Manuel Toranzo Montero (1990). Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla, trabaja desde 2016 como profesor de Enseñanza Secundaria. Ha escrito desde la adolescencia, aunque lo cierto es que no hace tanto que se lo toma en serio —perdió mucho tiempo leyendo libros que podrían servir para hacer una hoguera, atrancar un portón o desnucar a una vieja—. Desde entonces, ha ganado un par de premios, pero ninguno de los que dejan dinero, lo que no ha sido óbice para que su padre los enmarque por la casa. Le gustan las bromas sobre la muerte, la cerveza belga y la obra de Kant —no se da de baja porque cree en el imperativo categórico—. Lo que más teme del mundo es que su novia le pida que le haga una foto. Todo lo que cuentan de él —especialmente lo malo— es verdad. Cada lunes, empieza un diario. Ha publicado Las transformaciones (Ediciones en Huida, 2025), que fue propuesto para los Premios de la Crítica de Andalucía —para sorpresa de nadie, no llegó a la final—. Acaba de publicar Antiépica de la vida cotidiana en la Colección ITES de poesía de Olé Libros en 2026
Javier Gilabert: Manuel, bienvenido a Culturamas. Es un placer tenerte por aquí. Apenas un año después de publicar Las transformaciones (Ediciones en Huida, 2025), regresas a los estantes con Antiépica de la vida cotidiana (Olé Libros, 2026). ¿A qué responde esta cercanía entre ambas publicaciones y qué encierra exactamente esa «antiépica» que da título al libro?
Manuel Toranzo: El manuscrito de Las transformaciones era antiguo, así que venía escribiendo este libro desde antes de la publicación del primero. Antiépica de la vida cotidiana es un libro más lúdico, más jovial y con menos estructura narrativa que Las transformaciones. Tenía una serie de poemas con un tono cómico sobre asuntos aparentemente banales: “Requiem para la planta que no supiste cuidar”, “Excusas para no tirar la basura” o “Malditos buitres”—que habla de aquellos que te prometen pagar por Bizum y sufren amnesia repentina—, y a estos poemas acabé uniendo otros más serios, pero que comparten el mismo universo literario. Así, poco a poco, fue surgiendo el libro.
Como autor, ¿qué claves o advertencias previas le darías a los lectores antes de adentrarse en las páginas de Antiépica de la vida cotidiana?
Una buena forma de adentrarse en este poemario —aunque esto es extensible a todos— es sin pretensiones, dejando que los poemas te hablen. Creo que es un libro muy accesible y, por decirlo llanamente, simpático, capaz de arrancarle una sonrisa a cualquiera que se acerque a él.
El humor, al final, es una especie de gimnasia
En tu nota biográfica confiesas sin pudor tu afición por las bromas sobre la muerte. En el poema «Lo bueno del invierno» llevas esto al extremo, hablando de la comodidad de morir en casa disimulando el olor bajo la excusa de una fuga de gas. ¿Qué papel juegan el humor negro o esta ironía descarnada a la hora de desdramatizar tus versos?
En muchos de los poemas de este libro es vital, pero es que bromear sobre lo inevitable es fundamental para convivir con nuestros miedos. El tabú de la muerte es fuerte y mucha gente se extraña cuando se hacen chistes sobre ella, pero es una forma de naturalizarla. La muerte es una putada, por supuesto, y no por reírnos de ella la convertimos en menos dramática, pero sí nos ayuda a soportarla mejor. El humor, al final, es una especie de gimnasia, sirve para desperezar los músculos intelectuales, para volver flexible lo que se ha anquilosado.
La rutina es fundamental
En «7 de enero», el poema nos sitúa ante el «desguace» de las fiestas y nos deja frente a la resaca de la rutina, a la que describes brillantemente como «la piel del tiempo desollado». ¿Es esa rutina diaria el gran tema de este libro o, más bien, el monstruo del que intentas defenderte escribiendo?
La rutina es uno de los grandes temas porque muchas de las situaciones son rutinarias —las tareas domésticas, el trabajo, las relaciones familiares y sus
compromisos—. Para mí la rutina es fundamental, para nada es un monstruo. Muchas veces la miramos mal por lo que tiene de repetitiva, de monótona, pero conforma los cimientos de nuestra vida, su espina dorsal. Y sí, puede ser muchas veces anodina —y sobre eso se puede poetizar, claro—, pero vivir sin rutinas, sin estructuras en las que sostenernos y, por tanto, sin un horizonte de expectativa que nos haga saber a qué atenernos… eso sí que es monstruoso. Por ejemplo, gracias a las rutinas podemos levantarnos de los golpes que nos da la vida. Recuerdo que Sergio del Molino en La hora violeta —libro en que narra la experiencia de la muerte de su hijo—, subvierte el mantra de que «lo urgente no deja tiempo para lo importante». En su casa, después de pasar la mitad de día en el hospital con su hijo en aislamiento, sin rutinas las que aferrarse —la urgencia de tener que poner la lavadora o limpiar la casa, la urgencia de hacer la comida o regar las plantas— sería incapaz de vivir por la inquietud de lo importante.
