Por Jesús Cárdenas.
Javier Gilabert (Granada, 1973) es maestro avemariano, periodista cultural y poeta. Es autor de los libros de poemas: PoeAmario (2017), En los Estantes (2019), Todavía el asombro (XV Premio Blas de Otero) y El magisterio de los árboles (XXXI Premio Rafael de Cózar). Es coautor de Sonetos para el fin del mundo conocido y Bajo el signo del Cazador, y coeditor de diversas antologías en homenaje a autores como Rafael Guillén o J. I. Lapido. Ha obtenido también algunos premios por poemas como el Ángel García López, el Paulino Herrera o el Isabel Ovín. Colabora en revistas como Efe Eme o Culturamas. Lleva años entrevistando cada semana a poetas en la sección «Prensado en frío» de SecretOlivo y en la actualidad en «Primera impresión» en Culturamas. Es creador y coordinador del Premio Nacional de Poesía Ciudad de Churriana y de su festival, el Vega Poética.
En El magisterio de los árboles se percibe una convicción firme acerca de la poesía como espacio de acompañamiento y consuelo, casi como una forma compartida íntima entre quienes comparten el dolor, la pérdida. Me interesa mucho esa idea porque hoy se habla con frecuencia de la poesía desde una perspectiva individualista, como si el poema fuese únicamente una confesión del yo. Sin embargo, en tu libro, la experiencia dolorosa trasciende: uno siente que el poema busca llegar a los otros. ¿Cuándo comenzaste a entender la escritura poética como un lugar de complicidad, y no solo como una experiencia estrictamente personal?
Esa visión tiene mucho que ver con mi propia biografía literaria, que es relativamente reciente. Mi primer libro, En los estantes, vio la luz en 2019; llegué a este oficio de forma tardía y, debo confesarlo, desde un desconocimiento casi absoluto. Precisamente por esa falta de bagaje inicial, nunca pude concebir el verso como un altar para el ego. Desde el primer momento necesité que fuera un lugar de encuentro, porque mi propio aprendizaje dependía de escuchar a los demás.
Esa transición de un «yo» inexperto hacia una voz que busca conscientemente al otro se forjó al abrigo de los amigos que las letras me han ido regalando. Pienso en la inmensa generosidad de Rafael Guillén, en la lucidez de Tomás Hernández Molina o en la agudeza de Juan Carlos Friebe; maestros que me enseñaron con su ejemplo que el poema es, ante todo, un puente tendido.
Cuando te enfrentas a una intemperie tan radical como la pérdida de un padre, el solipsismo no sirve de nada. Si el libro se encierra en la mera confesión y no abre la puerta para que el lector reconozca en esos versos su propia herida, se habría quedado en un simple desahogo privado. Y yo necesitaba que fuera exactamente lo que apuntas: una casa compartida donde poder acompañarnos en la ausencia.
Aunque tu voz poética transmite madurez expresiva, no eres un autor demasiado prolífico en términos de publicación. Da la impresión de que cada libro ha necesitado un largo proceso de sedimentación antes de llegar a los lectores. Van tres años entre las dos últimas entregas poéticas. En una época marcada por la inmediatez, por la necesidad de presencia constante y por cierta ansiedad de producción, tu obra parece apostar por la lentitud y por la ética de la depuración. ¿Sientes que escribir poesía exige también aprender a callar, a esperar el momento exacto en que un poema encuentra su forma, incluso a costa de publicar menos?
Tendemos a confundir el acto de escribir con el de publicar. Escribir es una necesidad, pero llevar un texto a la imprenta exige una enorme responsabilidad. De Friebe aprendí una lección que me aplico a rajatabla: la dignidad de la obra es el requisito sine qua non. Una vez que el libro abandona tu mesa, ha de ser algo que no te produzca rubor cuando te enfrentes a él tiempo después.
Como sé que mi verdadera fuerza es el trabajo, procuro pulir el texto hasta la extenuación para que el resultado final no me avergüence. Eso implica dejar reposar el manuscrito en un cajón, volver a él con una mirada fría y tener la sensatez de someterlo al escrutinio de esas amistades que saben de esto mucho más que yo.
