Foto de Juan Antonio Rodríguez Tous

 

Ricardo Álamo es licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona y profesor de enseñanza secundaria. Es autor, entre otros, de los libros Imaginarium (2013), Estaciones de paso (2015), Cuentos negros (2018), Vidas y muertes imaginarias (2019), así como de los más recientes. Pasos de seda (2024), ¡Libreros malditos, malditos libreros! (2025) y El humo de las letras (2025). Ha editado algunas antologías, como Mil aforismos sobre el amor y otras pasiones (2022), Gatos (2024) o Perros (2025), estas dos de poemas. Colabora en revistas como Clarín, Anáfora, Calle del Aire, CaoCultura, Culturamas y Turia. Le entrevistamos acerca de la tarea del crítico literario en una sociedad en la cual la proliferación de canales de opinión directa por parte de los lectores rasos amenaza su tradicional hegemonía como prescriptor del gusto de la época.

A la vista del panorama del panorama actual, ¿cuál es, en su opinión, el estado general de la crítica literaria? Me refiero a la que se divulga en los medios de comunicación principales, no a la que ejercen autores concretos, por ejemplo, en sus blogs personales. Y, ya que establezco esta divergencia, ¿la percibe usted y la valora?

Permítame que, en vez de ofrecerle una valoración general sobre el estado de la crítica literaria en España, me refiera a su situación concreta, que acaso resulte más fácil de abarcar. Y esa situación concreta se asemeja, a mi juicio, a un verdadero estado de sitio. Los sitiadores no son únicamente los críticos profesionales que ejercen su oficio en periódicos y revistas, sino también las grandes corporaciones mediáticas, cuyos intereses económicos en poderosas editoriales terminan condicionando —de manera directa o indirecta— el tono de las reseñas y críticas dedicadas a los libros que publican.

Los críticos, por tanto, distan mucho de aquella independencia que reclamaba Oscar Wilde. Sus juicios suelen convertirse en un mero reflejo pasivo de las obras que comentan, en lugar de erigirse en un punto de partida capaz de generar nuevas ideas y nuevas formas de belleza; es decir, en una guía que ayude al lector a separar el grano de la paja y a discernir qué merece realmente ser leído y qué no.

A ello se suma otra circunstancia lamentable: la crítica literaria parece haberse entregado por completo al culto de la novedad editorial. Los suplementos culturales nos presentan cada semana un ramillete —cuando no un auténtico campo en flor— de supuestas obras maestras de todos los géneros imaginables: poesía, novela, ensayo, relato… Libros que, según parece, no podemos dejar de comprar ni de leer sin exponernos a perdernos “lo mejor de lo mejor” de cuanto se publica. Y ocurre así porque, como observó Andrés Trapiello, «los buenos libros pueden esperar», mientras que «los malos no», ya que «los malos reclaman ser leídos inmediatamente, pues saben que su vida es corta».

No faltan tampoco críticos que ensalzan determinadas obras únicamente porque sienten simpatía o admiración por sus autores, sin detenerse a valorar si esas obras poseen verdadera calidad literaria. Pero, en realidad, nihil novum sub sole. González-Ruano ya advertía en sus Diarios que la crítica debería perseguir la verdad sin caer ni en la adulación ni en la ofensa, sin bombo ni palio.

En cuanto a quienes, desde blogs, canales de YouTube o distintas plataformas digitales, intentan ejercer una crítica literaria imparcial y honesta, cabría decir que hay de todo: propuestas valiosas, mediocres y francamente malas. Pero distinguir unas de otras exige haber leído mucho, y especialmente haber leído mucha literatura mediocre o deficiente. Eso mismo hizo Borges cuando ejercía de crítico en la revista El Hogar, donde llegó a publicar reseñas despiadadas y memorables sobre libros infumables.

Para mí, en fin, el crítico literario ideal debería parecerse a un espejo capaz de reflejar fielmente la obra que analiza sin dejar de señalar, al mismo tiempo, las grietas —pequeñas o grandes— que resquebrajan ese mismo espejo. De lo contrario, acabaremos rodeados de críticos incapaces de advertir la viga en su propio ojo crítico.

«El crítico literario ideal debería parecerse a un espejo capaz de reflejar fielmente la obra que analiza sin dejar de señalar, al mismo tiempo, las grietas»

En una sociedad horizontal como la nuestra, en la que parece que todo el mundo se arroga el derecho de influir sobre todo el mundo, ¿tiene sentido la figura del crítico literario como «prescriptor», o pertenece a una época que ha quedado atrás, arrasada por la nivelación de todas las jerarquías de valor?

