Ricardo Álamo.- El vigésimo quinto volumen de los Diarios de Andrés Trapiello —enmarcados en esa suerte de “obra en marcha” que el autor ha dado en llamar Salón de pasos perdidos— lleva por título De todo tiene. Y, en efecto, de todo tiene: de todo aquello que vienen ofreciendo los volúmenes anteriores que publica ininterrumpidamente desde 1990, cuando apareció El gato encerrado, primer título de la serie. Para deleite de su legión de lectores, apenas ha variado ni en sus temas ni en su enfoque: sus visitas semanales al Rastro, sus periplos por media España presentando libros, sus viajes a diversas ciudades europeas —esta vez Berlín, Burdeos y Toulouse—, sus estancias navideñas, semanasanteras y veraniegas en su casa extremeña de Las Viñas, sus evocaciones de Ramón Gaya, su desafección por el arte contemporáneo —en esta ocasión centrada en Miquel Barceló—, sus aforismos, a menudo ingeniosos y de tono poético, sus filias y fobias hacia determinadas figuras literarias, contemporáneas o no, sus hipocondrías, sus descripciones de tintes horacianos del campo o sus acuerdos y desacuerdos con su familia, etcétera, etcétera. Todo ello, además, sostenido por un tono y un estilo que tampoco han sufrido variaciones sustanciales: un tono resuelto, fresco, natural y directo, pero también culto y polímata, que, por resumir, participa tanto de lo barojiano como de lo azoriniano, sin que ello impida que su escritura sea única, propia y reconocible. Una escritura en la que todo está vivo, desde cualquier persona o personaje que describa hasta un lugar, un paisaje o incluso un sueño. En ningún caso nada de lo que cuenta Trapiello carece de alma, y todo ser por minúsculo o mayúsculo que sea tiene su asiento bullente de vida garantizado: una flor, un libro, un cuadro, un pájaro, un paseo por la sierra de Gredos, un aguacero —¡cuánta lluvia hay en este libro!—, una cena rutinaria con unos casi desconocidos, un encuentro casual con algún vecino, una humorada que le gasta uno de sus hijos, la presencia inquebrantable de M., i tutti quanti que, aunque pasen fugazmente por las páginas de este libro, tienen todos su propia corporeidad (viva y palpitante), sin que de ninguna manera se nos presenten como títeres o marionetas de un teatro engañoso. Porque si por algo se caracteriza el pulso narrativo de Trapiello es por hacer verdaderos y reales todos sus paisajes con figuras llevados al papel, consiguiendo con ello que el lector tenga la impresión de que no está asistiendo a una artificiosa y farsesca representación, sino a una escenificación orgánica, viviente y genuina, en la que cualquier elemento (sujeto u objeto) cobra vida para comparecer como un ser de carne y hueso, criatura animada por el soplo que le da su mano de nieve.

Y así, siendo deudor de sus lecturas de clásicos como Baroja, Azorín, Galdós o Juan Ramón Jiménez —entre muchos otros autores a los que se siente vinculado—, la prosa de Trapiello ha ido consolidando una impronta inconfundible, un sello personal que la hace identificable escriba lo que escriba en su Salón de pasos perdidos.

De este “Salón” podrían espigarse, de hecho, varios libros independientes: uno de aforismos, otro de viajes, otro de semblanzas literarias y tantos más como géneros frecuenta. Porque Trapiello convierte en literatura cualquier materia, desde un suceso nimio —una errata en el título de un libro ajeno— hasta un hecho excepcional —la concesión de un premio inesperado—, recurriendo casi siempre a la ironía, el humor o el sarcasmo, como formas de establecer distancia respecto de los acontecimientos de la vida, sean previsibles o no.

Esa ironía, además, funciona como una advertencia al lector: algo así como un recordatorio de que conviene no otorgar a todas las vivencias y a todos los bagajes acumulados el rango de acontecimientos trascendentales, decisivos o cruciales, sino asumirlos como hechos pasajeros, leves y contingentes, porque nada es definitivo. No se trata de despreciar la emoción, sino de no dejarse dominar por ella; de protegerse, si se quiere, mediante una cierta dosis de escepticismo, para no caer en el envanecimiento ni en ninguna forma de bajeza moral.

Ya se ha señalado antes una de las cualidades de estos Diarios: la presencia de frases breves, aforismos o sentencias que el autor intercala entre los episodios de su vida. Esas breverías funcionan como pausas ligeras, equivalentes a los silencios en una obra musical extensa. El lector podría pensar que tales interrupciones carecen de la intensidad expresiva de los pasajes más desarrollados, pero nada más lejos de la realidad: cuando Trapiello ralentiza el ritmo narrativo, no pierde ni agudeza ni fuerza.

Sirvan como muestra estos ejemplos: «Y cuánto tiempo hacen perder los tontos cuando además son tantos», «Como Franco, también Dolores Ibárruri, Pasionaria, murió en la cama. Y Lenin, y Stalin, y Mao, y Fidel Castro», «Pervertido en su vida privada, pero cuando se pone a escribir filosofía, es un filósofo. En ese gremio se dan bastantes casos parecidos», «La sociedad del espectáculo: la suciedad del espectáculo».

Sin duda, De todo tiene —que noveliza incidentes, accidentes, casos, anécdotas y pasajes de la vida del autor ocurridos en 2011— no es ni más ni menos que los volúmenes anteriores. Y quizá ahí resida precisamente su singularidad: en la continuidad de un estilo y de unos temas que el autor ha sabido sostener durante más de treinta años sin apenas variaciones.

Él mismo lo sugiere casi al final del libro cuando afirma: «No tiene uno otra vida. [Y] si quiero cambiar de diarios, no queda otra que cambiar de vida», algo que, naturalmente, carecería de sentido. Porque si estos Diarios enganchan con tanta fidelidad es precisamente por eso: porque su hilo narrativo continúa enredado en la misma madeja, una madeja que parece no tener fin —o, al menos, que sus lectores no desean que lo tenga—, como no se desea que termine ningún buen libro.

A este de Trapiello puede aplicarse, una vez más, lo que a los anteriores de su Salón: los libros buenos pueden esperar; los malos, en cambio, reclaman ser leídos de inmediato, conscientes de su caducidad. Y ese aplazamiento sostenido de cada nueva entrega es, quizá, uno de los mayores logros del autor entre sus pacientes y fieles lectores. ¿Quién, en la literatura actual, ha conseguido algo semejante?

Probablemente el próximo volumen de sus Diarios vuelva a tener de todo…, de todo lo que ya tiene este, de lo de siempre, o casi, pero también mucho y bueno, como viene siendo habitual.

Andrés Trapiello, De todo tiene. Ediciones del Arrabal, Madrid, 2026.