Por Jesús Cárdenas.

Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) ha construido una de las trayectorias más singulares y reconocibles de la poesía española contemporánea. Abogado del Estado, fotógrafo y poeta, su obra se caracteriza por una constante depuración expresiva, una mirada contemplativa sobre la existencia y una capacidad insólita para convertir la emoción en conocimiento sin incurrir en el exceso sentimental. Autor de libros como La noche tatuada (2013), Don de lenguas (2015), Ultramor (2017), Vicios ocultos (2019), Sed (2020), es tiempo (2022) y La vida en el aire (2023), su poesía ha sido recogida además en las antologías bilingües Marginal Notes (2019), Quando non ci sono (Einaudi 2021) y Quando ci sono (Einaudi 2025). Con El don de la tristeza (XXIV Premio Emilio Alarcos, Visor, 2026), Brezmes alcanza una de las cimas de su trayectoria: un libro que atraviesa la pérdida, la melancolía y la conciencia de la muerte para desembocar, paradójicamente, en una celebración de la vida. Lejos de entender la tristeza como derrota, el poeta la convierte en una forma privilegiada de atención, de lucidez y de reconciliación con el misterio de existir.

 

Cuando abrí El don de la tristeza pensé que iba a encontrarme ante un libro dominado por la intemperie emocional, por el peso de la pérdida y por esa vulnerabilidad que deja la muerte de quien ha compartido con nosotros una vida entera. Sin embargo, conforme avanzaba en la lectura, me sucedía algo inesperado: la tristeza nunca terminaba de convertirse en oscuridad absoluta. Había junto al dolor, una corriente de fondo que apuntaba hacia la aceptación, hacia la gratitud e incluso hacia una forma de serenidad. Pienso inevitablemente en la ausencia de María José, a quien el libro va dedicado. Después de atravesar una experiencia tan radical, ¿cómo llegaste a esa comprensión de la tristeza no como un lugar de hundimiento, sino como una fuente de luz, aprendizaje y transformación interior?

Frente a lo que pudiera pensar un lector que toma hoy este libro en sus manos, este no es un poemario sobre la pérdida, sino una aproximación a ella desde la intuición y la experiencia de alguien que, a la fecha de cerrar el libro, había conocido muchas pérdidas y estaba acostumbrado al dolor y al cuidado del otro, pero que no había sentido hasta entonces el dolor desgarrador de la pérdida del ser amado. Eso sucedió, de una manera inesperada, a los pocos meses de terminar el libro y de ser premiado, haciendo de la poesía una suerte de saber profético que asusta pero al tiempo ilumina. De modo que, aunque cada libro es un objeto autónomo de las cosas que le suceden a su autor, este libro en concreto permite dos lecturas, según se conozca o no lo que acabo de contar.

 «El arte de perder no es difícil de dominar», dice un verso de Elizabeth Bishop, y ojalá que así fuera, que fuese tan fácil desasirse de lo amado, pero la poesía no es la realidad, sino la sublimación de aquella, una nueva realidad, si se quiere, paralela a la —valga redundancia— «real». En todo caso mi visión de la tristeza no ha cambiado: sigo creyendo que los procesos psicológicos son necesarios para superar las dificultades, a veces extraordinarias, que nos pone la vida por delante. La tristeza es uno de ellos, como lo es la alegría o la entereza, y pensar lo contrario sólo conduce al sufrimiento. No sé si se he llegado a trasladar esa visión a estos poemas, pero sí sé que al escribirlos ellos me iban moldeando a mí, guiándome por esa selva oscura en que me había metido, para poder salir con algo de valor en mis manos y no sólo desesperación o locura.