Bueno, yo no tengo tan claro que sea cierto eso que usted dice respecto a la «nivelación de todas las jerarquías de valor», precisamente porque en el mundo editorial (de grandes o pequeñas editoriales) se sigue usando un criterio selectivo a la hora de admitir para su publicación un libro. Otra cosa es que ese criterio se emplee siempre de acuerdo a una estimación estrictamente de calidad literaria de la obra en cuestión, y no mediatizada por un propósito exclusivamente comercial. Pero, por fortuna, aunque este último criterio se practique cada vez más, dando lugar a que se editen muchísimos libros infumables, eso no es óbice para que también a los lectores les lleguen obras de alta calidad, a veces (y paradójicamente) publicados por las mismas editoriales que les hacen llegar los libros infumables que sacan a la luz. Por poner un solo ejemplo: la editorial Planeta (y sus filiales) igual edita a un malísimo autor de grandes ventas que a uno buenísimo de pobres ventas…, pero si no fuera por la rentabilidad del primero quizás el segundo no vería su libro publicado.

En cuanto a si la figura del crítico literario sigue teniendo vigencia como «prescriptor» en el sentido de que, por su autoridad o su prestigio, pueda influir en las decisiones de los lectores, yo le diría que eso va por barrios. O sea, que depende. Ningún crítico tiene el don de acertar siempre en sus recomendaciones o en sus análisis. La crítica literaria no es una ciencia exacta, ni mucho menos un arte proyectivo infalible. Basta con echar una mirada a nuestro pasado (en las revistas, periódicos, magazines, etcétera) para ver que lo que algunos críticos estimaban como obras imperecederas, ahora están arrumbadas en los anaqueles de cualquier librería de viejo sin que nadie les preste atención. Pero eso no quita que, como le leí una vez a un estupendo escritor, Ignacio Vidal-Folch, el drama de hoy día es que los mediocres han descubierto su propia mediocridad. Y, además, la ensalzan.

Es al buen crítico al que le corresponde establecer jerarquías literarias, si es honesto, independiente y tiene suficientes conocimientos para saber distinguir lo que vale la pena leer y lo que no. Y ese tipo de crítico, haberlo, haylo. De modo que, por contestar claramente a su pregunta, yo le diría que sí sigue teniendo sentido la figura del crítico como «prescriptor»

El crítico, si es honesto, independiente y tiene suficientes conocimientos, sabe distinguir lo que vale la pena leer y lo que no.

¿Qué opinas de la idea (de origen romántico, pero de la que se hace eco Wilde y, de la mano de los deconstruccionistas, llega hasta nuestros días) de que la crítica literaria debe erigirse, a su vez y a su modo, en una obra de arte? Y no me refiero, lógicamente, a que esté bien escrita.

A mí me parece que la idea de Oscar Wilde, amén de ser original, fue decisiva para que la crítica literaria (y en general toda crítica) se reorientara hacia un ámbito del todo creativo como género independiente. Hasta el romanticismo, la crítica se practicaba fundamentalmente dentro de las propias obras de los autores (así lo hicieron Quevedo, Lope, Góngora o Cervantes en algunas de sus composiciones). Pero posteriormente, sobre todo en el XIX y principios del XX, ya con el citado Wilde, y sobre todo con Baudelaire, Poe, Rilke, Benjamin o Musil, entre otros, la crítica literaria adquiere una dimensión distinta, de obra artística, que es lo que había predicado Wilde cuando escribió El crítico artista. Recuerde que en esa obra Wilde llega a decir que «donde no hay estilo no hay ideal», y que, por tanto, el ideal de todo crítico debe ser que sus escritos tengan un estilo tan o más alto que el de cualquier creador del género literario que sea. A eso añádale que él mismo afirmaba que la crítica elevada es más creadora que la creación, y que el fin principal del crítico es ver el objeto tal como no es en realidad. O sea, que su labor tendría no ya que ser equiparable a la obra que comentara, sino que en última instancia debería superarla, haciendo de su crítica una obra nueva o personal, es decir, convirtiéndola en algo vivo, en una gran obra de arte, que no es ni mucho menos lo que luego practicaron los deconstructivistas, pues en lugar de insuflar vida a las obras que analizaban las mutilaron o, por emplear una expresión muy cara a Nietzsche, las momificaron. Pero, ¡ojo!, que Wilde buscaba que la crítica literaria se centrara exclusivamente en la forma y no en el fondo de toda expresión artística, y yo creo que en eso se equivocaba, porque en toda obra forma y fondo son un todo. Sin embargo, él dijo que «la forma es todo».