Afirmas que cada lunes empiezas un diario. Esa insistencia en registrar los días, aunque el intento fracase cada semana, ¿es el verdadero motor de los poemas que conforman esta Antiépica?
No solo de la Antiépica, sino toda la literatura que se cuenta a sí misma.
Todo es susceptible de ser transformado poéticamente
En el poema «Buen patrón» invocas a Machado y te describes yendo al instituto «con mi melancolía y mis camisas / apenas sin planchar», aprovechando las guardias y los huecos para escribir. ¿Cómo conviven en ti el profesor de Secundaria y el poeta? ¿Es la sala de profesores un buen campo de observación literaria?
Conviven bien, pero el poeta quiere quitarle demasiado tiempo al profesor y el profesor, que es un poco negligente, se lo deja.
Cualquier espacio es un campo de posible observación poética: la sala de profesores, las clases, el ambiente de instituto… todo es susceptible de ser transformado poéticamente.
Vivimos una época donde los incentivos tienen que ser instantáneos
Al estar en las trincheras de la educación y en contacto diario con adolescentes, ¿cómo ves la relación de las nuevas generaciones con la poesía? ¿Es posible enseñar a leer versos hoy en día sin que suene a obligación académica y rancia?
Vivimos una época donde los incentivos tienen que ser instantáneos, y el esfuerzo de la lectura, tanto de poesía, como de la narrativa o filosofía, implica unos sacrificios a los que no estamos acostumbrados, cuyos frutos suelen venir a largo plazo. Pero bueno, este desinterés no es privativo de los jóvenes, aparece también en los adultos.
En cuanto a lo de enseñar a leer versos, me gustaría pensar que se puede. Algunas veces leo poemas en clase o textos similares y algunos alumnos parecen interesados, pero los menos, y muchas veces es un interés circunstancial, que no se mantiene en el tiempo. Pero bueno, con que haya uno en el que se siempre la semilla de la poesía, merece la pena.
La filosofía, si es de verdad, está en las cosas
Eres licenciado en Filosofía y te declaras incapaz de darte de baja de Kant por culpa del imperativo categórico. ¿De qué manera se filtra esa formación filosófica en unos versos que, paradójicamente, buscan lo «cotidiano» y parecen huir de las grandes abstracciones?
Es que la filosofía, a pesar de su aparente abstracción, trata cuestiones cotidianas. El imperativo categórico, por ejemplo, Javier Hernández Pacheco —un antiguo profesor mío, por desgracia ya fallecido— lo explicaba hablando del típico universitario que comparte piso y siempre friega sus platos y los de su compañero, con la esperanza de que su éste comprenda que también tiene que hacerlo. En “Juan de Mairena”, Machado ilustra la tragedia de la temporalidad, el vértigo la sucesión, hablando de esperar a que se fría un huevo, a que se abra una puerta o a que madure un pepino. Ya te digo, la filosofía, si es de verdad, está en las cosas.
Sé que acabas de ser padre recientemente (¡enhorabuena, por cierto!). La llegada de un hijo es, probablemente, la experiencia que más dinamita la «vida cotidiana» tal y como la conocíamos. ¿Ha permeado ya este cambio radical en tu forma de medir el tiempo y la escritura, o aún es pronto para que asome en los poemas?
La experiencia de la paternidad ha cambiado bastante, no tanto mi escritura, pero sí desde luego mi vida y mis rutinas y, por extensión, el universo de temas que me interesan. Asoma tímidamente ya en el último poemario, en la forma de la expectativa del hijo, pero en los próximos proyectos estará muy presente.
Uno siempre intenta ser duro con sus textos
Acabas de iniciar tu andadura como reseñista literario en distintos medios. Al pasar al otro lado y tener que diseccionar la obra ajena, ¿te has vuelto un lector más despiadado con tus propios textos?
Uno siempre intenta ser duro con sus textos pero, supongo que como pasa también con los hijos, acabamos siendo indulgentes. Por eso, hay que verlos con distancia. Por el momento, la verdad, no creo que esté siendo más exigente de lo que he sido —o he dejado de ser— siempre con ellos.
Tu biografía dice que en el pasado perdiste mucho tiempo leyendo libros «que podrían servir para hacer una hoguera o desnucar a una vieja». Ahora que ejerces la crítica públicamente, ¿qué le exiges tú a un libro para indultarlo del fuego?
Un libro de poesía o de narrativa tiene que emocionar y eso sólo lo consigue cuando cuando es capaz de transmitir emociones universales. Al leerlo tienes que sentir que eso podrías haberlo escrito tú, que lo has vivido también, que puedes identificarte con lo que el otro cuenta. Al final, el esfuerzo tanto de la narrativa como de la poesía es hablar de lo universal a través de experiencias concretas.
