
Andrés. Rodríguez.- El pasado 13 de mayo se apagaba en Aznalcóllar la voz de José Domínguez Muñoz; un nombre que, para el registro civil, apenas sugiere la discreta existencia de un hombre de campo, pero que bajo el apelativo de “El Cabrero” representó una de las voces más descarnadas del arte jondo contemporáneo. A pesar de mi juventud, su cante ha sido una presencia en mi paisaje vital; un eco que heredé de la mano de mi padre y que, con el tiempo, ha pasado de ser una mera audición familiar para convertirse en un objeto de profunda reflexión intelectual.
Ciertamente, me hallo en las antípodas ideológicas de las consignas que vertebran su discografía. Sin embargo, como amante del arte y de la filosofía, me resulta imposible ignorar la fuerza ética y la validez estética de su obra. Por otra parte, si algo caracteriza al humanismo es su capacidad de extraer todo lo que de bueno haya en las ideas y el pensamiento humano. El Cabrero no articulaba simples quejas políticas; su cante era un clamor ontológico que brotaba de los “sinsabores” de la sierra, esa dureza telúrica que parece reservada a hombres tallados en una materia hoy casi extinta.
Quien se acerque a su legado, ya sea desde la afinidad o desde la discrepancia más absoluta, sentirá inevitablemente que esa voz no le pertenece solo a él. José Domínguez prestaba sus cuerdas vocales a una estirpe de antepasados silentes, moviendo pulsiones atávicas en nuestro interior. Es, en definitiva, el encuentro con una autenticidad que trasciende el discurso para instalarse en el dominio de lo sublime.
No obstante quiero hacer el siguiente inciso, siempre he guardado un recelo instintivo frente a la liturgia de los homenajes póstumos; pues considero que hay en ellos una suerte de justicia tardía que no siempre logra compensar el silencio previo. Sostengo con firmeza que la verdadera honra es aquella que se ofrece en presencia, cuando el destinatario aún puede recibir el calor del reconocimiento o el envite de la crítica.
No pretendo, por tanto, que estas líneas sean un panegírico de mármol ni una oda al ausente. Mi propósito es más bien un ejercicio de honestidad intelectual. Escribo para rescatar el diálogo que la muerte ha pretendido interrumpir; para analizar, desde el rigor de la filosofía aquello que en la vida de José Domínguez fue una constante: la coherencia entre el ser y el decir.
Si me detengo hoy ante su figura, no es por una claudicación ante la costumbre del elogio fúnebre, sino por la necesidad de brindar una breve aproximación a la arquitectura de su obra. Pues, aunque sus manos ya no sostengan la vara de pastor ni su garganta quiebre el aire de la sierra, la arquitectura de su pensamiento —esa genealogía de resistencia que aquí nos ocupa— sigue interpelándonos con la misma urgencia que cuando habitaba entre nosotros.
En la penumbra de una modernidad que ha hecho del desarraigo su divisa y del materialismo su único estímulo, la figura de José Domínguez, «El Cabrero», se levanta no como un vestigio arqueológico, sino como una afirmación de la libertad ontológica. Su existencia, consagrada al pastoreo, encarna con asombrosa precisión la tesis de Simone Weil sobre la necesidad imperiosa del alma de «echar raíces». Para un humanista, el arraigo no es una cadena, sino la condición de posibilidad de la verdadera libertad: esa participación natural en una tradición que custodia los tesoros del pasado y los presentimientos del futuro. El Cabrero no es un mero atavismo; es el consentimiento pleno a una forma de vida donde el trabajo no es alienación, sino el ejercicio de la soberanía del hombre sobre su propio destino.
Desde la estética fenomenológica, su cante no es una reproducción del paisaje, sino —en términos de Heidegger— el «ponerse-en-obra de la verdad«. Su voz actúa como la arquitectura clásica: al resonar, no solo hace aparecer la Sierra en su pesantez indómita, sino que funda un «Mundo». Este Mundo es un ámbito de decisiones esenciales donde la victoria y la derrota, la bendición y la caída, recuperan su verdadera estatura humana, lejos de la deshumanización del cálculo técnico. En sus tercios, la Sierra deja de ser un mero recurso explotable para revelarse como «Tierra«: .aquello sagrado que se retrae ante la impertinencia de un materialismo absoluto y solo se manifiesta cuando el hombre la custodia con la reverencia que merece lo creado.