Mentiría si dijera que soy inmune a la presión de la época. Al haber empezado a escribir a una edad en la que tantos otros ya tienen una trayectoria consolidada, a menudo me acucia la sensación de llegar tarde. Sin embargo, trato de utilizar esa circunstancia como un acicate para ser más riguroso y no dejarme arrastrar por la prisa. Al final, esa apuesta por la lentitud da sus frutos: el eco que recibo de los lectores corrobora lo único que persigo tras todo ese proceso de sedimentación, que es entregar, sencillamente, un libro digno.
En Todavía el asombro había una poética vinculada a la contemplación y a la mirada atenta sobre lo cotidiano. El libro se sostenía sobre una confianza en que el mundo todavía podría revelarse a quien supiera detenerse a mirar. Sin embargo, en El magisterio de los árboles esa mirada parece atravesada por una experiencia mucho más dolorosa: el duelo, la pérdida del padre, la conciencia de vulnerabilidad y la finitud del ser. ¿Sientes que entre ambos libros ha cambiado tu manera de mirar el mundo, o más bien dirías que el asombro continúa existiendo, acompañado ahora por una conciencia más profunda?
Todavía el asombro no es únicamente el título de mi entrega anterior, sino mi manera fundamental de habitar la literatura. Durante todo este tiempo me he dado cuenta de que detenerse en lo estrictamente cotidiano a través del tamiz del asombro es lo que engendra el hecho poético. Como nos enseñó Claudio Rodríguez —cuya obra es un testimonio de cómo la estupefacción ante lo ordinario empuja el conocimiento—, o como recordaba Wisława Szymborska al afirmar que la inspiración nace de un continuo no saber frente a lo que damos por sentado, esa mirada es la que hace posible el verso.
La lente sigue siendo exactamente la misma; no ha cambiado la herramienta con la que me asomo al mundo, sino el paisaje sobre el que irremediablemente he tenido que posarla. En El magisterio de los árboles, el foco se ha visto obligado a encuadrar una realidad mucho más árida, atravesada por la orfandad. Te asombras igual, pero esta vez ante el dolor, ante el vacío y ante la forma terca en que la vida, a pesar de todo, se abre paso.
Algo que me llama la atención al hablar de ambos libros es que en Todavía el tiempo se contemplaba desde cierta serenidad meditativa, casi desde una aceptación luminosa del tempus fugit, mientras que en El magisterio el paso del tiempo adquiere una dimensión más concreta: la imagen del padre que comienza a borrarse, los objetos que permanecen, los árboles que se secan o rebrotan. Asimismo, afecta a la manera en que se ve la figura del árbol, que parece transitar desde el símbolo de la humildad a la de convertirse en metáfora de la resistencia, del cuidado y de la memoria viva. ¿Crees que la experiencia del duelo ha modificado tu relación poética con el tiempo y con la memoria?
El proceso ha operado a la inversa: es mi relación con la poesía la que ha modificado profundamente mi manera de sobrellevar el duelo. El poema se ha revelado como una herramienta compasiva que ayuda a la memoria a conformarse, limando sus aristas para hacerla mucho más habitable.
El ejercicio de la escritura ha sacado a la superficie una parte de mí que, aunque latente, se enfrenta ahora a la pérdida desde una perspectiva distinta. Si repasamos las fases clínicas del luto, sabemos que la última estación, la más difícil de alcanzar, es la aceptación. Ahí es donde la literatura ejerce su función reparadora, desactivando esa resistencia estéril que oponemos ante lo irremediable.
Frente a la urgencia de los días que se nos escapan, la poesía posee la asombrosa capacidad de ralentizar el reloj. Te impone una pausa, te acompaña en el trance de vivir y te prepara para aquello que se nos acerca inexorablemente. No es ninguna casualidad que la finitud sea, desde los albores de la literatura, el gran tema sobre el que pivota la lírica.
