Por Alberto García-Teresa.
Larga es la trayectoria de Jorge de Arco (Madrid, 1969), con un camino marcado por la búsqueda del lirismo y una mirada honda sobre la realidad. Días de la desobediencia (Detorres) constituye un poemario de madurez, en el que se reconoce el paso del tiempo y el cambio que la experiencia ha obrado en el sujeto: «Tal vez, decirte, ya no soy el mismo. / Y, sin embargo, me prefiero así». Desde ese punto de partida, el poeta contempla y analiza la vida con la perspectiva de un nuevo comienzo («desviar la mirada / de lo aprendido»), con nuevas metas (“Conquista”). Quizá el punto más relevante de esa posición resulte recuperar la mirada maravillada del mundo: «devuelvo mi mirada hacia el asombro», nos dice. Aunque el autor explicite que no trata de realizar un «ajuste de cuentas con lo pretérito», lo cierto es que estos textos trazan una suerte de balance y postulan un reinicio, un tratar de resolver las carencias o de romper rutinas o derivas. Así, el poeta subraya el caos de la existencia («vivir entre lo incierto») pero proclama su desobediencia a las inclinaciones tanáticas.
De Arco despliega poemas bien construidos, que fluyen con naturalidad mientras se encadenan imágenes sugerentes: «la noche se adelgaza en la hora lisa de diciembre». Entre los recuerdos, con fuerza aparece la nostalgia («dulzor antiguo de la dicha») por un intenso amor pasado. En esas piezas, el autor nos habla de la pasión y, especialmente, de la presencia que aún se percibe de toda aquella experiencia: los restos, el eco, «las cenizas». Ahí, De Arco escribe desde la hipérbole del sentimiento desbordado («un parpadeo tuyo / y el mundo es otro»). Se trata, en efecto, de un amor pleno, de entrega total («amarte es lo que soy»).
De esta manera, Jorge de Arco prosigue una aventura poética con un nuevo impulso que no deja atrás la recapacitación lírica pero que se relanza desde el vitalismo y la búsqueda del asombro.

Jorge de Arco
Días de la desobediencia
70 páginas
Detorres, Granada, 2025

