Por Jesús Cárdenas.

La narrativa de Pilar Adón ha ido forjando, desde principios del siglo, un universo reconocible, donde aparecen mujeres solas, casas solitarias, árboles apartados, bosques y criaturas que buscan refugio mientras alimentan el deseo de huir. En Las iras (Galaxia Gutenberg), dicho mundo es capaz de llegar a una de sus expresiones más perturbadoras. Los dieciocho cuentos del volumen recorren la infancia, la adolescencia y la primera juventud desde una perspectiva opuesta a la idealización: la inocencia convive con la crueldad, el desamparo con la violencia y la necesidad de amor y afecto con instintos difíciles de nombrar.

La autora madrileña ha edificado una de las trayectorias más coherentes de la narrativa española contemporánea. Cuentista por vocación, ha desarrollado una obra en la que los espacios cerrados, la naturaleza y las relaciones de dependencia suponen una constante simbólica. En estos relatos regresan muchas de sus obsesiones: el aislamiento, la sensación de orfandad, la fragilidad de los vínculos y esa búsqueda desesperada de amparo que, con frecuencia, termina derivando en conflicto.

Los escenarios son imprecisos, casi suspendidos fuera del tiempo. Orfanatos, centros de acogida, casas en mitad del bosque o páramos son continuaciones de la conciencia de los personajes. Nada parece completamente del todo real pero a la vez resulta inquietantemente creíble. En ese territorio indeterminado se sitúan unas niñas y adolescentes que parecen veniidas de una fábula oscura: vulnerables y amenazadas, pero también capaces de convertirse en amenaza; de hadas a monstruos.

Tal ambivalencia es uno de los grandes aciertos del libro. Adón no ofrece personajes unívocos; no intenta apaciguar al lector a través de explicaciones psicológicas. Sus protagonistas oscilan continuamente entre ser víctimas y ser verdugos. La pregunta no encuentra una respuesta definitiva: ¿quién ejerce realmente la violencia y quién la padece? Adón intenta colocar la resolución del conflicto en esa incertidumbre.

La ira que da título al volumen no brota como un estallido intempestivo, sino más bien como una sedimentación emocional que se va acumulando. Se trata de niñas que se sienten abandonadas, juzgadas o traicionadas. Incluso cuando una madre, una cuidadora o una institutriz está presente, el sentimiento de orfandad permanece inalterable. Las figuras adultas no acostumbran a ofrecer una verdadera protección; observan, vigilan, pero pocas veces comprenden. La herida comienza ahí mismo, en la ausencia de consuelo.

Adón explora además una cuestión especialmente incómoda: la relación entre inocencia y monstruosidad. La cultura ha tendido a asociar la infancia femenina con la dulzura, la obediencia y la fragilidad. Ante este imaginario, estas niñas conocen el resentimiento, imaginan la venganza y, en ocasiones, cruzan límites morales inesperados. No se trata de una provocación gratuita, sino de un acercamiento a los extremos a los que puede llegar el dolor cuando no encuentra ni el lenguaje ni la escucha necesarias.

Ese desasosiego se intensifica a través de una arquitectura narrativa basada en la sugerencia. Hay muchas elipsis. Los hechos decisivos suelen producirse fuera de campo. Lo importante se intuye antes de explicitarse. El lector debe ir reconstruyendo lo que, una y otra vez, decide callar el relato. Esta estrategia multiplica la sensación de amenaza latente y convierte la lectura en una experiencia de participación activa.

Ya en «La sublimación de los afectos» aparece una de las claves del volumen. La relación entre una niña y su cuidadora avanza desde la aparente normalidad hacia una atmósfera cada vez más turbia. La frase «Pero la crueldad no da buenos resultados con los niños» adquiere un valor programático. En el universo de Adón, toda violencia deja huella, aunque sus efectos no sean inmediatos.

Otro de los rasgos más notables del libro es la potencia de sus comienzos. Muchos relatos arrancan con frases capaces de condensar un conflicto entero. «Quiero tanto a mi madre que me hace daño», leemos al inicio de «Primera sangre». La intensidad emocional queda fijada desde la primera línea. El amor aparece inseparable del sufrimiento, como si ambos compartieran una misma raíz. Más adelante, el miedo adopta formas difusas, difíciles de nombrar, vinculadas menos a una amenaza concreta que a una sensación de desolación.

