Luis Martínez López.
Hay cuerpos que no caben.
No porque ocupen demasiado espacio, sino porque no terminan de aceptar el lugar que se les asigna. Algo en ellos se desplaza constantemente, como si la forma que intenta contenerlos llegara siempre un poco tarde. Antes de que el gesto se estabilice, ya ha empezado a transformarse; antes de que la intención se vuelva clara, ya ha sido atravesada por otra cosa que no estaba prevista.
Durante mucho tiempo, ese exceso se ha entendido como una falta: de control, de técnica, de medida. Se ha intentado ordenar, contener, hacer legible aquello que se escapa para que encaje en una forma reconocible. Pero hay cuerpos que no responden del todo a esa operación, no por incapacidad, sino porque lo que ocurre en ellos pierde intensidad cuando se fija, no se expande hacia fuera; se desborda porque algo en su interior no se deja cerrar.
En el ensayo, esto suele aparecer como desajuste: la estructura se tensa, el gesto se amplifica y la acción deja de ser completamente previsible. Recuerdo una situación en la que una secuencia perfectamente construida empezó a deshacerse en manos de quien la ejecutaba. No había error técnico. El tiempo estaba, el recorrido también. Pero algo se expandía más allá de lo previsto: el gesto no terminaba donde debía, la energía no se recogía, la acción parecía prolongarse sin encontrar cierre. La primera reacción fue intervenir, ajustar, devolver la forma a su lugar. Pero al sostener ese instante sin corregirlo, empezó a hacerse visible otra cosa: una continuidad que no estaba escrita, una lógica interna que no respondía a la coreografía inicial, pero que tampoco era arbitraria. Lo que en un primer momento parecía exceso empezó a funcionar como apertura.
El desborde no anula la forma; la desplaza. La obliga a reorganizarse desde otro lugar, menos estable, más permeable, más atento a lo que está ocurriendo. En ese punto, el cuerpo deja de ejecutar y empieza a negociar. No entre lo correcto y lo incorrecto, sino entre lo que se ha aprendido y lo que insiste en aparecer. Esa negociación no es limpia ni inmediata. A veces se manifiesta como repetición, como una energía que parece no encontrar salida clara. Pero, en lugar de entenderlo como un fallo, conviene leerlo como una forma de pensamiento en curso, como un proceso que aún no ha sido reducido a forma reconocible. Porque hay saberes que no se organizan en líneas rectas ni responden a una lógica de progresión clara.
Desbordarse, en esta línea, introduce una temporalidad distinta, menos orientada al resultado y más atenta a lo que se está desplegando. El gesto ya no se dirige únicamente hacia su final, sino que se expande en el proceso mismo de hacerse. Y en esa expansión, la escena deja de ser un lugar de ejecución para convertirse en un espacio donde algo se está produciendo en tiempo real, sin garantía de cierre.
Para quien actúa, implica sostener lo que no está del todo definido sin apresurarse a resolverlo, sin imponer una forma prematura sobre aquello que todavía está emergiendo. Para quien observa, supone renunciar a la necesidad de comprender de inmediato, de identificar rápidamente una forma reconocible que permita tranquilizar la mirada. El desborde no se deja leer desde la lógica de la claridad; requiere una atención capaz de habitar la inestabilidad sin reducirla.
No es una posición cómoda. Estamos acostumbrados a confiar en la forma como garantía de sentido, en la técnica como herramienta de control, en la estructura como marco de seguridad. Este sentido pone en crisis esas certezas, no para negarlas, sino para mostrar sus límites. Nos recuerda que toda forma es provisional, que todo lenguaje tiene un punto a partir del cual deja de contener lo que intenta nombrar sin empobrecerlo y, es precisamente en ese límite donde la escena adquiere otra potencia.
Un cuerpo que desborda no busca romper nada de manera explícita, no necesita declararse en contra de la forma ni oponerse a la técnica. Simplemente las lleva hasta un punto en el que dejan de ser suficientes. Y, en ese gesto, abre un espacio donde lo que ocurre no está completamente determinado de antemano, donde la experiencia no ha sido todavía reducida a estructura. Ese espacio no siempre es visible como tal. No tiene una forma clara ni una estética definida. A veces aparece como exceso, otras como interrupción o como algo que no termina de encajar. Pero, en todos los casos, comparte una misma condición: no puede integrarse del todo sin perder su fuerza.
Quizá por eso el desbordarse ha sido históricamente incómodo, porque no se deja domesticar sin desaparecer y resiste la traducción inmediata. Porque obliga a sostener lo que no encaja en lugar de corregirlo, y, sobre todo, porque desplaza la pregunta. Ya no se trata de cómo hacer que el cuerpo funcione dentro de la forma, sino de qué ocurre cuando la forma ya no es capaz de contener lo que el cuerpo está produciendo.
Ahí, en ese punto exacto donde algo excede sin terminar de romper, la escena se vuelve verdaderamente interesante. No por lo que muestra, sino por lo que deja sin cerrar. Porque hay cuerpos que no caben, y en lugar de reducirlos, quizá sea más urgente preguntarse qué tipo de escena necesita transformarse para poder sostenerlos.
Del proyecto “Sinapsis, Danza Inclusiva y Artes Performativas” seleccionado por Art for Change de “la Caixa” de la Cía. Ruedapies Danza. Realizado en la Caja Negra del C.C. Las Cigarreras de Alicante. Dirigido por Mª Luisa Brugarolas. En las fotos, el docente Luis Martínez y otras participantes. (Fotos: Víctor Selva)