Esta noción de la tierra como sustrato nutricio colisiona con la desmesura de una modernidad que ha reducido al individuo a «fuerza de trabajo» despojada de espíritu. Mientras la sociedad contemporánea padece el exilio interior del hombre masa, el pastor-cantaor reivindica una soberanía personal que nace de la propiedad de sus propias manos y de la fidelidad a su conciencia. Su arte es un «fijar la verdad en la figura«, una invitación a la contienda entre el «Mundo» de las aspiraciones humanas y la «Tierra» que nos sostiene por designio natural.
La propuesta del Cabrero es, por tanto, una resistencia que el humanismo cristiano puede reconocer como propia: la defensa de lo concreto frente a lo abstracto, de la persona frente a la masa. Frente a una razón técnica que desposee al cosmos de su misterio, el cante jondo propone una sabiduría que se afianza al suelo con vehemencia. Es el triunfo de lo que Karl Rosenkranz denominaría la «estética de lo rudo«: una belleza que no teme a la aspereza, pues sabe que en la verdad de lo creado reside lo auténticamente sublime. Al cantar al campo y sus penurias, El Cabrero no solo entona una melodía; instituye un principio, un «proto-salto» (Ursprung) que desplaza al hombre de su inercia habitual y lo sitúa de nuevo en la guarda de la verdad de su propio ser. En esta coherencia ontológica, el artista nos recuerda que la verdadera libertad consiste en darlo todo al presente, anclando el alma en la única verdad que, bajo el cielo, no admite contradicción: la dignidad del hombre en comunión con el esfuerzo de su trabajo.
La obra de José Domínguez “El Cabrero” se nos revela no como un epifenómeno del folclore, sino como un acontecimiento donde la verdad se hace carne a través del rito flamenco. Aun desde una antropología cristiana y una cosmovisión liberal —que custodia la primacía de la persona—, resulta imposible no conmoverse ante la huella de una autenticidad ontológica que desafía, con la sola fuerza de un grito, las estructuras de una modernidad tecnificada y desnaturalizada.
En su célebre pieza “Como todo mortal”, el cantaor se interroga sobre su propia naturaleza con una humildad que cualquier humanista sabría reconocer. Ante la afirmación de ser “criatura de Dios”, él responde con una sinceridad que no es blasfemia, sino reivindicación de la inmanencia: “Mas yo, como un retoño / de la tierra me siento”. Este tránsito hacia la «raíz mineral» constituye una claudicación ante el nihilismo. Al reconocerse como una «astilla de tierra», el artista consuma una decisión existencial de enraizamiento, buscando una verdad que la razón abstracta es incapaz de aprehender; el trabajo físico deja de ser carga para ser vínculo, y el pastor se convierte en el intermediario sagrado entre los estados de la materia.
Sin embargo, es imperativo advertir un trazo de contrahumanismo sombrío en la estrofa: “Después llegaron los hombres/Con ellos también la guerra /Encontraron agua clara /Y se miraron en ella/Y enturbiaron el espejo/Que tenían las estrellas”. ¿Por qué ha de advertirse aquí un sesgo contrahumanista? Porque la letra incurre en la falacia de condenar al género humano por su capacidad de perturbación, olvidando que, sin la presencia del hombre, ese espejo de las estrellas carecería de sentido. Sin el hombre, la creación sería un monólogo mudo: las estrellas no sabrían que se están mirando en el agua, no habría voz que clamase justicia ni existiría esa verdad desgarradora que solo puede brotar de un corazón herido. Al señalar únicamente la mancha humana en el paisaje, se obvia que es precisamente el ser humano —en su doble naturaleza de criatura y reflejo del creador— quien dota al cosmos de una dignidad y una conciencia que la materia, por sí sola, jamás podrá alcanzar.
Esa comunión mística con la naturaleza se quiebra cuando aparece la estructura del poder. En “Como buen republicano”, la denuncia contra quienes llevan “miles de años/viviendo de otras espaldas” señala una injusticia que, por su grado de intolerabilidad, despoja a la norma de su autoridad moral. La paradoja de negar “tierra para trabajar” mientras se conceden “armas para hacer la guerra” representa una quiebra del núcleo de la justicia: la igualdad. Aquí, como el rebelde camusiano, dice “no” al privilegio para afirmar la dignidad de aquel cuya verticalidad no necesita apoyarse en el hombro ajeno.
