Ainhoa Escarti

Hay muchas películas que nos recuerdan y demuestran que el cine nació para ser arte y que es arte en sí mismo. Que nos conmueven y recuerdan sentimientos humanos ya casi olvidados en una sociedad deshumanizada e incapaz de entender lo distinto.

Bertolucci, indiscutiblemente, pese a sus más o menos aciertos, es un autor. Y cualquier cineasta no es un autor: tan solo aquellos capaces de dejar huellas en sus películas que les definen como artistas; aquellos de los que se puede elaborar un perfil de características como se haría de Vermeer o Rubens. Esta obra iba a ser realizada en un principio para la televisión, como ya hizo con La estrategia de la araña, pero finalmente fue producida para salas de cine bajo un presupuesto mínimo. Basada en la novela de James Lasdun, pero con cambios realizados por el director —como el origen del personaje femenino protagonista, que de Sudamérica se traslada a África—, su dedo mágico está irremediablemente en todas las secuencias que nos ofrece, llenas de elegancia y acompañadas de un concepto distinto del espacio y el tiempo. Los largos silencios acompañan a los personajes, que se manifiestan con miradas y gestos con los que sobran las palabras. Recurre a las imágenes como medio de comunicación; las palabras se trasmutan en símbolos capaces de decirlo todo por ellos mismos. Bertolucci nos lleva al lenguaje más allá del lenguaje, a la expresión más básica del ser humano con un claro homenaje al tan olvidado cine mudo.

La relación entre Besieged y el cine mudo llama mucho la atención, ya que el autor va más allá del simple homenaje para ofrecernos largos y significativos silencios donde los personajes se comunican, crecen y se desarrollan. Se podría decir que es muda en momentos: cuando enmudece el piano nacen las palabras, mientras es suficiente con los individuos mismos. El piano acompaña en el viaje vital de los personajes; un piano que transmite los sentimientos del pianista con los que “asedia” el corazón de la protagonista femenina. E incluso las interpretaciones cuando suena el piano son distintas, con cierto sabor añejo que aporta el cine mudo, que cambia las percepciones y sensaciones al quedarse limitado, sin palabras. Y es que cuando a los humanos nos faltan las palabras, pero la necesidad de comunicarnos no decrece, nos volvemos más inteligentes y refinados en busca de una simbología que podamos reproducir con los recursos con los que contamos, sin que nuestra idea a expresar pierda sentido alguno. Esto es lo que Bertolucci nos enseña a hacer de forma impecable en esta inigualable obra que nos recuerda por qué es quién es.

La historia no es ni más ni menos que una de esas mínimas que hablan del encuentro, con algo de desencuentro, de dos personas que están embrujadas por su presencia mutua. Está narrada desde lo mínimo, lo esencial, con una poesía visual que, junto a las interpretaciones de los dos protagonistas, se convierte en algo grande.

Sin duda, el tema principal de la película ya lo mencionó el propio Bertolucci en una entrevista concedida a TCM. En ella, comentaba que esta película está basada en una frase de un guion de Jean Cocteau que dice así: “No existe el amor, solo existen las pruebas de amor”. Esta frase, que incluso Bertolucci incluye en los diálogos de sus películas como Soñadores o Belleza robada, consigue aquí concluir finalmente con una historia que vive y se alimenta de ella. La historia es eso: una gran prueba de amor de una persona hacia otra; una prueba que va más allá de las posesiones materiales, aunque estas también formen parte del propio individuo, como es el caso del piano. El protagonista es incluso capaz de desprenderse de su piano, que no es un mero objeto, sino su transformador de sentimientos, su vida durante mucho tiempo. Es una dejadez casi franciscana, ya que lo material no vale nada; es solo una vía para conseguir aquello que pruebe ese sentimiento que le explota en el pecho. Todos sus personajes, cuando van a demostrar un sentimiento, no se bastan con decirlo: dan pruebas de ello. En este caso, existe una relación de alimentación mutua entre la frase y la película; una no existe sin la otra.

Estamos ante una de las obras más personales de Bertolucci y quizá de allí se alimenta su poesía visual (arte que trabajó antes que el cine), jugando con la cámara y experimentando con la luz y los ángulos. Parece que aquí Bertolucci renace tras sus obras más caras para presentarnos una pequeña pieza maestra que parece salida de alguien que empieza y está en ese momento de experimentación mientras se busca a sí mismo; un reinvención de Bertolucci dentro de Bertolucci. Se redescubre y se encuentra más denso que nunca, llevándonos a lenguajes visuales llenos de significado. Y es que, como dijo Kubrick, el cine tiene más que ver con la música y la pintura, ya que es capaz de expresar conceptos más allá de las palabras.