Hoy en día, en España, publicar poesía fuera del amparo de premios literarios o grandes circuitos editoriales implica casi siempre una lucha silenciosa: escasa distribución, poca visibilidad, y muchas veces el propio poeta convertido en gestor, promotor y vendedor de su obra. Tú has publicado tus dos últimos libros bajo el amparo de prestigiosos galardones. Me pregunto hasta qué punto esa realidad condiciona tu relación con la escritura. ¿Puede un poeta mantenerse fiel a una búsqueda estética y espiritual sin verse arrastrado por la exposición constante, o inevitablemente la poesía contemporánea termina dialogando también con esa precariedad del sistema cultural?
Es innegable que nuestro género habita en los márgenes. La etiqueta que define a la poesía como «la hija pobre de la literatura» sigue siendo certera y dolorosa; la invisibilidad es la norma. Hoy, la publicación de un poemario apenas tiene repercusión comercial, y las contadas excepciones suelen deberse más a fenómenos extraliterarios —como el arrastre de ciertos influencers— que al rigor de los versos.
Fíjate si estoy convencido de esta vida efímera que, junto con Fernando Jaén y Gerardo Rodríguez Salas, pusimos en marcha el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Churriana. Es uno de los poquísimos galardones en España destinados a darle una segunda oportunidad a libros ya publicados y el único que premia expresamente a la editorial por el riesgo que asume.
Aterrizando esta precariedad en mi caso particular: soy un maestro de escuela que llegó a este mundillo con 46 años, escribiendo desde lo que solemos llamar «provincias». Por mucho que Granada sea un epicentro poético maravilloso, no deja de ser periferia frente a los núcleos de decisión del mercado. Las puertas de las editoriales consolidadas están prácticamente cerradas para un perfil así. Por ello, mi modus operandi consiste en probar suerte en los certámenes de obra inédita; es la única vía para que mis libros vean la luz bajo el amparo de firmas de prestigio, como ha ocurrido ahora con Espuela de Plata (Renacimiento). Una edición preciosa que no habría estado a mi alcance de otro modo.
Estéticamente, esta realidad no me condiciona en absoluto. Escribo como escribo porque es el único modo en que sé hacerlo. Lo que sí marca este sistema es el proceso de maduración de la obra. Ganar un premio al que concurren cientos, miles de manuscritos es una lotería. No queda otra que encajar los silencios y perseverar. Intento aprovechar ese largo ínterin: mientras el libro peregrina de concurso en concurso, sigo limándolo. El magisterio de los árboles estuvo probando suerte durante tres años, evolucionando todo ese tiempo, hasta que tuve la inmensa fortuna de que un jurado se fijara en él.
El libro se abre con una dedicatoria aparentemente sencilla —«A mis amigos»—, pero esa elección contiene ya una declaración ética potente. Resulta significativo que, siendo un libro atravesado por la muerte del padre, el homenaje inicial no se dirija hacia la firma ausente, sino hacia quienes sostienen la vida cuando el dolor irrumpe. Forma parte de la comprensión de la amistad entendida como forma de cuidado. ¿Piensas que la poesía debería recuperar esa dimensión ética de los vínculos, esa atención hacia quienes acompañan sin necesidad de ocupar el meollo del relato?
Es una observación muy aguda que requiere un pequeño apunte biográfico. En los estantes, mi primer libro, lo terminé de escribir en el hospital mientras acompañaba a mi padre en sus últimos días, y está dedicado íntegramente a su memoria. Él ya tuvo ese homenaje en el momento exacto de la despedida. El magisterio de los árboles, en cambio, es el libro del día después, el del trabajoso proceso de asimilar la ausencia, y durante esos tres largos años de escritura fueron los amigos quienes me sostuvieron cuando la pena apretaba.
