Hay un gesto mínimo, casi insignificante, que define buena parte de la intimidad contemporánea: pulsar «siguiente». Lo hacemos con las canciones que no nos llenan, con los perfiles que deslizamos en una aplicación de citas, con los vídeos que nos aburren a los cinco segundos. Y lo hacemos, también, cuando el rostro que aparece al otro lado de una pantalla no termina de despertar nuestra curiosidad. La conversación, como el amor, se ha vuelto descartable.

Pero bajo esa apariencia de frivolidad se esconde un fenómeno más interesante de lo que parece. El videochat aleatorio, un formato que muchos dieron por muerto con el cierre de Omegle en 2023, vive una segunda juventud. Y esta vez, lejos de ser una curiosidad de adolescentes ociosos, se presenta como una suerte de laboratorio involuntario de la sociabilidad del siglo XXI.

El extraño que fuimos

Walter Benjamin escribió en los años treinta que el arte de narrar estaba desapareciendo porque había desaparecido antes su condición previa: la experiencia compartida. El viajero que volvía del mundo, el artesano que hablaba con clientes de paso, el vecino que conocía a todo el pueblo. Todos aquellos narradores dependían de una forma concreta de contacto con el extraño. Con el extraño próximo, el que cruzaba la puerta del taller. Y con el extraño lejano, el que traía noticias de tierras inimaginables.

La modernidad liquidó a ambos. Las redes sociales, sofisticando la paradoja, terminaron por encerrarnos con los nuestros: amigos de amigos, algoritmos que nos devuelven nuestras propias opiniones, burbujas afectivas y ideológicas donde nadie nos contradice de verdad. Hemos ganado conectividad y, al mismo tiempo, perdido el accidente del encuentro.

El videochat aleatorio —y aquí reside su rareza— reintroduce ese accidente por la puerta de atrás. Pulsas un botón y aparece, literalmente, un desconocido. Alguien con quien no compartes círculo, ni lengua materna necesariamente, ni referencias culturales. La conversación, si se produce, es un improvisado puente entre dos mundos que no tenían ninguna razón para tocarse.

La conversación como forma

Montaigne escribió que conversar le parecía el ejercicio más fructífero y natural del espíritu. «Más vivo y más enseñante», decía, «que ningún otro que se practique con la mente.» Para él, la charla con otro no era un pasatiempo sino una forma de pensamiento: el único modo en que nuestras ideas, al rozarse con las ajenas, se pulen o se rompen.

Es curioso que, en plena era de las conexiones permanentes, conversar se haya vuelto raro. Los mensajes instantáneos son eficaces, pero transaccionales. Las redes sociales son escaparates, no diálogos. El teléfono, ese instrumento milagroso que permitía oír una voz a distancia, parece condenado a la extinción: una llamada no anunciada causa, en ciertos grupos de edad, algo parecido al pánico.

Contra ese fondo, el videochat aleatorio funciona casi como una pieza de museo en uso. Hablar con alguien que no conocemos, mirándole a los ojos a través de una cámara, teniendo que improvisar la primera frase, soportar los silencios, decidir si quedarse o marcharse. Todo eso, que era la norma en cualquier cafetería del siglo XX, hoy se ha convertido en una experiencia insólita.

El caso del español

Los grandes servicios de videochat han sido, hasta ahora, fundamentalmente anglosajones. Las plataformas se diseñaban en inglés y traducían después, con suerte desigual, a las demás lenguas. El usuario hispanohablante —casi seiscientos millones de personas, segunda lengua materna del mundo— quedaba en la práctica reducido a interactuar con interlocutores que apenas entendían lo que decía.

De ese vacío han surgido plataformas regionales. Videollamada.com, lanzada recientemente con foco exclusivo en el público hispano, es un ejemplo reciente de esa tendencia: prioriza las conexiones entre usuarios de España y América Latina, moderación en castellano, interfaz pensada desde el principio para hispanohablantes. La decisión, aparentemente técnica, tiene implicaciones culturales. Un argentino y un gallego pueden ahora encontrarse con la misma facilidad con que antes lo hacían, por azar, un estadounidense y un australiano. El espacio digital hispanohablante gana densidad y gana autonomía.

No es un fenómeno menor. La red, tantas veces acusada de homogeneización anglófona, empieza a dividirse en comunidades lingüísticas que reivindican su propia conversación. Lo que para un ingeniero es una cuestión de «segmentación de mercado» es, para un lector de Benedict Anderson, la aparición de nuevas comunidades imaginadas.

La ética del desconocido

No todo son virtudes, desde luego. El anonimato de estas plataformas ha generado desde siempre un catálogo extenso de abusos: exhibicionismo, acoso, manipulación. Omegle cayó precisamente por no saber contener esa deriva. Las nuevas plataformas han tenido que asumir que el ideal libertario de los primeros años de internet —todos hablan con todos, sin filtros, sin reglas— era una ingenuidad. Moderación humana, inteligencia artificial que detecta contenidos sensibles, verificación de mayoría de edad, botones de denuncia: el aparato de seguridad ha crecido tanto como el servicio mismo.

Es el precio, quizá, de reinventar la conversación con desconocidos en un entorno donde todo queda registrado y donde la frontera entre el juego y el daño es tenue. Pero es también una oportunidad: la de reconstruir, con herramientas nuevas, una ética del encuentro. La de recordar que el desconocido no es solo un riesgo, sino también —como sabían Montaigne, Benjamin y cualquiera que haya viajado alguna vez sin rumbo fijo— una de las formas más antiguas de aprender algo sobre el mundo y, de paso, sobre uno mismo.

Coda

Quizá el videochat aleatorio no pase de ser una moda tecnológica más, destinada a envejecer mal como todo lo que depende de una pantalla. Pero mientras dure conviene mirarlo con cierta atención. Dice algo sobre nosotros el hecho de que, rodeados de conexiones infinitas, sigamos necesitando que el azar nos traiga, de vez en cuando, un rostro que no esperábamos. Que sigamos, en el fondo, a la espera de esa figura antigua y obstinada: alguien con quien conversar.