Algo semejante ocurre en «Llámame mamá», donde una joven interna observa cómo las demás parecen encontrar un destino mientras ella permanece atrapada en la incertidumbre. «¿Qué había hecho? ¿Qué habían descubierto?». Las preguntas se acumulan sin respuesta.

También destaca «El cazador», protagonizado por la pequeña Pearl. Considerada ingenua por quienes la rodean, comprende perfectamente aquello que los adultos prefieren ignorar. La aparente simplicidad de la niña esconde una percepción aguda de la realidad. Una vez más, Adón cuestiona las jerarquías habituales entre infancia y madurez; entre la candidez y el cuidado.

La naturaleza desempeña un papel fundamental en el conjunto. Lejos de constituir un refugio idílico, se presenta como una fuerza ambivalente, tan hermosa como amenazadora. Aves, perros, insectos y bosques reaparecen como presencias simbólicas que dialogan con el estado emocional de los personajes. En «El sacrificio», la figura del perro adquiere una dimensión casi legendaria: «Cuando llegue el momento y tu abuela me pregunte por ti, le diré que a su Adita se la ha llevado un perro en la boca». La imagen resume perfectamente la mezcla de terror y fascinación que atraviesa el libro.

Algunos relatos alcanzan una notable concentración expresiva. «En el páramo» posee la intensidad de un cuento muy breve o microrrelato, donde el aislamiento y la vigilancia quedan sugeridos mediante apenas unos trazos. Otros, como «Desobediencia», muestran la capacidad de la autora para combinar referencias culturales y violencia soterrada. Resulta especialmente inquietante que una recomendación de lectura de las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge preceda a un acto brutal. La cultura y la barbarie se dan la mano.

Entre las piezas más logradas se encuentra «El apego». El relato se abre con un diálogo memorable: «—Si estuviera aquí mamá, se desharía de él —dijo Laureta. —Si estuviera aquí mamá, se emborracharía con él —respondió Flor». Desde ese intercambio se despliega una compleja red de afectos sustitutorios, dependencias emocionales y vínculos imperfectos. Nadie ocupa el lugar que debería ocupar; todos parecen condenados a desempeñar papeles heredados o improvisados.

La joya del volumen es, probablemente, «Roca blanca, fondo azul», el relato más extenso, en ocho secciones. La cita inicial de Simone Weil —«La felicidad no está ligada a la inocencia»— ilumina todo cuanto sucede después. La protagonista intenta apropiarse de una tierra, de una casa y de una forma de vida para construir un refugio frente al miedo. Sin embargo, aquello que pretende domesticar termina revelando su carácter indómito. La naturaleza se convierte en espejo de una conciencia desgarrada: «una furia, la de la naturaleza, que le hace pensar en sí misma y sus accesos de demencia». El refugio acaba siendo, paradójicamente, una forma de encierro.

El volumen concluye con «Elle est belle, le monstre», cuyo comienzo posee la cadencia de una invocación: «El océano. La lluvia que cae sobre el océano. La escasa vegetación y la escasa fauna terrestre. Todo esto forma parte de mi realidad». Y al final: «Lo mismo fui imperfecta. Un monstruo. […] Toda esa belleza». Es un cierre perfecto para un libro donde la monstruosidad no aparece como excepción, sino como una posibilidad latente de la condición humana.

Con Las iras, Pilar Adón añade una nueva pieza fundamental a una obra ya imprescindible. Tras Viajes inocentes, El mes más cruel, La vida sumergida o la extraordinaria De bestias y aves —galardonada con el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica—, la autora confirma una voz inconfundible. Su literatura no busca ofrecer certezas ni consuelos. Prefiere internarse en las zonas más incómodas de la experiencia humana, allí donde el abandono, la necesidad de afecto y la violencia se entrelazan de manera inseparable. Porque, al final, las iras de las que habla este libro son las que nacen cuando una herida permanece y son la sombra que proyecta el desamparo cuando nadie se ocupa de él.

Las iras
Pilar Adón

Galaxia Gutenberg, 2ª Edición