Los versos que abren el libro, «Azul Patinir / Blanco Friedrich / Verde Hopper», parecen situar al lector en un territorio donde pintura y poesía dialogan para construir una cartografía sentimental. A lo largo del libro aparecen constantemente imágenes vinculadas a la pérdida, a la fragilidad y al paso del tiempo, pero lo extraordinario es que nunca caes en el patetismo ni en la exageración emocional. En una época en la que con frecuencia se confunde la intensidad con el exceso expresivo, ¿cómo has conseguido encontrar ese equilibrio tan difícil entre emoción y contención, entre la herida y la belleza, para que el poema conmueva precisamente porque nunca fuerza la emoción?

Dediqué muchos años de mi vida a producir imágenes, primero como fotógrafo y posteriormente haciendo collages, por lo que entiendo que resulte difícil disociar en mi poesía dónde comienza el escritor y dónde acaba el artista. De modo que cuando opté por dividir en tres partes este libro bajo tres colores inventados, que a su vez componen la gama cromática bandera de la tristeza, no estaba sino recogiendo el fruto de una pasión por la pintura, agradeciendo a los grandes artistas con cuya obra mi ojo poético se había ido formando.

Me sucede como a ti: al hojear ahora  El don de la tristeza encuentro una rara luz que me acompaña y me habla de la necesidad de no hundirse en la oscuridad, sino de aprender a mirar dentro de ella, al modo de Dante según se adentraba en el infierno guiado por la luz y la compañía de Virgilio, alguien que había muerto hacía mucho tiempo, pero cuya voz y presencia le servía de compañía real y de guía. Así me gustaría que el lector se sintiese al leer este libro, acompañado por una voz que le habla mientras atraviesa la noche oscura del dolor y le conforta.

Aludes en tu pregunta a un tema que quizá sea ya marca de la casa, de mi casa poética, la concisión expresiva y la contención emocional. Ambas tienen por objeto justamente lo contrario de lo que pudiera parecer: que el papel del lector sea más amplio que el habitual, de modo que el poema siga resonando al terminar de leerlo, y que la emoción provenga del propio lector al descubrirse coautor del poema cuando, con su lectura, termina de escribirlo.

Hay unos versos de «Origen» que me parecen esenciales para comprender el libro: «Cuando vemos por vez primera el mundo, / al tiempo que lloramos de alegría / nos ungen con el don de la tristeza». Leyéndolos pensé inmediatamente en la tradición barroca, en Quevedo y en esa conciencia de que la vida y la muerte nacen juntas, de que toda alegría lleva ya inscrita su pérdida futura. También en el viaje que propones en «Azul Patinir»: «desde la dicha a la tristeza / y otra vez de regreso a la alegría». ¿Dirías que este libro nace precisamente de esa intuición de que felicidad y tristeza no son estados opuestos, sino movimientos complementarios de una misma experiencia humana?

No por nada ese es el poema que abre el libro; el resto de poemas le obedecen para seguir uno de los dos caminos que «Origen»  sólo anuncia, y a los que hemos sido destinados a recorrer al nacer. Y es que esto de vivir es un ejercicio de equilibrio muy complicado que nunca se acaba de dominar del todo: tenemos que aprender a celebrar hasta lo más pequeño, pero debemos ser al tiempo conscientes en todo momento de la fugacidad de todo, de lo hermoso y de lo horrible, de la dicha y de la pena. Si la época del esplendor en la hierba pasa casi tan pronto como llega, el tiempo de la desdicha también tiene fecha de caducidad. Y en ese mar continuo de experiencias flotamos, unas veces surfeando las olas y otras sacando a duras penas la cabeza para respirar.

Ese cuadro de Joachim Patinir a que alude el poema que citas –«El paso de la laguna Estigia»– siempre me fascinó desde que lo vi por primera vez cuando era muy pequeño en el Museo del Prado, no sólo por el azul misterioso que lo recorre, sino también por adivinar allí, en la figura del barquero, el símbolo de alguien que ayuda a cruzar las aguas para llevarnos de una a otra orilla. Quizás el poeta no sea sino eso: un modesto barquero (sin sueldo, a diferencia de Caronte) que nos ayuda a cruzar las aguas del dolor y de la alegría, y nos conduce a uno y otro lado del misterio.