Cítame ahora algunos nombres de críticos, actuales y no, en los que te hayas inspirado para pergeñar tu propia estrategia crítica.

Yo no hablaría ni de inspiración ni de influencia a la hora de justificar o de determinar mi «propia estrategia crítica», si es que tengo alguna estrategia, porque cuando comento un libro del género que sea mi propósito no es otro que dar a conocer lo que de bueno o de malo tenga el libro en cuestión. No me gusta practicar el reseñismo como «resañismo». Pero, por volver a su pregunta, yo le diría que los críticos a quienes más valoro son aquellos que no se limitan a hacer epítomes o resúmenes de las obras que comentan, sino que van más allá y, aparte de dejar su sello personal en sus escritos (un sello subjetivo, por supuesto), abren nuevas vías de interpretación, ilustran o educan la sensibilidad lectora. O sea, que me intereso más por lo que opine alguien a quien tengo por sabio que no por lo que diga la opinión pública, que, según mi admirado Wilde, la inventó Inglaterra para organizar la ignorancia de la sociedad. Pero, por citar a algunos críticos literarios actuales a los que sigo habitualmente, le nombraré a cuatro: Andrés Trapiello, José Luis García Martín, Elena Marqués y José Manuel Benítez Ariza (aunque este último ya casi se ha retirado de la crítica). Listar a otros muchos más me llevaría demasiado tiempo, y para qué.

Me intereso más por lo que opine alguien a quien tengo por sabio que no por lo que diga la opinión pública.

Justo mientras estábamos realizando esta entrevista, apareció en prensa un texto de Vicente Luis Mora en el que afirmaba que «la prescripción crítica implica tomarse infinitas molestias durante décadas; no solo leer, también estudiar y construir un criterio». Coincides con el autor de la misma, imagino. De ser así, ¿cree que el concepto de ‘criterio’ como pauta formada a partir de una lenta y exigente ‘paideia’ personal ha decaído como instancia cultural y social? ¿Está el ciudadano medio, tras abdicar de dicho concepto, expuesto al albur de las opiniones cambiantes? ¿O siempre ha sido así, solo que ahora se hace más evidente?

Sí, he leído el artículo de Vicente Luis Mora y coincido en lo que dice, aunque no me tomo al pie de la letra eso de que «la prescripción crítica implica tomarse infinitas molestias»: ¿Infinitas? Mejor que sean finitas. ¿Molestias? Mejor que sean trabajos sin muchos menoscabos, porque de lo contrario parecería que la labor del crítico literario es más una tortura que un ejercicio placentero. Sé que hay y ha habido muchos escritores (y los críticos literarios lo son, al fin y al cabo) para los que escribir es algo angustioso, una tarea que si pudieran la dejarían aparcada de por vida (sin ir más lejos, es lo que hubiera querido hacer Julio Camba). Pero entre un escritor y un crítico literario existe una diferencia fundamental: el crítico debe estar al día de lo que se publica, mientras que el escritor no. De modo que la faena del crítico sí que es una verdadera faena (o sea, un fastidio o un marrón) porque, como bien dice Vicente Luis Mora, tiene que leer mucho durante mucho tiempo para formarse un criterio propio, sólido y congruente.

Se ha producido una relativización de la cultura literaria y ya todo puede ser valioso.

Como insiste usted en querer saber si la prescripción crítica ha decaído como referente cultural y social en nuestra sociedad, lo único que le puedo decir es que lo que ocurre ahora es que el abanico de prescriptores se ha abierto (casi hasta el infinito) y ya cualquiera que hable de libros en un blog, en un canal de YouTube o en alguna de las muchas aplicaciones que existen (X, Instagram, Tik Tok, etcétera) puede influir en un mogollón de gente si se lo sabe montar bien (y lo del montaje no es moco de pavo: ¿un tipo o una tipa guapetones, con labia, sonrisas cautivadoras, efectos especiales de cámara y demás parafernalia, cómo no van a atraer a miles de personas deseosas de verlas y escucharlas, aunque sus análisis y comentarios sean simplistas?). Así que hoy en día todo el mundo puede opinar abiertamente sobre el último libro que se ha leído, con más o menos criterio, y el resultado de todo esto es la relativización de la cultura literaria y ya todo puede ser valioso, incluso lo que no vale nada, literariamente hablando. Vivimos, en fin, en un mundo de opinólogos, donde la Doxa ‒que diría Platón‒ se ha impuesto al Logos, a la Verdad y a la Razón.