La arquitectura del fandango es el receptáculo exacto para esta resistencia. Es un palo que permite la irrupción del “duende” lorquiano —ese poder misterioso que sube por la planta de los pies— y que desprecia el artificio. En la garganta del Cabrero se manifiesta la “estética de lo rudo” anteriormente mencionada: una majestad que no requiere del pulido comercial, sino que halla su belleza en la aspereza de los “sonidos negros”. Su jipío desgarra el velo de la apariencia para desvelar la verdad de una existencia que, aun en su ateísmo militante, custodia un sentido profundamente espiritual del arraigo.
En definitiva, por más que la discrepancia ideológica nos sitúe en orillas opuestas, es innegable la grandeza de un artista que convirtió su cante en un documento ontológico. Su coherencia nos recuerda que la verdadera justicia es aquella que reconoce en el hombre la potestad de llevar a cabo su vocación a través de la fatiga, la libertad y la palabra verdadera.
La figura del Cabrero debe ser analizada como la de un sujeto histórico cuya identidad se fraguó en la “materidea de tierra” y en la aspereza indómita del pastoreo, un oficio que en él trasciende lo laboral para convertirse en una decisión ontológica de resistencia. Para comprenderlo , hay que entender que fue, ante todo, un hijo de su tiempo; un hombre que habitó la intersección entre la dureza inmemorial del campo y la desorientación de una posmodernidad que buscaba desesperadamente referentes de verdad. En una España que transitaba hacia un optimismo tecnocrático y desnaturalizado —lo que Simone Weil denominaría la “enfermedad mortal del desarraigo” provocada por el dinero y la técnica—, el pastor se reafirma en su “Tierra” heideggeriana: ese sustrato que se retrae al cálculo y solo se manifiesta en su verdad cuando es resguardado en su misterio. Su ideología no es un conjunto de consignas externas, sino el resultado de un “enraizamiento” en el trabajo físico, donde el hombre se entrega al universo para recibir su alimento, colisionando así con una modernidad que ha convertido el esfuerzo en una mera “mercancía” despojada de espíritu.
Paradójicamente, la eclosión de la posmodernidad y su crisis de los “grandes relatos” —ese giro hacia lo fragmentario y lo local que Camus exploró como una búsqueda de límites frente a la desmesura— permitió que la figura del Cabrero fuera recibida como un bastión de autenticidad. Frente a la vacuidad de una cultura de masas que vulgariza el saber, el cante jondo del Cabrero impone la “razón oral” y la “verdad de los márgenes”, subvirtiendo los valores del ciencismo para reclamar un conocimiento experiencial que la “ciencia rubia” es incapaz de aprehender. Su voz, habitada por el “duende” que Lorca sitúa en el borde mismo de la herida, alcanza una categoría de lo sublime que Rosenkranz justificaría a través de una belleza que no busca el complaciente adorno, sino la verdad absoluta del “grito popular, demónicamente fascinador”.
Para clausurar este recorrido por la geografía espiritual de José Domínguez, debemos reconocer que su figura se alza como el último relieve de una Andalucía indómita, un mapa de cal y de sombra donde el andalucismo no es una proclama institucional, sino un lamento de tierra abierta. Su cante, convulso como el surco del arado y polémico como el desacuerdo que engendra la libertad, fue un vendaval que sacudió la complacencia de su tiempo, recordándonos que el arte verdadero ha de ser, por fuerza, estéticamente desgarrador. Se nos ha ido un hombre de aristas, un pastor que hizo de la palabra una herida y del silencio una trinchera, dejando tras de sí un eco que no admite la indiferencia. Por encima de las distancias que nos separan y de las orillas ideológicas que nos contienen, queda la vibración de una garganta que nunca quiso mentir, porque gritaba desde la única realidad que conocía, el trabajo. Por ello, más allá de la brega política y del ruido del mundo, sirva este breve homenaje no tanto al mensaje como a la grandeza del mensajero.
— “En los pechos de los montes me amamanto. Y en la cornisa de los riscos me sostengo. Por eso, esta noche les voy a decir de dónde vengo”. — EL CABRERO.