Uno de los poemas más memorables del libro es «La música del mundo», cuyo desenlace afirma: «No es necesario estar siempre felices: / la música del mundo nos consuela». Vivimos en una época obsesionada con la felicidad obligatoria, con la productividad emocional y con la idea de que cualquier tristeza constituye un fracaso personal. Frente a ello, tus versos parecen reivindicar una relación más compleja y verdadera con la existencia. ¿Qué es exactamente esa «música del mundo» que aparece en tus poemas? ¿Se trata de una forma de armonía secreta de la realidad, de una aceptación del dolor como parte de la vida o de algo más difícil todavía de nombrar?

Encuentro en tu pregunta varias inquietudes compartidas que subyacen en muchos de estos poemas y que, por así decirlo, dan el tono general al conjunto. Si El don de la tristeza fuera una moneda y su título la cara, la cruz bien podría haber sido El castigo de la felicidad.

Muchos de los males que nos aquejan se resumen en esta suerte de spleen existencial en el que tenemos aparentemente de todo y no nos satisface nada. Cuántas veces no habré querido comprar la felicidad y ella me esquivó o se fue esfumando entre mis dedos, y cuántas otras en cambio sentí lo infeliz que me hacía querer a todas costa ser feliz. Y sin embargo, si me detenía unos instantes mientras todo pasaba a mi alrededor, sentía que me estaba perdiendo algo importante, que el ruido de la vida tapa la música que suena como un mar escondido bajo la piel del mundo.

No hay nombre para algunas cosas, y está bien que así sea, pero me gustan las palabras que empleas —armonía, aceptación—, porque al leerlas pienso que algo de ellas hay en esta búsqueda que nunca cesa, pero que algunas veces —aceptación, armonía— se detiene y, entonces, sí, esa búsqueda se transforma en otra cosa que nos permite limitarnos a aceptar, a escuchar y a sentir.

Quienes seguimos tu obra desde los primeros libros hemos asistido a una depuración cada vez más radical de la expresión. Tus poemas suelen construirse sobre una arquitectura mínima, frecuentemente apoyada en el endecasílabo, donde cada palabra parece haber sido sometida a una rigurosa prueba de resistencia. Esa musicalidad sobria recuerda inevitablemente a la tradición petrarquista, aunque trasladada a una sensibilidad plenamente contemporánea. ¿Qué te ha dado el endecasílabo a lo largo de todos estos años y por qué sigues encontrando en él la mejor herramienta para expresar emociones tan complejas con una apariencia de absoluta sencillez?

Me interesa la sobriedad por lo que anuncia: «estoy preñada –dice– y tú has de recoger el fruto de mi vientre». La elegancia de lo pobre pero rico, antes que la de lo rico pero pobre.

En esa elección estilística no rehúyo las formas clásicas que tan bien y durante tanto tiempo llevan funcionando: el endecasílabo es una de ellas, pero también otros versos imparisílabos que, mezclados entre sí, dan forma a mis poemas, casi siempre cortos. En todo caso sólo pretendo que el resultado final permita una primera lectura accesible para todo el mundo, aunque debajo esconda otras más; es decir, que o haya que ser un lector de poesía para poder entrar en el poema. Es una forma de cortesía hacia el lector y una suerte de elegancia pobre, como me gusta llamar a esas personas que, se pongan lo que se pongan, nos hablan de su bello interior, al que nos gustaría asomarnos como a una ventana abierta en un día de sol, empleando la expresión de Lorca.

En varios momentos del libro se percibe un interesante juego de perspectivas. Hay poemas donde el sujeto parece observarse desde fuera, otros donde la voz se fragmenta y algunos en los que el propio acto de escribir se convierte en objeto de reflexión. Esa distancia introduce una dimensión metapoética muy rica porque evita que el poema quede encerrado en la mera confesión autobiográfica. ¿Hasta qué punto necesitas tomar distancia de ti mismo para escribir? ¿Crees que la poesía comienza precisamente cuando el yo deja de contemplarse únicamente a sí mismo y se convierte en materia de exploración y extrañeza?

