Por: Mauricio A. Rodríguez Hernández.

Hay casas que no se recorren: se descifran. En Azulejos Blancos, la primera novela de Aída Faingezicht, los espacios parecen más importantes que los personajes, como si cada superficie, pulcra, fría, aparentemente intacta, ocultara una historia que insiste en filtrarse. No es casual. La novela nace de una herencia: un manuscrito dejado por su madre, atravesado por la guerra, el desarraigo y la reconstrucción en Costa Rica. Lo que Faingezicht escribe no es sólo ficción, sino una forma de ordenar la memoria.
Hablar con ella, sin embargo, no abre esas habitaciones. Las respuestas llegan cortas, contenidas, como si cada intento de profundizar chocara contra una pared lisa. A cada pregunta estructurada para indagar en su trayectoria, extensa, pública, influyente, responde con la brevedad de quien no está interesada en explicarse demasiado. El diálogo no se interrumpe, pero tampoco se expande.
Su infancia, por ejemplo, podría ser el punto de partida de muchas claves. Pero ella la resume en una línea: “una infancia tranquila, en un hogar sereno”. Padres “amorosos y luchadores”. Y un detalle que asoma como una grieta en ese orden: “dedicaba horas al ballet y soñaba con vivir en el mundo de la danza”. Ahí aparece, fugazmente, la primera tensión: disciplina y deseo, estructura y fuga. La danza, como en muchas biografías, no fue destino, pero sí lenguaje inicial.
Ese lenguaje muta. En el colegio, dice, “incursioné en la actuación”. La frase tiene un pequeño tropiezo ortográfico, “en rl colegio”, que no parece casual: hay en su forma de escribir una cierta despreocupación por la forma pública, como si el contenido importara más que la pulcritud. O como si la corrección no fuera una prioridad en este intercambio. Lo cierto es que el ballet se transforma en teatro, y el teatro en una primera carrera universitaria. Después vendrán el periodismo, la psicología, la política, la gestión cultural. Una vida atravesada por instituciones.
Porque si algo define a Faingezicht en el espacio público es su capacidad de ocupar lugares de decisión: ministra de Cultura, presidenta de juntas directivas clave, diputada, consultora, académica. Su paso por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes en los años noventa coincide con un momento de reorganización simbólica del país. Pero cuando se le pide una anécdota de esa gestión, responde sin detalles: “el MCJD está lleno de desafíos y anécdotas maravillosas”. La frase podría estar en cualquier discurso institucional. No hay nombres, no hay escenas, no hay conflicto.
Ese tono, correcto, general, evasivo, se repite. Sobre su relación con el campo cultural actual, afirma que “siempre me mantengo ligada al quehacer cultural del país”. Enumera espacios, fundaciones, colaboraciones, sector oficial, sin detenerse en ninguno. Es una presencia constante, pero difícil de precisar. Como si su rol fuera más estructural que visible.
Donde la voz se vuelve un poco más concreta es en el origen de Azulejos Blancos. “Decido escribirla cuando mi madre fallece”, dice, y ahí aparece el núcleo emocional que no se desarrolla, pero que sostiene todo. El manuscrito materno, testimonio de guerra y migración, funciona como detonante. La novela, entonces, puede leerse como un gesto de traducción: de lo íntimo a lo público, de la memoria familiar a la narrativa nacional. En ese sentido, los “azulejos blancos” no son sólo un elemento estético, sino un símbolo: superficies que intentan cubrir, ordenar, higienizar una historia que nunca termina de quedar limpia.

Faingezicht, formada también como psicóloga, parece entender bien ese mecanismo. Pero no lo explica. Prefiere dejarlo insinuado, como si la interpretación fuera tarea del otro.
En su faceta más programática, cuando se le pregunta por el impulso a nuevos talentos, sí aparece una idea insistente: “educación, educación y más educación”. La repetición no es casual. Es, quizás, la única respuesta donde hay énfasis. A eso suma “la oportunidad de realizar y presentar su obra”, y una crítica implícita: no todo depende del sector público. Es una postura que combina su experiencia en gestión con una mirada pragmática sobre las limitaciones institucionales.
¿Por qué hablar de Aída Faingezicht hoy, cuando parece resistirse a la exposición? Tal vez precisamente por eso. En un ecosistema donde la sobreexplicación es la norma, su economía discursiva resulta extraña. Su figura conecta varias capas de la vida cultural y política costarricense, medios, estado, arte, cooperación internacional, pero no se ofrece como relato. Hay que reconstruirla.
Y ahí, otra vez, aparece la metáfora de su novela. Como esos azulejos blancos, su discurso es prolijo en la superficie, pero deja entrever, en las juntas, pequeñas fisuras: una palabra mal escrita, una respuesta demasiado breve, una emoción apenas sugerida. No alcanza para armar un retrato completo, pero sí para intuir algo más interesante: que detrás de la funcionaria, la académica y la gestora cultural, hay una narradora que eligió decir menos… y escribir lo demás en otro lado.

