Redacción.

Saeris Fane no ansía poder. Lo último que necesita es que toda una corte mencione su nombre entre susurros, pero ahora que la han coronado como regente de la Corte de Sangre, acaba de descubrir que una reina no es dueña de su vida. Un gran peso descansa sobre sus hombros.

Su distrito y su hermano necesitan que regrese a su tierra natal…, pero los cambios que la han fortalecido también la han debilitado. Nacida bajo soles ardientes, Saeris morirá a buen seguro si regresa a su casa a través del mercurio. Así pues, una vez más debe enviar a alguien en su nombre…

Kingfisher de Puerta Ajun ha derrotado a ejércitos y sobrevivido a todo tipo de horrores, pero puede que viajar de regreso a Zilvaren junto con Carrion Swift le cueste la vida. El contrabandista se niega a cerrar el pico. Los aguardan todo tipo de peligros ocultos en los estrechos callejones de la Ciudad de Plata, secretos que plantean imposibles amenazas. Fisher tendrá que llevar a la fuerza a Carrion y cumplir su misión a toda prisa si es que quiere volver a ver a Saeris.

La oscuridad cae sobre Yvelia. El reino y sus amigos están en peligro. Juntos, Saeris y Fisher tendrán que atravesar fuego y azufre para salvarlos.

«El infierno está vacío y todos los demonios están aquí». William Shakespeare, La tempestad

«Prólogo

Un lobo es una criatura versátil.

Adaptable.

Cuando pertenece a una manada, el lobo es parte de algo más grande que él mismo. Desempeña un papel, ocupa un lugar en el discurrir del mundo. Dentro de una manada hay seguridad.

Pero un lobo también es capaz de sobrevivir solo.

En mitad de un bosque, a medianoche, rodeado de depredadores por todos los flancos, un lobo puede escabullirse como una sombra entre los árboles. Puede refugiarse en recodos oscurecidos, acechar a sus propias presas.

Puede esperar a que sus enemigos se confíen y contraatacar a dentelladas cuando lo atacan…

Sobre todo con una espada divina en las manos.

Yo ya estaba listo cuando llegó el vampiro. Me había estado siguiendo como un espectro por entre los pasillos vacíos de Ammontraíeth desde que salí de los aposentos de Saeris. Sentí su rabia hirviente cerca de mí. A la espera.

Adivinar lo que sienten los seres vivos no requiere gran habilidad. Hay quienes pasan siglos entrenándose para controlar sus sentimientos. Entre los fae, vale la pena asegurarse de que los pensamientos y sentimientos permanecen ocultos. Sin embargo, da igual la práctica que tenga una persona a la hora de esconder sus sentimientos, pues su cuerpo acaba evidenciándolos. Es inevitable.

Las emociones pintan la sangre.

Felicidad.

Rabia.

Pesar.

Lujuria.

Cada emoción transmite su propia energía. Una vibración, si prefiere verse así. Cada una de ellas corre por las mismas venas y tiene su propio aroma. Los fae emiten sutiles indicadores de su estado de ánimo, por más entrenados que estén en esconder sus emociones.

A veces, los aromas que emiten los humanos pueden resultar abrumadores.

A los humanos no se les da bien domar sus sentimientos. Lo experimentan todo de forma muy tosca, completamente abierta, sin la menor conciencia de hasta qué punto afectan sus reacciones a quienes tienen los sentidos más refinados.

Los muertos, por su parte, son harina de otro costal. Sin un corazón latiente, la sangre en sus venas no es más que un lodo pegajoso y negro. La única vez que un miembro de la corte sanasrothiana emite cualquier tipo de aroma es después de alimentarse, cuando la chispa de la vida que atesora la sangre de su víctima aún reverbera con las emociones que esa víctima ha sentido al morir. Como el más leve resquicio de perfume tras un abrazo.

Una hora antes, me encontraba sentado junto a mi amor verdadero, mi compañera. El aroma a petricor embriagaba mi cabeza mientras escuchaba la cadencia de su voz, que no dejaba de bombardear a Tal con todo tipo de preguntas sobre la Corte de Sangre. Saeris se había mostrado implacable desde que recuperó la consciencia. Intentaba comprender, armarse, prepararse para lo que estaba por venir. Habíamos dispuesto los cimientos de nuestro plan, y Saeris comprendía el papel que debía desempeñar para llevarlo a cabo…, pero se sentía nerviosa. Teniendo en cuenta que había sido humana hasta hacía pocos días, en realidad le salía mucho mejor que antes lo de controlar sus sentimientos. Por otro lado, mi olfato es más agudo que el de la mayoría de la gente. Yo percibía su vacilación. Era como el aroma de la piedra caliente tras la lluvia.

Yo había estado inspirando su fragancia, ahogándome en ella, cuando de pronto capté otro olor.

El vampiro debía de haber ingerido una impresionante cantidad de sangre antes de esconderse, agazapado en la oscuridad frente a los aposentos de Saeris.

Salí con cualquier pretexto al pasillo, en busca de la podredumbre. Bajé dos plantas, hacia las entrañas del Palacio Negro. Y allí lo encontró la punta de mi espada.

El vampiro era hermoso. Tenía una cara que podría haber sido común y corriente cuando estaba vivo, y el tipo de piel que habría acabado hundiéndose y volviéndose opaca. Sin embargo, la muerte había acentuado sus facciones. Lo había vuelto perfecto. Pómulos altos. Nariz regia, aquilina. Sus ojos debían de haber sido azules en su día, pero ahora destellaban como ópalos fantasmales. Los labios, retraídos, mostraban unos crueles colmillos blancos. Su boca formó una «O» de pura sorpresa antes de llegar a emitir sonido alguno. Bajó la vista, aturdido, y se encontró con Nimerelle, hundida hasta la empuñadura en su pecho.

—Has… estropeado el terciopelo —graznó…».