Es cierto, ahora que lo dices, que reniego de cierto tipo de poesía abiertamente confesional, que en los demás puede gustarme pero que en mi caso no funciona, quizá porque tengo poco que confesar, y quizá también porque no le interese a nadie, dada la banalidad de mis pecados. No creo que la poesía sólo nazca cuando el yo desaparece, por supuesto que hay muchísimos poemas maravillosos escritos desde el yo, por el yo y para el yo, pero quizá haya algo en este libro de tratar de hacer de mi propia vida una biografía colectiva, de modo que juntos los lectores y yo nos vayamos adentrando, sin vernos, en un bosque en el que ninguno de nosotros habíamos entrado antes.

Uno de los pasajes más reveladores del libro aparece en «Recreación»: «de tanto vaciar los ojos / de mi propia existencia, / creé de nuevo / al verlo / el mundo». Hay en esos versos una idea muy poderosa: el dolor no sólo hiere, también modifica la mirada. Como si el sufrimiento, después de atravesarnos, limpiara ciertas capas de ilusión y permitiera acceder a una visión más nítida de la realidad. ¿Ha sido la escritura de este libro una forma de reconstruir el mundo después de la pérdida, de volver a aprender a mirar cuando todo parecía haber quedado alterado para siempre?

Este libro es más la cristalización de una forma de ser y de estar en el mundo, fruto de toda una vida recibiendo cosas muy buenas y otras muy dolorosas, que la respuesta a una pérdida que aún no se había producido. La pregunta que yo mismo me hago es cómo habría sido este mismo poemario si lo hubiese escrito después de esa pérdida, sabiendo desde Neruda (o mejor dicho, desde Manrique o incluso desde Heráclito) que nosotros, los de ayer, ya no somos los mismos. Pero, en todo caso, comparto plenamente esa visión a la que aludes y que desde luego subyace en estos poemas: el dolor no sólo existe en nuestra existencia como una parte repudiable, sino que es una parte necesaria del proceso vital, porque, como dice uno de los protagonistas de la famosa novela de C.S.Lewis, el dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces. Y ese era el pacto.

La melancolía atraviesa el libro de principio a fin, pero nunca aparece como una simple afección sentimental. Más bien parece una forma de conocimiento, una manera de acceder a zonas de la experiencia que permanecen ocultas cuando vivimos distraídos. Lo sugieren versos como «Escribo sobre la melancolía / para librarme de ella» o «Hablo de lo que no se ve / porque nubla los ojos de los hombres». Me pregunto si entiendes la tristeza como una emoción particularmente fértil para la creación artística. ¿Tiene la melancolía una capacidad de revelación que otras emociones más luminosas quizá no poseen?

Es cierto y muy sabio eso que dices. No es sólo que la melancolía haya sido y siga siendo el origen de gran parte del arte que admiramos, sino que hay algo en ella que no debemos despreciar sin más. No se trata de mitificarla o de ponerla en un pedestal, sino simplemente de admitir que no todo en ella es malo, aunque mal gestionada pueda acabar con nosotros. Como los buenos venenos, tomada a pequeñas dosis puede resultar beneficiosa para nuestra salud y desde luego para construir una psique menos infantil y apegada a la recompensa inmediata.

Aprender, vivir, compartir, es difícil, pero hay algo de belleza en esa dificultad y, por qué no, de tristeza. No es que la alegría o la exultación no sean luminosas, sino que el exceso de luz puede cegar tanto como la noche cerrada, y de nosotros depende saber cuándo alejar la llama o acercarla. Y es que, como decía en un viejo poema de un libro anterior —Ultramor—, la literatura es una casa sin puertas por las que la luz de la palabra ilumina unos cuartos, tras dejar otros a oscuras. 