Si hojeas el interior, verás que muchas dedicatorias no utilizan las habituales preposiciones «A» o «Para», sino un «Con». Esos amigos no son destinatarios pasivos, sino que caminaron a mi lado en el escabroso sendero de la creación. Lo mejor que me ha traído este mundo literario son las amistades profundas cuyas raíces se nutren de nuestra afinidad por los versos. He tenido la inmensa suerte de ensanchar el significado de la palabra «amistad» gracias a la poesía.
No creo que el arte deba hacer un esfuerzo deliberado por recuperar esa dimensión ética; a mi entender, es algo que hace «de oficio». El poema es, por naturaleza, un puente hacia el otro. En ese gesto intrínseco de buscar al lector para compartir la herida, el cuidado mutuo viene dado de serie.
«No logro recrear en mi memoria / ninguna imagen cierta de tu aspecto» son versos donde lo más devastador es el progresivo borrado de la memoria. La expresión emocional está contenida, pero veo una valentía enorme en admitir que incluso el rostro familiar acabe difuminándose. ¿Cómo trabajas esa tensión entre emocionalidad y contención para que el poema conserve verdad sin caer en el sentimentalismo?
La clave reside en el verbo que has elegido de forma tan certera: «trabajar». Las grandes voces que he encontrado en el camino me enseñaron una lección fundamental: solo con un rigor casi obsesivo y un amor profundo al oficio se levanta un poema que merezca la pena. El peaje obligatorio para alcanzar la verdad poética es evitar a toda costa el sentimentalismo, que es el mayor enemigo de la emoción genuina.
Ya lo advirtió Oscar Wilde cuando sentenció que «toda la mala poesía es fruto de un sentimiento genuino»; o, si miramos hacia André Gide, aquello de que «No se hace buena literatura con buenas intenciones ni con buenos sentimientos». Es normal que en los inicios uno caiga en la tentación de creer que el mero desahogo de un dolor auténtico legitima la obra.
El esfuerzo por esquivar esa trampa es mi obsesión actual. Admitir en un endecasílabo que el rostro de tu padre se difumina es desgarrador, pero si no pasa por el tamiz de la técnica y la métrica, se queda en un mero lamento. Es un equilibrio frágil, pero con perseverancia se aprende a ajustar esa tensión, esperando que, algún día, la contención expresiva termine brotando de forma natural.
La segunda parte del libro desplaza el duelo hacia el cuidado, y ahí el bonsái pasa a convertirse en una metáfora sobre la escucha, la paciencia y la educación de la mirada. Me parece reveladora esa idea de que «la forma original de cada árbol / tan sólo el árbol puede definirla». Hay una concepción del cuidado que consiste en ayudar a que aflore algo que ya existía en potencia. ¿Dirías que el poema no se fabrica desde fuera sino que se descubre lentamente escuchando aquello que pretende ser dicho?
Esa concepción a la que aludes entronca directamente con el magisterio, que es lo que soy en esencia: un maestro de escuela cuyo propósito cotidiano es elicitar en los alumnos lo mejor que ya reside dentro de ellos. Existe un símil casi especular entre mi labor en las aulas y el silencioso magisterio que los pequeños bonsáis, cuidados de manera puramente intuitiva en mi patio, han ejercido sobre mí.
Muchos textos de esta sección surgen de la observación del árbol, que no deja de ser la escucha profunda de uno mismo. Estar con ellos en el silencio del alba ha constituido la mejor forma de escritura, porque en la botánica están presentes de forma natural todas las virtudes de las que hablan los versos.
No hay poema sin escucha. El añorado Rafael Guillén nos explicaba a Fernando Jaén y a mí que, antes que la palabra, primero había un sonido incierto, algo que resonaba hasta decantarse y cristalizar en la página. A mí me sucede exactamente eso: una palabra, un verso se quedan vibrando en algún lugar interior hasta que consigo traerlo al papel. Por eso he adoptado la innegociable costumbre de leer en voz alta todo lo escrito, una y otra vez, para escuchar realmente lo que el texto pretende decir. El poema se descubre, no se impone; pero despejarle la hojarasca para que encuentre su forma original conlleva muchísimo trabajo.
