
Juan Manuel Uría.- José Luis Trullo, lector de lápiz en mano, reúne en Un monstruo incomprensible (Renacimiento, 2025) una panoplia esencial, variada, extraordinariamente sugerente, de aforismos cosechados por su mano que piensa (con lápiz, ya he dicho) al albur de su buen ojo cosechador (un compilador tiene mucho de horticultor). Aforismos de un retablo bien elegido de moralistas franceses, observadores sagaces del mundo y de la realidad circundante, del comportamiento humano. Humanistas todos, como el propio Trullo, valedor de lo mejor del humanismo occidental, esa raíz aérea que permanece siglo tras siglo. (Lo de retablo, dicho sea de paso y entre paréntesis, no es baladí, pues hay cierta actitud de adoración, en el sentido de homenaje y amor, respeto y agradecimiento por su palabra, por el legado que nos donan).
Trullo, su lápiz, su mano activa e intermediaria, nos dona a su vez, generosamente, el pensamiento bellamente construido de Madeleine de Souvré (“Hay que acostumbrarse a las tonterías ajenas, y no ofenderse por las necedades que dicen en nuestra presencia”), La Rochefoucauld (“Hay quien jamás se habría enamorado si nunca hubiese oído hablar del amor”), Pascal (“La sabiduría nos devuelve a la infancia”), La Bruyère (“No se puede llegar muy lejos en una amistad si no estamos dispuestos a perdonarnos los unos a los otros nuestros pequeños defectos”), Vauvenargues (“Las grandes generosidades producen las grandes ingratitudes”), Malesherbes (“¡Qué camino tan singular recorremos para elevarnos! Nos arrastramos por el barro”), Chamfort (“Cuanto más se juzga, menos se ama”), Rivarol (“Nada nos sorprende cuando todo nos sorprende. Es el estado de los niños”), Joubert (“Un sueño es la mitad de una realidad”), Chateaubriand (“La muerte según los salvajes es una mujer alta y muy hermosa, a la que sólo le falta el corazón”), en un recorrido cronológico de un par de siglos, hasta llegar o traspasar el umbral del romanticismo, tan importante sin duda para el desarrollo posterior del arte y de la literatura en general (Sturm und Drang!, acaban de gritar por aquí).
Este escenario (otra acepción de retablo), donde la subjetividad y la figura del creador adquirirá tanta importancia, ya es prefigurado por el conjunto de aforistas que Trullo nos presenta, fuente y promoción, prólogo mejor dicho, de lo que hoy se llama (al margen de debates contemporáneos sobre qué leches sea un aforismo) “aforismo moderno”. Y es que es muy importante para Trullo la fuente, el hontanar, el origen del que manan las cosas, fuente que sigue ahí, aunque se olvide o cubra el tiempo con su cemento civilizatorio (y basura obliterante). Lean, en este sentido, su -nuestra- Remiúrgica (Thémata Editorial, 2022) como prueba de lo que hablo. Los aforistas de su retablo van prefigurado un estilo, una mirada, también una actitud y forma en la que abordar la realidad y la escritura aforística, alejándose de la máxima, de lo preceptivo, para analizar con aire sagaz, afilado, pero en ocasiones también compasivo (y es que ellos mismos serán objeto lacerante de su pluma) el comportamiento del ser humano. Ser humano al que saben falible, vulnerable y contradictorio. Ya no se escribe desde una incólume atalaya sino que el aforista está dentro de la vida cotidiana, miembro de su sociedad como observador y partícipe directo, suerte de antropólogo de campo con su cuaderno de anotaciones donde va recogiendo, en forma de aforismos, el comportamiento de una época, con sus luces y, sobre todo, con sus sombras, con la atención puesta en lo que no se ve (o más bien, en lo que se esconde).
Y es que un aforista, como un buen retratista, ha de tener la pericia de sacar a luz lo no evidente, lo que esconde el trampantojo. También algo de la osadía del bufón, pienso ahora a vuelapluma, pues era el bufón (como ciertos humoristas modernos) el único que se atrevía a decir las verdades al poderoso, que mostraba sin veladuras el ridículo ambiente, la falsedad estructural. Con los ojos bien abiertos, desvelando del teatro humano lo que no vemos o no queremos ver, bufón y antropólogo, buen conocedor del comportamiento humano, refractario siempre a la apariencia para señalar sin tapujos nuestra desnudez, nuestras vergüenzas. Y traigo ahora a colación el aforismo de Pascal que usa Trullo para el frontispicio de su libro: “Si se ensalza, yo lo humillo. Si se humilla, yo lo ensalzo. Y le contradigo siempre. Hasta que comprenda que es un monstruo incomprensible”. Ahí estarán, por lo tanto, para que lo comprendamos, como los aforistas de este libro imprescindible, los testigos lúcidos de cada época, consignando no solo su forma, sino sobre todo el fondo de ser de lo humano, aquello que une las generaciones y las épocas, y que hace que el espejo (deformante) que nos interponen siga sirviendo hoy para contradecirnos y vernos así como lo que realmente somos: unos monstruos incomprensibles.