Hay un momento especialmente significativo en el que escribes: «Aquí yace el otro, el invisible». Da la impresión de que el libro narra también una especie de muerte simbólica del antiguo yo, de esa identidad construida sobre expectativas, deseos incumplidos o frustraciones acumuladas. Como si la experiencia de la pérdida obligara a desmontar ciertas ficciones personales para comenzar de nuevo. ¿Hasta qué punto El don de la tristeza puede leerse también como el relato de una transformación interior, de un desprendimiento de aquello que ya no era esencial?

Como todas las buenas preguntas, la tuya me desconcierta al principio y me interpela después. Y al pensar en cómo responderla descubro que, en realidad, en todos los libros que he publicado hasta la fecha existe un intento de distanciamiento de aquel yo sobre el que había construido el libro anterior al que ahora escribía.

Siempre me ha parecido una deferencia para con el lector ahorrarle las repeticiones innecesarias, y la del yo cansino del poeta me parece una de las mayores. Citando a Borges, siempre tan socorrido, los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Así, añado yo, con los poemas.

Acepto sin embargo que en El don de la tristeza se adivina un paso más de desprendimiento que en los otros, en la medida en que para escribirlo he tenido que renunciar a yoes anteriores más luminosos y quizá menos maduros. Sin embargo, no he querido renunciar a la ironía o a la cultura para esta acometer esta especie de descenso a mis infiernos, de suerte que me sentía bien pertrechado y mejor acompañado de la mano de mis virgilios personales, es decir de todos los poetas y artistas que amo, sin perder nunca cierto sentido del humor que tan bien viene cuando de hablar de lo triste y de lo oscuro se trata.

En uno de los poemas afirmas: «Soy quien escribe bajo un árbol, / pero también esto que escribo, / y el que es leído mientras lee». Esa declaración parece cuestionar las fronteras tradicionales entre autor, poema y lector. En tu obra siempre ha existido una reflexión profunda sobre la identidad y sobre la naturaleza misma de la escritura. ¿Crees que la poesía tiene la capacidad de diluir los límites del yo y hacernos participar, aunque sea fugazmente, de algo más amplio que nuestra experiencia individual?

Es como dices. En el arte, cualquiera que sea la forma de expresión que emplee para materializarse, hay una vocación de absorción y de dilución del yo individual en una experiencia colectiva en la que nos sentimos acompañados. Cada libro, cada poema, cada canción o sinfonía, pasan a ser de todos y de nadie, por lo que resulta un poco absurdo luchar por atribuirnos títulos de propiedad en estas aguas fecundas de un río ancestral que es la Cultura y que va a dar a la mar, que es el vivir. Y la poesía no podía ser menos: es tan larga la tradición, y tan largo el olvido.

Resulta muy emocionante comprobar cómo, incluso en los poemas más atravesados por la pérdida, emerge una celebración de la vida que recuerda, como afirma Carlos Alcorta, en algunos momentos a Jorge Guillén. Pienso en versos como «el mundo, pese a todo, / está bien hecho», donde parece resonar una aceptación profunda de la existencia. ¿Ha cambiado tu relación con la vida después de escribir este libro? ¿Dirías que la conciencia de la muerte intensifica el amor por lo cotidiano, por lo aparentemente insignificante, por aquello que antes quizá pasaba inadvertido?

Es que o aceptas la vida con sus vaivenes y sus golpes, o acabas arrumbado en una orilla de su curso imparable. Hay en este libro, claro que sí, mucho de dolor y aceptación, como también lo hay de agradecimiento por lo vivido y por lo que me ha sido concedido como un don: el de poder imaginar y crear, el de haber aprendido a resistir íntimamente y hacer de esa resistencia una flor, con espinas, pero flor al fin y al cabo. Este mundo tan jodido está bien hecho, aunque nos duela. O al menos viene bien para poder vivir en él entenderlo y verlo así.