En varios poemas del libro aparece una ética de la resistencia: salvar un árbol abandonado, esperar el rebrote cuando todo parece seco, negarse a dar por muerto aquello que aún conserva una mínima posibilidad de vida. Esa actitud trasciende claramente la jardinería para proyectarse en las relaciones humanas, hacia la memoria y al cabo hacia la propia escritura. En una época marca por la rapidez del usar y tirar —el de las personas, el de los objetos, incluso el de las emociones—, ¿consideras que la poesía puede seguir siendo un territorio donde aprender a mirar con paciencia aquello que todavía late aunque el mundo lo considere perdido?
Para mí, poesía y paciencia son términos rigurosamente sinónimos. Frente a la urgencia del usar y tirar, la lectura de un poemario se erige como un acto de rebeldía que requiere sosiego. No me refiero a detenerse con la intención intelectual de descifrar una trama, sino a permitir que el texto actúe, que obre en nosotros como un fármaco y deje su poso.
Vivimos tiranizados por la inmediatez. Resulta paradójico que hoy copemos las redes sociales con miles de textos rápidos y efímeros; parece existir una necesidad acuciante de expresión pero, siendo sincero, dudo mucho que cada vez se escriba más Poesía, así, con mayúsculas. Cultivar la mirada paciente requiere una disposición humilde para sentarse a cuidar de aquello que todavía late, esperando a que el poema, igual que ese árbol desahuciado, decida finalmente rebrotar.
La musicalidad de tus poemas se apoya con frecuencia en el endecasílabo y en una significativa depuración formal. También se conoce por las redes que te gusta a rabiar la música (colaboras en revistas como Efe Eme y has firmado la letra de “En el mar”, de Los Desperfectos). Se aprecia en la brevedad de las composiciones, donde cada palabra ocupa exactamente el lugar que necesita. Esa búsqueda de esencialidad recuerda a la tradición epigramática (Marcial, la Antología Palatina). ¿Te atrae esa tradición de la brevedad intensa, o simpatizas más con la corriente clara de Sánchez Rosillo, José Mateos o Claudio Rodríguez?
Entiendo la musicalidad como una parte absolutamente estructural del hecho poético. Un poema ha de ser una partitura provista de su propio ritmo interno. En mi caso, me valgo de la métrica tradicional y me guío muchísimo por el oído, algo en lo que sin duda influye mi afición a la música. Lejos de encorsetar el lenguaje, el endecasílabo o el heptasílabo son raíles seguros que me sostienen durante la escritura.
Respecto a la dicotomía que planteas, siento una querencia natural hacia la brevedad. Así lo dejé por escrito en Todavía el asombro: «Siento fascinación por los poemas / que ocupan poco espacio en el papel / y envueltos en silencio te destrozan». Esa capacidad de condensar la conmoción en unas pocas líneas me resulta hipnótica.
Esto no significa que no admire profundamente a quienes poseen el pulso necesario para sostener un texto de largo aliento, como hace, por ejemplo, Álvaro García en su magnífico Back Bay. Trato de huir de las etiquetas excluyentes; prefiero asomarme a la tradición con la mirada atenta del aprendiz y quedarme con lo verdadero que pueda ofrecerme cada corriente y cada autor.
Hay un poema especialmente hermoso, «Estelas», donde comparas el vuelo de los pájaros con la manera en que los padres dejan una huella invisible en quienes vienen detrás. La transmisión aparece como algo casi inconsciente: «tratamos de imitar / esa costumbre». ¿Consideras que escribir consiste también en dejar pequeñas estelas para otros, caminos apenas perceptibles que quizá alguien continúe?
Sin duda alguna, los maestros que nos han precedido hacen maravillosamente eso: dejarnos su estela para que no nos perdamos. Al seguir ese rastro invisible, enfrentarse al acto de escribir resulta mucho más sencillo. Como suele recordar mi amigo el poeta canario Pedro Flores, a estas alturas ya está prácticamente todo escrito; no hay nada verdaderamente nuevo bajo el sol salvo el cómo, el acento o el tono particular con el que logramos decir las cosas.
