SACRESIZE, una maravilla de danza dramática natural e imprevista
Matías Escalera Cordero

Seguramente, esta breve reseña saldrá ya cuando, o apenas queden representaciones del espectáculo, o quizás haya concluido ya su breve paso por Los Teatros del Canal, en Madrid.
Yo tuve la fortuna de presenciar su segunda representación, el sábado 29 de mayo, con la sala prácticamente abarrotada; una sala que se levantó y que aplaudió durante cinco minutos a su director y protagonista Alberto Velasco y al elenco de actores y actrices bailarinas que lo acompañan en este maravilloso proyecto de danza dramática contemporánea con una carga de sentido que lo atraviesa de cabo a rabo, de principio a fin, en sus dos partes, intrínsecamente ligadas, la primera, SIZE, a partir de la música de Fernando Nequecaur y Pablo Diez Dolinski, con el potente fondo de video-creación debido a Afioco Gnecco; y la segunda, con La consagración de la primavera de Igor Stravinski, encarnada, en sentido pleno, como nunca antes lo había presenciado, en una coreografía natural, fluida y disuelta en cada nota de la inmortal composición, mediante un trabajo corporal, expresivo y dancístico alejado completamente de las coreografías dominantes en la danza contemporánea, fundamentadas en gestos espasmódicos y supuestas diabluras gimnásticas que conducen, más que a la fusión armónica del movimiento con la música que deberían materializar y visualizar, nos conducen, digo, a una desaforada exhibición gimnástica, de gestos separados, al final, de los ritmos en los que se basan, pues o los solapan, o los anulan y esconden, en una especie de paroxismo competitivo contra la propia música.
Aquí, no, en SACRESIZE, Alberto Velasco y su magnífico elenco de actores bailarinas, logran que los cuerpos se fusionen con las notas musicales, con sus compases y sus fraseos, con su ritmos más íntimos y profundos, encarnándolos de modo real, en sentido estricto y perfecto.
Y todo ello, movimiento, música, cuerpos, imágenes, composiciones y textos, vitalizados y justificados por la idea fundacional del espectáculo, que se manifiesta de modo definitivo en ese final apoteósico, en el que el público se funde, también, definitivamente con lo que ha presenciado y gozado.
La danza, como el mundo, no es solo de los cuerpos normativos y normativizados, a la fuerza; la danza, como el mundo, es de los cuerpos reales, de esa maravillosa y armónica diversidad que es la cualidad esencial de la vida.
Vayan a verlo si pueden aún, pues, además de que gozarán de una experiencia artística, emocional y estética de primer orden, saldrán del mismo reconciliados consigo mismos y con sus propios cuerpos.

