Tú solamente corre, mi pequeña,
sé más veloz que el viento.
Deja que el cuerpo mueva tus raíces
y en cada campanada
de esos tipos que dictan
una verdad a medias,
sé lo mismo que el agua
que de la fuente mana.
Tú me mueves,
mi amor,
muéveme siempre.
Confesión
A Rubén de Jesús.
Creo en Dios de una forma
infantil para un tipo
que ha cruzado de largo los cuarenta.
Me he sentado a leer, por ejemplo, esta tarde
y estaba concentrado en la lectura,
en la maraña
de luces y de nubes
en las que muchas veces
se pierde el pensamiento cuando explora
y he sentido en mis pies, de vuelta ya
de tanta enredadera de palabras,
la cabeza de Dylan,
su cuerpo reclinado en mis tobillos,
su lengua en el empeine,
su cuidado…
y a ese amor tan gigante
que nada me exigía
le he dado mis palabras en silencio.
Y ha recostado el lomo
de su cuerpo en el mío.
Y ha respirado fuerte
como sólo respiran los amantes.
Esa entrega es mi fe
y hago mío su amor.
Mi dios es tan sencillo.
Él enciende una vela
y todo el universo
multiplica sus luces.
Taburete
Todo ángel es terrible.
R. M. Rilke
A Juan Aranda
Le contaba a mi madre que la luz
llegaba a la cocina
como llega un desvelo a medianoche
y en ese sobresalto, como si no existiera,
unos ojos eléctricos obraban
a porfía en los míos.
Mi abuela se sentaba para verme.
Yo la veía a ella en ese mismo trance:
mondando una patata,
cosiendo un pantalón, un calcetín azul,
comiéndose un tomate, remendando
las sábanas aquéllas.
(Yo llamaba a mi hija: “¡Mira quién ha venido,
es la madre del mundo!).
Mi abuela estaba aquí, era el ángel de Rilke
libándome el azúcar
de la memoria.
Mis piernas se columpian en ese taburete.
No está sangrando el pan.
No nos sangran los labios.
Sangramos de alegría.
Exámenes finales
(Ética de Spinoza)
Mi corona está en mi corazón.
William Shakespeare
A Evita
Yo pienso que Spinoza escribía
como puliendo lentes
y que en ese cristal
se adelgazaba el ojo
hasta lo más sencillo.
Te miré aquella tarde, tú estudiabas
Neuropsicología
y yo, seguramente,
el segundo semestre de Moderna,
de rancios ilustrados
que no sabían nada de su culo
pero eran muy capaces
de olerle a los vecinos cuatro pedos.
Yo estudiaba por ti, no tengo dudas,
por estar a tu lado,
ver tu letra redonda.
Y escribo estos poemas
que sé que, en realidad,
son esas tonterías
que me ordenan el mundo en el que vivo.
Luego vienen las lágrimas,
pero son tan hermosas,
no se sabe si duelen o si dan alegría.