Estoy convencido de que leyendo buena poesía es como verdaderamente se aprende a escribir. Al sumergirnos en los autores que admiramos, nos apropiamos de manera inconsciente de esa herencia.
Ahora bien, una cosa es nutrirse agradecido de las estelas ajenas, y otra tener la inmensa osadía de pensar que mis versos puedan servir de asidero para otros. Me abruma solo pensarlo. En el remoto caso de que alguien encontrara en mi escritura un camino que continuar, lo único que sentiría sería un respeto reverencial y la certeza absoluta de que me queda muchísimo por mejorar para ser digno de semejante responsabilidad.
En tu discurso poético hay una voluntad constante de darle forma a aquello que resulta difícil de comprender: el duelo, la ausencia, la memoria que se borra, la esperanza del rebrote. No parece que escribas para explicar el mundo, sino más bien para acercarte a él con una atención más verdadera. ¿Hasta qué punto consideras que la poesía tiene todavía la capacidad de transformar nuestra manera de mirar el mundo y, por tanto de transformar la vida que llevamos dentro de él?
Aciertas de pleno: no escribo para explicar el mundo. Para encontrar certezas ya disponemos de disciplinas más exactas. Yo acudo a la poesía cuando me faltan las respuestas; cuando me topo con la intemperie del duelo o con esa memoria frágil que comienza a difuminarse. Acudo al folio en blanco para intentar darle forma a lo innombrable, acotando el dolor para hacerlo mínimamente habitable.
Sobre su capacidad transformadora, tiendo a ser muy cauteloso. No peco de ingenuidad: la publicación de un poemario no va a cambiar el curso de la historia ni a alterar las grandes inercias de esta época precaria. Sin embargo, creo con convicción absoluta en su poder de transformación a una escala íntima y microscópica.
A mí me ha transformado profundamente. Como maestro, tengo la certeza de que la educación cambia nuestra manera de enfrentarnos a la realidad; pues bien, la poesía no deja de ser una forma radical de reeducar la mirada. Te obliga a detenerte, a observar el rebrote de una rama muerta y a escucharte a ti mismo. Si el poema logra que un solo lector reconozca su propia herida en la tuya, que se sienta un poco menos solo en su pérdida, entonces la lírica sigue conservando intacta toda su fuerza transformadora.
En muchos poemas de este último libro aparece el silencio como condición necesaria para escuchar. En una época dominada por el ruido permanente y por la necesidad de opinar constantemente sobre todo, tu poesía parece reivindicar una forma de atención silenciosa. ¿Crees que escribir poesía implica aprender a escuchar aquello que el lenguaje cotidiano suele dejar fuera?
No solo lo creo, sino que tengo un libro inédito que gira precisamente en torno a esa cuestión: el silencio entendido como el último refugio frente al ruido que está convirtiendo nuestra sociedad en un auténtico estercolero. Me refiero al ruido mediático, a la necesidad patológica de opinar sobre todo y a esa desinformación feroz que acaba triunfando frente a la serenidad de la verdad.
Ante semejante saturación, el poema tiene la obligación de erigirse como un territorio de resistencia. El lenguaje cotidiano, desgastado por el uso utilitario y secuestrado por la prisa, deja fuera los matices que nos sostienen. Escribir exige el difícil ejercicio de aprender a callar.
Ese espacio que el poema surca es el único ecosistema donde resulta posible escuchar la respiración paciente del árbol, el latido de los que nos han dejado o la voz de nuestra propia conciencia. Si no apartamos la hojarasca acústica, es imposible rescatar las verdades minúsculas que el estruendo diario entierra bajo capas de intrascendencia.
Si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de El magisterio de los árboles, ¿cuáles serían? ¿Por qué esos, y no otros?
Acabas de aplicarme mi propia medicina [risas]. Es exactamente el brete en el que pongo cada semana a los invitados de Primera impresión. Concibo un poemario como un organismo vivo, unitario en el tono y el contenido, así que extraer piezas sueltas me resulta muy complicado.
