Nuria Ruiz de Viñaspre

Hoy en día medicalizamos nuestra vida. Medicalizamos la tristeza, la desesperanza, la locura del desamor, la soledad, el sufrimiento… y todo esto tiene un “efecto” en nosotros mismos. En la obra El efecto, de la reconocida dramaturga Lucy Prebble, vamos a ver cómo la palabra “efecto” tiene un espectro amplísimo. No solo es un título, sino que se despliega por ejemplo al “efecto” que tienen las palabras, a la ley máxima de “causa y efecto”, al “efecto doppenganger” de los dobles gemelos, al “efecto de la ilusión óptica”, al “efecto alterado” del observador ante lo observado, a los “efectos secundarios” de cualquier medicamento, al “efecto placebo” de la ciencia y la autosugestión, al “efecto generacional” de dos parejas, a los “efectos especiales” como pulsos de luz, al “efecto mariposa” donde una decisión química puede desatar una tormenta en el alma, o a ese otro y no menos importante “efecto espejo”, tan presente en la obra a través de dos historias, dos realidades.

En esta obra los actores, con los maravillosos textos de Prebble en sus experimentadas bocas, exploran de manera muy provocativa todo lo concerniente a la palabra “efectos”, pero también a lo que concierne a los “afectos”. Y lo hacen con los límites impuestos por la salud mental, la ciencia y el amor. Pero si tenemos presente que la obra juega constantemente con la pérdida de control de la mente y la desconexión con el presente (curiosa esta idea de perder el control en una sociedad tan hipercontrolada), la analogía con la idea de que nuestra mente está atrapada más allá del presente y su futuro y de ese apego a nuestro “yo dictador”, toma toda la fuerza.

Todo esto nubla lo que conocemos como “realidad». De este modo, en lugar de buscar la paz mental, los personajes de El efecto destruyen su presente intentando racionalizar y controlar el futuro. Prebble quizá quería proponernos una metáfora de cómo la ciencia posee nuestros cuerpos para ser en sus manos marionetas biológicas. En esta obra no solo Connie y Tristán son marionetas, también lo son Norma y Tomás y cuantos estábamos sentados en el patio de butacas. Todos seres asustados que al mínimo dolor medicalizan sus vidas siendo esclavos de otro ser más poderoso, la mercantilización de la salud. Así hasta llegar a desmantelar por completo la condición humana.

En el escenario cuatro personajes dibujados matemáticamente en dos correspondencias de conjuntos para formar un “efecto espejo”. El conjunto inicial (o de salida) y el conjunto final (o de llegada), vinculando personajes y dilemas mediante reglas específicas. En el conjunto inicial o de salida, está la generación que inicia la relación, Norma y Tomás, el amor pasado, el amor ajado que ya es historia, pero que aun arrastrando heridas antiguas, trascendió a la química de los primeros años. Norma, la humanista, fantásticamente interpretada por una empática y dañada Alicia Borrachero y Tomás, en la carne de Pepe Ocio, estupenda interpretación en ese hombre corporativo, cuya tarjeta de visita es la de una industria farmacéutica. En el otro conjunto, el de llegada, el que recibe, estaría la joven pareja Connie y Tristán con su amor loco, irracional, aceleradísimo, químico y quizá por ello –no sabemos– temporal. Si hiciéramos esa correspondencia de conjuntos matemáticamente aparecerían diferentes posturas desde esa simetría conceptual. La regla la marcaría el conjunto de salida, Norma y Tomás, pero la joven pareja trastoca toda “norma” y acaba desbaratando ciencia y matemática, ya que el amor es el único elemento impredecible, algo que ni la ciencia misma lograría domesticar. Con esa misma fuerza se podrían interrelacionar los pares masculinos de Tomás, que piensa que hasta el alma se puede codificar clínicamente, y Tristán, impulsivo conejillo de indias que desafía toda rigidez, junto a los pares femeninos de Norma, que quiere humanizar la ciencia y Connie, que necesita saber si lo que siente por Tristán es real o es un “efecto secundario”.

Interesante la idea de observar desde el patio de butacas a los observados Tristán y Connie (el presente) siendo observados por los observadores Norma y Tomás (el pasado). Y donde, en un desenlace luminoso y esperanzador, se consigue un delicado equilibrio.

En cuanto a la iluminación de la propuesta de Fisher, un acierto rotundo. Otro gran protagonista, la luz, como si fueran impulsos eléctricos de la propia mente, ahí, nadando cerebros a través de grandes metáforas visuales y espaciales. Sinapsis en vivo y en directo donde el ánimo (de alma) estaba en continuo movimiento. La luz blanca, aséptica, estéril, límpida, el laboratorio de un espacio mental, era contrastada con la música estridente que no era sino el caos mental, la euforia, la ansiedad. Las proyecciones de vídeo con resonancias magnéticas y demás escaneos aportaban una estética visual que alteraba la percepción de la realidad. Por otro lado, el suelo del escenario planteado con cuadrículas de luz que parpadeaban, conseguía bien su “efecto”. Sobre las cuadrículas, dos conejillos de indias y sus pequeños amos, todos atrapados dentro de un experimento geométrico donde cada paso dado era milimétricamente medido y registrado, incluso los dados por los amos, registrados también por el público.

 

 

En lo referente a las interpretaciones, Alicia Borrachero –la doctora Norma–, que transmitía mucho más con el lenguaje corporal que con el propio texto, destacaba por ese intento de humanizar lo inhumanizable, la frialdad de un sistema clínico. Ella y no otra era la grieta humana de cualquier sistema. Con un manejo increíble del ritmo, una ágil e inteligente interpretación y toques espléndidos de humor, conseguía aligerar las altas cotas de tensión a los que nos llevaba la obra. Interesante el pulso psicológico mantenido con su pareja de baile, Tomás, gran actuación la suya por cierto, haciendo de contrapeso.

Más interpretaciones igual de potentes y vibrantes fueron la del joven Itzan Escamilla, con ese lado seductor y rebelde, ese lado salvaje de animal visceral, junto a una maravillosa, delicada, medida y racional Connie (Elena Rivera). Ambos formando preciosas fuerzas contrarias. El contraste ideal del efecto espejo en Norma y Tomás. Gran disfrute ver cómo Escamilla pasaba del flirteo y del juego inocuo a la más absoluta desesperación en cuestión de segundos. Impactante el final de la obra que nos habla del amor real, así como esa potente imagen del “cerebro en un balde”, experimento planteado originalmente por el filósofo Hilary Putnam. Sea como fuere, si hubiera que cerrar con alguna moraleja podríamos decir que en esta obra no se puede separar el amor romántico de la biología, son uno. Toda una lección sobre cómo el apego a nuestras propias ilusiones mentales nos genera sufrimiento.

 

 

 

Dirección: Juan Carlos Fisher

Elenco: Elena Rivera (Connie), Itzan Escamilla (Tristán), Alicia Borrachero (Norma) y Fran Perea / Pepe Ocio (Tomás).

Adaptación: Rómulo Assereto y Juan Carlos Fisher

Iluminación: Ion Aníbal López (A.A.I.)

Escenografía y vestuario: Juan Sebastián Domínguez

Ayudante de dirección: Rómulo Assereto

Producción ejecutiva: Olvido Orovio

Producción y distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas S.L.

Espectáculo presenciado el viernes 22 de mayo del corriente año, en el Teatro Marquina.

Próxima y última función, 6 de junio, en el Festival del Teatro Internacional del Teatro de Invierno de San Javier, Murcia.