Si miramos por el retrovisor hacia Las transformaciones, ¿qué Manuel Toranzo nos vamos a encontrar ahora? ¿Hay una evolución lógica en tu voz o una ruptura consciente?
En este libro el dominio de las formas del heptasílabo, el endecasílabo y el alejandrino está depurado. No tengo la sensación de que haya una ruptura con la voz de Las transformaciones, sí que hay aquilatamiento, y un interés por lo cotidiano que aquí es central y que en el otro libro, a pesar de que apareciera, jugaba un papel periférico, servía para hablar de otra cosa.
Llegamos a la pregunta ineludible de la sección. Si tuvieras que elegir solo tres poemas de este libro para presentarte ante alguien que no te ha leído nunca, ¿cuáles escogerías y por qué?
Elegiría los el último de los “Sonetos para Ana” porque capta bien el sentido del libro, el tono lúcido en que se mueve; “Mi padre” porque es un homenaje y conecta esa cotidianeidad con lo emotivo y “Lo bueno del invierno” porque lo que hemos estado hablando del fondo de humor negro que posee.
Me parecía interesante hacer recuento de lo vivido
Entre el instituto, las reseñas, la reciente paternidad y la promoción del libro, ¿queda espacio o tiempo para plantearse nuevos proyectos literarios ahora mismo?
Pues la verdad es que saco tiempo para escribir. Tengo un poemario empezado sobre la experiencia de la paternidad, cuyo título es Nacer y viene a decir que tener un hijo es como volver a nacer. También estoy trabajando en un libro de cuentos. Y a raíz de leer el año pasado Donde el amor inventa su infinito, un libro de Iván Onia que conversa con Mortal y Rosa, y con la relectura de la obra de Umbral y la lectura de algunos libros que se mueven cerca del diario —Manuel Astur o Christian Bobin—, me dio por comenzar uno. Un libro que está entre la reflexión, la prosa poética y las memorias. Me parecía interesante hacer recuento de lo vivido, teniendo en cuenta que iba a tener un hijo, cumplía treinta y seis años y hacía dieciocho que había fallecido mi madre.
Para terminar, y manteniendo viva la tradición, ¿a qué autor o autora te gustaría someter a nuestra “Primera impresión”?
Ya que me ha servido este año de inspiración, a Iván Onia. Donde el amor inventa su infinito es uno de los mejores libros que leí —y releí— el año pasado.
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Tres poemas de Antiépica de la vida cotidiana
Sonetos para Ana
IV
Ana se enfada porque no le hablo
al bebé, a su barriga, a nuestro niño,
pero sin conocerle, ¿qué cariño
quiere que yo le tenga? No hay vocablo
que represente el rostro de mi Anita
si le digo que no tengo confianza
con la criatura que tiene en la panza,
que tengo que esperar a ver si invita,
qué sé yo, a una cerveza o a un buen vino,
no es mal camino para ser su amigo.
Hasta ahora se ha tragado cada gota
de la sangre y el esfuerzo divino,
chupa de mi mujer como un mendigo.
Ana me mira y dice: eres idiota
Mi padre
Mi padre no pregunta por qué escribo.
Cuando llego cansado del trabajo,
me ofrece una cerveza o un café,
contempla las noticias en silencio,
sin inquietarse por la corrupción
o por resultados de la liga.
Me saca al perro todas las mañanas,
aunque repite que él no tiene perro,
o me hace el desayuno los domingos:
tostadas de pan blanco con jamón
—nada de moderneces,
ni semillas de chía,
ni huevo, ni aguacate—.
Si nos quedamos solos,
me dice de pedir una hamburguesa.
En navidad o por su cumpleaños
le compro siempre un libro.
Ni cuentos, ni novelas, ni poemas,
uno que trate la leyenda negra.
Él nos regala estuches de perfume
todos los años y, todos los años,
le digo: «no esperaba esta sorpresa».
Mi padre no pregunta por qué escribo,
pero algunos silencios y miradas,
algunas referencias a mi madre
y la curiosidad de sus colegas
—que siempre saben si publico algo—
demuestran que no importa
que nunca lo pregunte
Lo bueno del invierno
En invierno tenemos siempre excusas,
podemos evitar los compromisos,
dejar a los amigos y a la suegra
en la cordialidad del ya te llamo
cuando se vaya el frío. No es difícil
encontrar el pretexto o la pareja
—es natural pues todo el mundo quiere
mantas de coralina por la noche
y un cuerpo que lo abrace y que lo tape—.
En invierno podemos escondernos
en casa muchas horas, sin que nadie
se extrañe del olor siempre apestoso
que desprende un cadáver, extendido
sobre la cama o el sillón, sería
una fuga de gas, qué mala suerte,
pero qué hermosa nieve, creo hacía
años que no nevaba. En invierno
puedes morirte tranquilo en tu casa.