Hay un verso extraordinario que me gustaría detenerme a comentar: «No dejes que el lenguaje diga todo». Esa advertencia parece cuestionar los límites mismos de la palabra poética. Después de tantos libros dedicados precisamente a nombrar el mundo, ¿has llegado a la conclusión de que existen experiencias —el amor, la muerte, la pérdida, la trascendencia— que sólo pueden ser bordeadas por el poema, pero nunca plenamente capturadas por él? ¿Escribe el poeta para decir o, más bien, para señalar aquello que permanece indecible?

Decía Wittgenstein aquello de que los límites del lenguaje son los límites de mi mundo. Pero a mí, qué le voy a hacer, me gusta asomarme a los límites, y me pone especialmente forzar el lenguaje hasta donde él mismo dice basta, hasta aquí puedo llegar. No hay nada que no sea material poético, desde una puesta de sol a una acera ensangrentada, pero es misión del poeta darle forma y hacer de ello algo que, con palabras, diga lo que antes no se había sabido decir. ¿Y qué otra cosa si no es el arte, y la poesía en especial, sino un acercamiento a lo inefable? Una forma de escribir «y hasta aquí puedo escribir».

De ahí ese brevísimo poema de este libro donde, algo aventuradamente, afirmo que «Hay quien dice que escribir es mentir. / mentira /. Escribir es decir algo que no existía antes».

En las páginas finales aparece una suerte de declaración de principios cuando escribes: «no hay más verdad en lo que escribo / que la celebración de este misterio / de ser materia viva que se siente / parte de un todo inabarcable». Después de recorrer un libro donde comparecen la ausencia, la melancolía, el duelo y la muerte, sorprende que la conclusión no sea una afirmación desesperada sino una celebración. ¿Crees que la poesía, en el fondo, consiste precisamente en eso: en agradecer el misterio de estar vivos incluso cuando sabemos que todo es pasajero?

Hoy, y pese a todo lo vivido, me reafirmo en esas palabras. Lo perdido a menudo oculta lo ganado, se hace dueño del cuadro y no nos deja ver el resto del paisaje. Aunque no estoy del todo de acuerdo en que la poesía consista en agradecer el misterio de estar vivos pese a la fugacidad de las cosas —eso se podrían predicar de algún tipo de poesía, pero no en general— sí que hay algo en la forma de estar y de decir del poeta en la que necesariamente subyace esa sensación de impermanencia, de que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Los japoneses, más sabios que nosotros en algunas cosas —sólo en algunas— saben ver la belleza en todas las estaciones del año, y celebran la caída de las hojas y el despoblamiento del árbol como parte de un proceso completo. Quién supiera aprender a vivir así.

El título del libro reivindica una emoción que nuestra época suele ocultar o considerar sospechosa. La tristeza se medicaliza, se combate, se disfraza o se exhibe superficialmente, pero rara vez se acepta como una dimensión constitutiva de la existencia. Sin embargo, tú hablas de ella como de un don. Me gustaría terminar preguntándote si la verdadera audacia contemporánea consiste precisamente en reconciliarnos con nuestra vulnerabilidad. ¿Qué dirías a quienes todavía entienden la tristeza únicamente como una carencia, y no como una de las formas más profundas de conocimiento de uno mismo y del mundo?

Lo has dicho tú mejor que yo en mis poemas: reconciliarnos con nuestra parte vulnerable no podrá brindarnos sino una visión más amplia y más amable sobre las personas y las cosas. Y de esa mirada atenta, fuerte y frágil a la vez, pienso que está bastante necesitado el mundo.

A los alegres impenitentes que no entienden cómo los demás están tristes, con lo maravilloso que es el mundo, les diría que hagan de su don una medicina y no una forma de ceguera. A los que ya nacieron tristes y no entienden cómo puede haber alegría en el mundo, les diría que intenten salir de su ceguera y que tiren mi libro después de leerlo. 

Si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de El don de la tristeza, cuáles serían ¿Por qué esos, y no otros?

