Por Jorge de Arco.
Desde el siglo pasado, una parte del pensamiento contemporáneo ha puesto en cuestión la consistencia del sujeto. Si se considera que para la tradición moderna el yo constituía el pilar de la experiencia, en el XX la filosofía mostró hasta qué punto esa identidad es también una construcción narrativa, una forma de representación atravesada por dialécticas, imágenes y ficciones. Desde la sospecha nietzscheana sobre la estabilidad unitaria de la conciencia hasta las reflexiones de Paul Ricoeur acerca de la unidad discursiva, la subjetividad moderna se ha mostrado —cada vez más— como una arquitectura inestable.
La pura superficie (Pre-Textos, Valencia, 2026), segundo poemario de Guido Mazzoni, tras I mondi (2010), puede leerse, precisamente, desde esa atalaya: como una indagación lírica sobre la perdurabilidad del individuo en una época que ha erosionado sus fundamentos. Aquí y ahora, Guido Mazzoni se sumerge en las posibilidades de la circunstancia intrínseca sin caer en confesionalismos o abstracciones conceptuales.
Señala GianLuigi Simonetti en su introducción que en este poemario «persiste la misma ambición formal y la misma exigencia de cierre; persisten fragmentos de una autobiografía en forma de novela y de diario; persiste una huella poderosamente subjetiva». Una reflexión que resulta pertinente, pues uno de los rasgos más destacados del conjunto es la tensión entre experiencia personal y elaboración formal. La citada autobiografía se eleva, pues, de manera plausible, pero transformada por procedimientos que la desplazan hacia la meditación y la cimentación literaria.
La otra clave interpretativa la ofrece Fabrizio Cossalter —que ha vertido del italiano al castellano este volumen— cuando afirma que La pura superficie trata de «máscaras y pantallas, de una realidad convertida en ficción y de una ficción convertida en relato fundacional; de nuestros miedos y zozobras y de la calidad asténica de nuestra vida imaginaria». Lejos de ser tan solo una descripción de la materia tratada, esta observación apunta al núcleo problemático que concita el yo poético: la imposibilidad de acceder a una identidad plenamente diáfana en su plenitud. El sujeto aparece mediado por figuraciones, perfiles y representaciones que supeditan su percepción de sí mismo y del mundo.
El decir de Guido Mazzoni navega, pues, entre la indagación ontológica y la atención a lo concreto:
Los dos mundos están dormidos,
duermen ahora. Un sentido mudo los posee
en una especie de solemnidad.
El yo y la tierra —tus pensamientos, las pasiones,
lo que crees, lo que no crees, tu entera
trama peculiar—
El color rojo de tus castaños rojos,
el movimiento del río, el movimiento
adormecido de tu río T.
Una estampa, al cabo, que suspende la separación entre la escena interior y el panorama exterior. A su vez, el propio yo y la tierra forman parte de una misma configuración silente, unidos por un sentido mudo que parece preceder a cualquier explicación racional: «Se siente la vida de lo que da la vida tal como es». No hay aquí enardecimiento de la subjetividad, sino un propósito de comprender su lugar en un orden más amplio y enigmático.
Sin embargo, esa búsqueda se ve incesantemente desestabilizada: «Quien dice yo, en cambio, no tiene cuerpo, / sólo ve sus propias manos». Una aseveración que condensa una de las intuiciones centrales del libro: el sujeto es simultáneamente presencia y ausencia. Puede nombrarse, mas no alcanzarse por completo; es decir, existe una distancia irreductible entre la conciencia y aquello que intenta conocer de sí misma.
Esa misma fractura reaparece en uno de los textos en prosa más llamativos: «Y sin embargo lo que pienso no saldrá de esta cara, mi vida impropia será mía para siempre». Esa vida impropia compendia con notable precisión la condición que atraviesa estas páginas. La existencia se presenta como algo íntimo y, al mismo tiempo, extrañado; propio y ajeno a la vez.
La pura superficie confirma así la singularidad de Guido Mazzoni dentro de la poesía italiana contemporánea. Su escritura combina introspección filosófica, ímpetu narrativo y densidad lírica para interrogarse sobre uno de los axiomas centrales de nuestro tiempo: qué denota la significación del «yo» cuando el universo empírico de uno mismo se halla atravesado por quimeras, incógnitas y formas de vida cada vez más mediadas.
Ajenos a la tentativa de ofrecer respuestas concluyentes, estos poemas convierten esa incertidumbre en materia literaria de primer orden:
Entonces lo sabes, que no es la razón
lo que nos hace felices o infelices.
El pájaro canta, las plumas resplandecen, la palmera se yergue
al borde del espacio, lentamente,
el viento se mueve entre las ramas.
Llenas de fuego cuelgan las plumas.

