Horacio Otheguy Riveira.
Una casa frente al mar en Asturias, a la que llega muy triste porque añora a su marido, a quien también detesta porque nunca le contó de su adicción al juego, y por ello ahora el banco va a quedarse con su adorada casa, sin otro nombre que La casa del mar.
Miriam Díaz Aroca se encuentra muy cómoda en la doble vertiente de viuda desolada, sin un duro, angustiada ante la nueva situación, y la añoranza de su querido Gonzalo. La actriz conmueve, y cuando va a agotarnos con su victimismo, la función entra en una variante singular en el cuerpo de una desconocida de 19 años que solía refugiarse en ese hogar paralelo al familiar. Se llama Laia, como la hija que falleció sin llegar a nacer.
Entre ambas mujeres se establece una relación clave para que aquella pueda rehacer su vida. Pero… ¿Quién es esta muchacha que tanto sabe de su historia, y tanto más para enseñarle a emprender una justa lucha por salir del pozo? Como dice una máxima inglesa: «Si estás en un pozo, deja de cavar».
Con Laia de la mano, en el camino inverso de una mujer madura guiando a una criatura, texto y dirección se introducen en una sutil empresa de realismo mágico. En ligeros brochazos deja en manos del público el contexto sublimado de una empecinada juventud que bien puede ser un ángel o la conciencia juvenil de quien, acercándose a la vejez, tiene guardado un coraje a toda prueba.
Este camino de resurrección lo recorre Díaz Aroca con tanta prestancia en el drama como cuando, paulatinamente, renuncia a la nostalgia. Obtiene del público una empatía que hace muchos años que este cronista no encontraba en una sala: un entusiasmo con la actriz y su personaje entre los desconocidos de un patio de butacas anhelando ese cambio para ellos mismos, y festejando con entusiasmo el logro que habita el escenario. A su lado, la joven aprendiz de gran maestra, Zoe Munera, también juega con solvencia su misterioso personaje.
En dos actos sin interrupción, con transiciones elegantes, dentro de una pieza teatral con partes bien ensambladas, en un contexto de comedia dramática psicológica que resuelve con talento los convencionalismos del género. Al borde del melodrama crudo, se erige una comedia que festeja los cambios cuando escuchamos en nosotros mismos las voces necesarias, las voces dormidas que, de pronto, y sin venir a cuento, un extraño nos abre el ventanuco de la esperanza, ese que teníamos cerrado a cal y canto.
– Reparto: Miriam Díaz Aroca y Zoe Munera.
– Dirección: Tonet Ferrer.
– Texto: Jordi Lérida y Tonet Ferrer.
– Ayudante de dirección: Sol Barrado.
– Director de Arte: Alejandro Jiménez.
– Diseño luces y sonido: Quique González.
– Audiovisuales: Miguel Campos.
– Maquillaje y vestuario: Emilio





