Por Mario Álvarez Porro.

Nos insta Jorge Luis Borges, en su Arte poética, a contemplar el tiempo como un río en el que todo fluye y se pierde: «mirar el río hecho de tiempo y agua / y recordar que el tiempo es otro río, / saber que nos perdemos como el río / y que los rostros pasan como el agua». Sin duda, esa contemplación está realizada en forma de plegaria, pues, como nos enseña Dámaso Alonso, «toda poesía es religiosa». No necesariamente en un sentido confesional, sino en cuanto tentativa de dar sentido a la experiencia, de nombrar lo que duele y lo que permanece. En esta tradición se inscribe Oración de la lluvia (Premio Adonáis 2025), aunque desplazando su centro: lo sagrado ya no es Dios, sino la vida, el amor, la memoria y la escritura. El título sintetiza esta poética al unir la oración —acto de entrega— y la lluvia —imagen de la palabra—, situando la voz lírica en una tensión entre lo espiritual y lo material.

Carmen María López López (Murcia, 1991) ha construido una obra coherente en la que temas como la identidad, la memoria y la genealogía se desarrollan con continuidad. Tras Yo también anochezco y La madre de nadie, este libro no supone una ruptura, sino una depuración: los mismos motivos reaparecen con mayor carga simbólica y conciencia de tradición.

La identificación entre escritura y lluvia resulta central. Ambas caen, fluyen, se repiten y erosionan. La lluvia se convierte así en símbolo del tiempo, de la memoria, del lenguaje y de la vida. Como en Borges —«Cae o cayó. La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado»—, su sonido evoca el pasado y conecta lo presente con lo ya vivido, actuando como nexo entre lo individual y lo colectivo.

La obra se estructura en dos partes —LO DIVINO y LO HUMANO—, precedidas por ÍTACA, un preludio que conecta con libros anteriores y unifica la voz poética. Formalmente, se mantiene la silva polimétrica, con predominio de endecasílabos, junto a anáforas, paralelismos, apóstrofes y preguntas retóricas que refuerzan la idea de la poesía como oración reiterada.

ÍTACA cumple una función que va más allá de la introducción, pues enlaza con la obra previa mediante el motivo del nombre y anticipa uno de los ejes del libro: la maternidad. «Adorarás el brillo de aquel tiempo: / tú te llamabas Carmen y aún te llamas / Carmen canto». Esta se presenta no solo como hecho biológico, sino también como símbolo de transmisión de vida, tiempo y palabra, como comprobamos en la dedicatoria: «A Carmen Lucía, / que me prestó el hilo de la lluvia…». La escritura aparece así como otra forma de engendrar.

Frente al esquema de ascenso y descenso del sujeto lírico en los poemarios anteriores, aquí se plantea una tensión entre lo divino —la tradición literaria y la escritura— y lo humano —la finitud, la familia, la herencia—. La poesía actúa como mediación entre ambas dimensiones, como letanía que recorre la genealogía cultural y biológica.

En su primera parte, LO DIVINO, la escritura ocupa el centro de la experiencia. La poesía se interroga a sí misma y se inscribe en una tradición. Lo divino no se ve, pero se busca mediante una excavación interior (LO DIVINO): «No es fácil acercarse a lo divino. […] / mas sé que lo divino está muy cerca». De ahí la atención a lo pequeño, a lo aparentemente insignificante, donde se revela lo esencial (LO PEQUEÑO): «Escribo de rodillas, genuflexa, / para escuchar el canto de las cosas / pequeñas, esas cosas tan sutiles / que están ahí tan solo y nadie explica».

El culturalismo aparece integrado en el discurso, ya que las referencias no interrumpen la intimidad, sino que la amplían, convirtiendo la escritura en diálogo con la tradición. La autora dialoga con diversas figuras y obras —Borges, Vallejo, Machado o Miguel Ángel—, lo que refuerza la idea de que escribir es ofrecer —«escribir es llover: dar en ofrenda» (CÉSAR VALLEJO, CEMENTERIO DE MONTPARNASSE)— y de que el arte participa de una dimensión que trasciende lo meramente humano. Sin embargo, este retorno a la tradición conduce siempre de nuevo a la vida (BORGES SE EQUIVOCA): «Excavo el fondo de mi corazón. / Y venero vivir. Tener pulmones, / respirar doce veces por segundo».

En su segunda parte, LO HUMANO, el enfoque desciende hacia el cuerpo, la familia y el paso del tiempo. La lluvia adquiere aquí una dimensión más material, vinculada a la corporalidad y al desgaste. El cuerpo, hecho también de agua, se convierte en el espacio donde el tiempo deja su huella (EL RÍO): «anuda el camino entre los cuerpos / el nacer y el morir, la claridad y lo oscuro».

La poesía se enfrenta entonces a la pérdida, no para negarla, sino para convivir con ella. La familia aparece como núcleo simbólico —«La familia es un bosque […] / este bosque es tu cuerpo y te habla» (LA FAMILIA)—, y la voz poética asume la fragilidad formulando su plegaria (ORACIÓN DE LA LLUVIA): «Hija, enséñame / a que me importe y a que no me importe / el curso de la vida».

No hay consuelo pleno, pero sí una comprensión de la existencia como tránsito en el que vida y muerte se entrelazan (EPITAFIO): «Tú no la conociste, tu bisnieta. / La sostengo en mi carne: / lo más bello, amarte en ella, en ti».

En última instancia, la poesía se presenta como el único remedio frente al paso del tiempo: la posibilidad de transformar la experiencia en música, símbolo y sentido. De ahí la afirmación final de la escritura como necesidad (HÁGASE LA POESÍA): «Contra la indignidad del hundimiento, / hágase la poesía».

Es evidente la importancia de la tradición literaria para Carmen María López López, cuyas influencias explícitas —desde nombres como los de Natalia Litvinova, Basilio Sánchez, Carmen Palomo, Ramiro Gairín, José Ángel Valente, Carmen Verde Arocha, Julio Tizzani, José Emilio Pacheco y Chus Pato— e implícitas —como Jorge Manrique, Kaváfis o Ada Salas— hacen destacar un culturalismo entendido como forma secundaria de acceso a la experiencia vital, ya sea desde la cita, que enriquece significativamente el discurso íntimo; desde los poemas en los que se produce una sustitución o una comparación analógica con algún mito griego —Ulises, Eneas o Ariadna—; o desde el diálogo interior con la tradición literaria y artística representada en sus maestros —César Vallejo, Antonio Machado o Miguel Ángel—. Además, cabe destacar sobremanera la enorme influencia de Jorge Luis Borges, cuya presencia resulta notable en toda su obra.

La obra confirma la madurez de una voz poética que ha sabido construir un universo propio. Si en libros anteriores predominaba el descubrimiento del yo y del dolor, aquí emerge una mirada más reflexiva, más consciente de su lugar en la tradición y en el tiempo, donde la escritura aparece como una forma de vida, no solo como expresión, sino como necesidad: un modo de atravesar la existencia —como la lluvia— dejando una huella persistente.