Me pones en un brete, y lo sabes. En fin, ya que tengo que mojarme elegiré estos tres:

«Reciclaje», porque es muy corto y profético, y resume una vida -la mía- en unos pocos versos.

«Todos los blancos, el blanco», quizás porque responde mejor que yo algunas de las preguntas anteriores que acabo de intentar responderte.

Y «El último vaporetto», porque ese héroe antiguo del poema que llora y grita a los cielos enfurecido por haber perdido el barco, es el mismo que ahora y llora y grita a los cielos pidiendo enfurecido una explicación, alguna disculpa, algún por qué.

Quisiera aprovechar esta última pregunta para agradecerte la generosidad y la profundidad con las que has compartido tus reflexiones a lo largo de esta conversación. Quizá lo que voy a plantearte sea también una expresión del deseo de quienes seguimos desde hace años tu trayectoria poética. Después de un libro tan intenso, tan meditado y tan plenamente logrado como este, ¿sientes ya la llamada de nuevos proyectos? ¿Hay poemas en marcha, cuadernos abiertos, notas dispersas que puedan acabar encontrando la forma de un futuro libro? Por eso, más que una pregunta, esta es quizá una esperanza compartida: ¿podemos confiar en que seguiremos disfrutando durante mucho tiempo de nuevas entregas de la poesía de Alfonso Brezmes?

Al revés, soy yo quien te agradece a ti la profundidad de tus preguntas, que revelan no sólo el poeta que eres, sino la exquisita atención que has dedicado a la lectura de este libro.

Me temo que Alfonso Brezmes quizá no sea la persona más indicada para responder si seguirá dando guerra (poética, se entiende) mucho tiempo, ni si sus poemas han o no de perdurar en el tiempo. Puedo decirte, eso sí —ventajas de no hablar a menudo sino con el que conmigo va— que aunque la marca de este libro seguirá mucho tiempo por razones obvias grabada a fuego en mí, he continuado escribiendo y ya estoy embarcado en nuevos proyectos. A día de hoy —me dice ese tal Alfonso Brezmes que te diga— ya no sabría vivir sin escribir, como no podría vivir sin soñar y acariciar esta vana costumbre que le inclina a cierta puerta que quedó entreabierta, a cierta esquina en la que acaso algún día fue feliz.

 

Tres poemas de El don de la tristeza

RECICLAJE

Conservo desde que era joven
algún trozo de los objetos rotos
que pasaron por mi vida.
Lo sé, no valen nada,
pero si no los hubiese guardado
me faltaría algo que puedo ver
ahora cuando toco estos añicos.

Otros guardan recuerdos
de todo lo que fueron,
yo, de lo que iba a ser.

*

EL ÚLTIMO VAPORETTO

La belleza no es más que la promesa
de felicidad.
                  Stendhal – Roma, Nápoles y Florencia

Esa mañana en la isla de Torcello
mi amor se sonreía mientras yo
me lamentaba como un héroe antiguo
por no haber alcanzado el vaporetto
que ya no volvería hasta la tarde.
Allí aprendimos la riqueza
extraordinaria de la pérdida,
sentados en un banco que aún guarda
como un tesoro antiguo la memoria:
Venecia allá a lo lejos se moría
de cansancio bajo una luz cambiante
y, poco a poco, se iba despojando
solo para nosotros de sus ropas.

No recuerdo una tarde más feliz
que aquella en que perdimos aquel barco,
liberados del tiempo por un tiempo,
salvados por el mal de la belleza.

*

TODOS LOS BLANCOS, EL BLANCO

Los esquimales pueden distinguir
diez matices de blanco entre la nieve.
Diez nombres diferentes
para poder amar mejor
lo que para nosotros es lo mismo.

Yo podría diferenciar
cien tipos de silencio en mis silencios,
pero todos podrían resumirse
en uno solo: la paciencia
de esperar a lo que llega sin nombrarlo.