Probablemente, dependiendo del día escogería unos u otros, pero hoy me quedo con «El primer árbol», «Estelas» y «Magisterio». El primero y el tercero funcionan como espejos que vertebran los dos capítulos del libro, poniendo en relación directa la figura del árbol y la del padre, que son las imágenes sobre las que se levanta la obra. Y he incluido «Estelas» para que el lector no se quede con la intriga de saber de qué hablaba tras tu mención anterior [más risas]. Además, los tres son una muestra muy representativa de esa sencillez aparente —tremendamente trabajada en el fondo— que persigo con mi escritura.
Para terminar, recuérdanos las próximas fechas de presentación y las personas encargadas de acompañarte. Además, me gustaría que nos hablaras brevemente de la importancia que tiene para ti compartir estas presentaciones con determinados poetas o amigos.
Para mí, las presentaciones no son un mero trámite promocional, sino la culminación de ese cuidado y esa escucha de los que veníamos hablando a lo largo de la entrevista. Compartir estos actos con amigos y poetas a los que admiro es fundamental, porque entiendo este diálogo público en torno al libro como una celebración compartida. La poesía, aunque nace en la soledad del alba y del patio, se completa verdaderamente en el encuentro con el otro.
He tenido la inmensa suerte de iniciar esta ronda nada menos que en la Fundación Antonio Gala, en Córdoba, acompañado de mi buen amigo Antonio Luis Ginés, un poeta de contrastada solvencia al que admiro tanto como aprecio. En cuanto a las próximas citas, se presenta una gira verdaderamente apasionante y que me está trayendo muchísimas alegrías. Te detallo el recorrido más inmediato:
- 16 de mayo (Almería): Viajaré a un lugar emblemático como la librería El faro de recóndito —donde Vicente está haciendo un trabajo encomiable, haciendo un honor absoluto al nombre de su local—. Allí estaré nada menos que de la mano del poeta y novelista Juanma Gil, de quien lo he leído y disfrutado todo con absoluto deleite.
- 28 de mayo (Granada): Estaremos en la Sala Val del Omar de la Biblioteca de Andalucía. Es una cita importantísima y muy emotiva para mí, porque allí se dieron a conocer mis libros anteriores, En los estantes y Todavía el asombro. Me acompañarán mis muy queridos amigos Fernando Jaén y Alejandro Pedregosa, dos faros indiscutibles en mi carrera literaria y enormes escritores.
- 29 de mayo (Sevilla): Presentaremos en el CICUS, que es nada menos que la entidad que me concedió el premio gracias al cual este libro existe. Lo haré escoltado por otros dos grandes amigos y compañeros del grupo Poetas en la Diáspora: Julen Carreño y Jesús Beades, a quienes también admiro profundamente.
- 30 de mayo (Jerez de la Frontera): Compartiré poesía y vida junto a amigos verdaderos como Sergio M. Moreno y Francisco J. Márquez, “Diasporados” también, en un entorno tan bello como el claustro del Colegio Miguel de Cervantes, con todo aquel que quiera acompañarnos.
A partir de ahí, quedan varias fechas por cerrar en ciudades como Málaga o Jaén, y ya tenemos la mirada puesta en el otoño para seguir compartiendo la sombra de estos árboles en otros lugares también especialísimos, como es el caso de La Cochera, en La Herradura. Como te digo, es un camino hermoso y me siento muy afortunado por la compañía.
***
Tres poemas de El magisterio de los árboles
EL PRIMER ÁRBOL
Un padre es como un árbol. A sus rama
trepamos por primera vez e hicimos
un nido en el que aún nos cobijamos.
ESTELAS
Al volar, cada pájaro
va dejando una estela
que atrae levemente al que le sigue.
Es como abrir caminos en el aire.
Los padres, sin saberlo,
tratamos de imitar
esa costumbre.
MAGISTERIO
No hay cosa que los árboles no sepan,
ni nada que no enseñen si se atiende,
partiendo del asombro, a su dictado.

